¿Qué son las drogas psicodélicas?

¿Qué son las drogas psicodélicas? Muy buena pregunta… Por dónde comenzar… Intentaré brindar mi punto de vista personal, no demasiado original, por supuesto, pero al menos lo haré sin apoyarme en conceptos científicos o teóricos que, por otro lado, están a tan sólo un solo clic de distancia para cualquier internauta que desee obtener una información más precisa. Por otro lado, debo recalcar que cualesquiera teorías que brinde a continuación no serán más que proposiciones, sugerencias o hipótesis que bajo ningún concepto aspiran a convertirse en una «verdad» objetiva e irrebatible. Y es que si hay algo que rodea al nebuloso mundo de las drogas psicodélicas es precisamente todo un universo plagado de misterio y enigmas imposibles de responder a ciencia cierta.   

 Para empezar, el mismo nombre que comúnmente se utiliza para englobarlas ya nos lleva a equívoco. Las sustancias naturales enteógenas y psicoactivas que usualmente son utilizadas en los rituales chamánicos, y por las que yo, en particular, siento enorme interés y afición (no confundir con «adicción»), nunca son denominadas como «drogas» en estos círculos, e incluso esta palabra concita reprobación y desagrado. Los chamanes suelen hablar en su lugar de «plantas madre», «plantas sagradas» o «medicinas ancestrales». Cuando escucho la palabra «droga», me viene de inmediato a la mente una sustancia sintética creada en el laboratorio con amplias probabilidades de crear adicción. Sé perfectamente que esta definición no es correcta por ser demasiado restrictiva, pero es bueno dejar claro, desde el comienzo, que ninguna de las sustancias abordadas en estos diarios (con la única excepción, quizá, del LSD, el cual es obtenido sintéticamente en el laboratorio, mas no causa tampoco adicción), podrían ser categorizadas según la definición antes mencionada.   

 De modo que, una vez aclarado esto, procedamos a contestar a la pregunta acerca de qué son exactamente las drogas psicodélicas. Y voy a intentar responder la interrogante apoyándome en la propuesta desarrollada por Aldous Huxley en sus célebres ensayos «Las puertas de la percepción» y «Cielo e infierno». Las sustancias psicodélicas, tales como el peyote, la ayahuasca, la salvia, la DMT, la psilocibina e incluso la resina del cannabis ingerida en fuertes dosis (por nombrar tan sólo algunas de las más comunes y conocidas) vendrían a ser herramientas naturales, al alcance de cualquier ser humano, que permitirían abrir al máximo los portales de percepción, unos portales que, en condiciones normales, se encuentran clausurados. La mente, en dichas situaciones cotidianas, se halla usualmente en modo de «alerta» o «simple supervivencia». A pesar de que gran parte de la población de los homo sapiens, tras largos siglos de desarrollo civilizatorio, haya alcanzado hoy en día una cierta seguridad que le permita aligerar estos «modos de alerta», nuestra actividad cerebral (que, dicho sea de paso, apenas constituye una fracción muy reducida de todo su potencial) está enfocada y concentrada perennemente en torno a la realidad circundante más inmediata. Lo que hacen las drogas psicodélicas es activar ciertas zonas cerebrales que usualmente se encuentran en modo «off», estimulando con ello unos canales de percepción que normalmente se encuentran desactivados. Como contrapartida, el estado de alerta cerebral se ve seriamente perjudicado durante aquellos lapsos de trance psicodélico. Es por ello que nunca se hará suficiente hincapié en el hecho de que, a la hora de ingerir este tipo de sustancias, siempre se recomienda hacerlo no solamente bajo la supervisión del personal adecuado (nada mejor que un chamán reputado y acreditado, sobre todo en el caso de la ayahuasca y el peyote), sino también en un entorno de plena comodidad, armonía y seguridad. No recomiendo a nadie, a menos que se deseen emociones muy fuertes, consumir este tipo de sustancias y luego darse un paseo por el centro de la ciudad.    

Para entender mejor esta idea acerca de los canales de percepción desactivados, piénsese por un momento en un murciélago, en un individuo que haya nacido ciego o en un pez. Está claro que sus sentidos o sus entornos más inmediatos se encuentran bastante limitados. Los dos primeros podrían suponer que el universo entero se halla inmerso en la oscuridad más absoluta. Y aun así ninguno tendría problema alguno para sobrevivir gracias al funcionamiento de sus sentidos restantes. En cuanto al pez, en caso de que pudiera desarrollar algún pensamiento complejo, podría conjeturar que toda la realidad universal está constituida por el medio acuático. Y todos estarían equivocados. De igual modo, ¿deberíamos suponer nosotros que toda la realidad existente es aquella que percibimos con nuestros cinco sentidos? ¿No existe acaso la posibilidad de que hayamos estado perdiéndonos algo a causa de la limitación de nuestros contados sentidos sensoriales? ¿Algo, por cierto, de enorme importancia?   

 Pues bien, sostiene el autor de «Un mundo feliz» que, a grandes rasgos, ciertas sustancias permiten «neutralizar» los filtros con los que el cerebro humano normalmente obstruye una información que, o bien es perjudicial para la normal actividad cotidiana y la mera supervivencia, o es sencillamente irrelevante. Decía T.S. Eliot que el ser humano no puede soportar demasiada realidad. Quizá pocas frases contengan tanta certeza. El cerebro, por tanto, contendría dichos filtros regulatorios y defensivos con los que se resguardaría de una información que sencillamente podría hacerle perder la cabeza (en caso, claro, de que el acceso de dicha información al cerebro fuera constante y permanente). Y es que la realidad, la «verdadera realidad», puede llegar a ser no sólo muy amenazante, sino incluso enloquecedora. Hay quienes sostienen que la esquizofrenia o la paranoia no son más que estados de extrema lucidez generados por el extravío constante de estos filtros. El director de cine Stanley Kubrick afirmó en una ocasión que quizá sólo un hombre aquejado de paranoia era capaz de entrever la realidad. No olvidemos que se sospechaba que el célebre director de cine estaba aquejado de aquella dolencia mental. Por su parte, Dostoivesky, quien sufría de esporádicos ataques de epilepsia, hacía decir a varios de los personajes de sus novelas que sólo en los estados previos a uno de esos ataques se podía vislumbrar la «verdadera realidad». Y no resulta casual el hecho de que una de las principales excusas esgrimidas por quienes son reacios a ingerir este tipo de sustancia es la de que supuestamente serían capaces de activar un teórico «gen esquizofrénico» del que el portador, hasta ese momento, no era consciente. De una vez aprovecho para afirmar que esto último me parece sumamente improbable, por no decir imposible, si bien es cierto que es del todo desaconsejable la ingestión de drogas psicodélicas por parte de quienes ya hayan sido diagnosticados como «esquizofrénicos» o «paranoicos» (o al menos deberían probarlas bajo estricta supervisión, pues este tipo de drogas también pueden brindar enormes beneficios a pacientes aquejados de dolencias mentales, algo que abordaremos más a fondo en uno de los capítulos siguientes; no en balde son denominadas por los chamanes como «medicina ancestral»). Y es que, sin duda alguna, durante este tipo de trances se pueden experimentar estados alterados de conciencia que colindan con este tipo de patologías mentales. Pero siempre se está de vuelta, no os preocupéis. Y a la vuelta, vencidos uno a uno los demonios internos, uno siempre trae consigo información que vale su peso en oro.   

 En cualquier caso, existe la posibilidad de que este tipo de sustancias desactiven los filtros cerebrales de los que hemos estado hablando; o también es probable que sencillamente activen zonas del cerebro que usualmente se encuentran inutilizadas (recordemos que, según algunas teorías científicas, el ser humano apenas utilizaría un 10% del potencial cerebral), logrando con ello la apertura de estos canales de percepción. ¿Y qué es exactamente aquello a lo que accedemos a través de la apertura de estos portales? Pues ni más ni menos que al misterio insondable del Universo.   

Ya sea a través de la ingestión de hongos mágicos (psilocibina), de la ayahuasca o el yagé, del yopo, la ibogaína, el peyote, la DMT, el Bufo Alvarius, el LSD o el opio, la principal experiencia, difícilmente transmisible a través de las simples palabras, es la de entrar en contacto con el enorme misterio de la Creación Universal (y cuando utilizo aquí la palabra «Creación», el lector, ya sea ateo, creyente o agnóstico, puede otorgarle el significado que mejor le plazca). Las fronteras y los muros de la realidad cotidiana parecen poco a poco disolverse o fragmentarse (ya sea de manera inmediata a través de la inhalación de la DMT o del Bufo Alvarius, o poco a poco y de forma progresiva por medio de la ingesta del yagé o el peyote) para permitir tal vez el contacto con otras dimensiones, otras realidades paralelas e incluso otras entidades con las que de otro modo sería prácticamente imposible establecer conexión. Y, no en balde, existen teorías harto verosímiles según las cuales no fue sino a través de la ingestión de las plantas enteógenas que el homo sapiens no sólo desarrolló la conciencia mística, sino que logró elaborar posteriormente sistemas filosóficos y religiosos que guardan todos ellos estrecha relación entre sí (algo que desarrollaremos mejor en los capítulos dedicados al nacimiento de las religiones, el mundo de las apariencias y los conceptos del bien y el mal). A este común denominador de múltiples creencias (chamanismo, animismo, hinduismo, budismo, taoísmo, sintoísmo, hermetismo, sufismo, así como otras muchas ramas místicas del islamismo, cristianismo y judaísmo, etc etc) el escritor Aldous Huxley, en otro de sus libros fundamentales, «La Filosofía perenne», lo definió como «la divina Base». Leamos sus palabras: «La divina Base de toda existencia es un Absoluto espiritual, inefable en términos del pensamiento discursivo, pero (en ciertas circunstancias) susceptible de ser directamente  experimentado y advertido por el ser humano (…). La última finalidad del hombre, la razón final de la existencia humana, es el conocimiento unitivo de la divina Base». Contados han sido los hombres que han sabido entablar contacto real y verdadero con ese Absoluto espiritual. Los hemos llamado «místicos», «santos», «iluminados», «sabios», «profetas». Quizá podríamos también incluir en esta selecta lista a un puñado de artistas visionarios (Dante Allighieri, Bach, William Blake, Vincente Van Gogh, Walt Whitman…). No en vano tanto Schopenhauer como Nietzsche concordaron en que el arte en su manifestación más sublime era uno de los pocos medios disponibles para trascender la realidad circundante. Sin embargo, aquello obviamente está fuera del alcance de la mayoría de los mortales. Para el resto, así como para los primeros homínidos que se atrevieron a consumir ciertas sustancias que despertarían su conciencia mística, tenemos a nuestra disposición unas fabulosas drogas psicodélicas que representan el mejor y más emocionante atajo para acceder a aquellas «realidades superiores» cuya descripción y explicación superan el lenguaje ordinario. Y es que tal como declaró W. T. Stace, gran autoridad filosófica sobre el misticismo, cuando se le preguntó si la experiencia con las drogas psicodélicas era similar a las experiencias místicas: «no es que la experiencia sea similar a la experiencia mística: es experiencia mística».   

Ayahuasca o yagé

 Pero hagamos al menos el intento de embarcarnos en dicha tarea imposible de llevar a buen puerto. De modo que, muy grosso modo, ¿cuál sería la descripción de estas experiencias, sensaciones o sentimientos que han dado pie a tantos sistemas unificados de creencias? A pesar de correr el riesgo de caer en estereotipos y lugares comunes, no tengo más remedio que poner por escrito un resumen bastante sucinto de lo que, al final y al cabo, no es más que un somero repaso de algunas ideas o directrices principales contenidas en prácticamente cualquier ideología religiosa o filosófica (lo cual, al fin y al cabo, es bastante lógico, ya que parto de la premisa de que la inmensa mayoría de las creencias sobrenaturales o metafísicas más primitivas fueron desarrolladas, en primer lugar, precisamente a través de la ingestión de este tipo de sustancias). Lo que viene a continuación, por tanto, es apenas una simple enumeración de ciertos efectos o experiencias más o menos comunes a la ingesta de la mayoría de las sustancias psicodélicas (ya tendremos oportunidad de ahondar con mucha mayor profundidad en dichos efectos al narrar las experiencias individuales con cada droga psicoactiva).    

Pues bien, lo primero que ocurre, en mayor o menor medida y dependiendo de la intensidad de la sustancia en cuestión, es la progresiva disolución del ego. Puede ser una disolución fulminante (DMT, Bufo Alvarius) o paulatina (ayahuasca, peyote, opio, psilocibina, LSD). Debo hacer la acotación de que mientras más inmediata, intensa y breve sea la experiencia psicodélica, menores y más dosificados serán los «mensajes» o «enseñanzas» que se puedan obtener de ella. A continuación se experimenta una sensación sumamente verídica acerca de cuya realidad nos han hablado numerosas creencias y religiones a través de los milenios: la sensación, estremecedora y beatífica a partes iguales, de que somos apenas una mota de polvo no sólo contenida en el insondable e infinito universo, sino sobre todo unificada a él. Se suele experimentar, por tanto, el sentimiento de que formamos parte de algo mucho más grande que nosotros, llámese Naturaleza, Universo, Dios o Dioses, entidades energéticas, fuerzas cósmicas (como usted prefiera) y de que todo ser viviente se halla interconectado a través de una complejísima y enrevesada red espiritual. El desarrollo de la conciencia mística o religiosa en el ser humano no es más que la constatación, o al menos la sospecha, de que cada uno de nosotros formamos parte de un Todo, de una unidad en la que todos nos hallamos interconectados. Y no sólo surge la certeza de que formamos parte de una unidad, sino de que en nosotros mismos (así como en cualquier gota de agua, en cualquier hoja de árbol) se halla ese «Todo» contenido, algo que suele llevar a infinidad de chamanes a afirmar, en los momentos en que uno se halla en pleno trance psicodélico, que «cada uno de nosotros es Dios».    

Peyote

 Por otra parte, concuerdo por completo con numerosos científicos, investigadores y psiconautas según los cuales difícilmente es posible encontrar alguna sustancia o «terapia» que permita una mejor y más profunda exploración de la propia conciencia. No hay duda de que el neologismo «psicodelia», ideado por el psicólogo británico Humphry Osmond en 1956, es bastante acertado, pues une dos vocablos griegos que combinados brindan la fórmula «alma desvelada» o «alma que se manifiesta». Y es que a través de estos asombrosos caminos de profunda introspección no sólo es posible atisbar la enigmática existencia de una gran conciencia colectiva o universal de la cual, al disolverse nuestro ego, nos damos cuenta de que formamos una parte infinitesimal. También todo ello alienta el autoanálisis y el autoconocimiento enfocados al mejoramiento de nuestra personalidad, así como la superación de traumas del pasado o miedos presentes y futuros. No en vano y por fortuna se han reiniciado, después de largas décadas de absurdo prohibicionismo, las terapias en innumerables clínicas alrededor del mundo que hacen uso de drogas psicodélicas (principalmente el LSD y la psilocibina) para tratar a pacientes aquejados de adicciones, depresiones o enfermedades terminales, algo de lo que tendremos ocasión de hablar más ampliamente en otras entradas de estos diarios. Qué duda cabe de que uno de los aforismos más agudos y sabios de cuantos se hayan emitido a lo largo de los milenios se hallaba inscrito a la entrada del templo de Apolo en la ciudad griega de Delfos: «Conócete a ti mismo». Se trata de una directriz que todos hemos escuchado alguna vez y que, sin embargo, imbuidos en estos tiempos de pura aceleración y ruido constante que obstaculizan cualquier reflexión pausada, muchos damos por sentado sin percatarnos de la sabiduría y la profundidad que se hallan encerradas en ella. Es natural, por tanto, que muchos de los que hemos probado este tipo de sustancias hayamos advertido, con inusitado asombro, lo poco que en realidad conocemos acerca de nuestra naturaleza y del enigma de nuestra propia conciencia.   

También hay que señalar que suele ser bastante común la experimentación, sobre todo en los momentos finales de dichos trances, de enormes dosis de amor, compasión, empatía, paz y armonía, algo que numerosos consumidores de «plantas madre» suelen relacionar con las entidades a las que se han tenido acceso a través de la ingesta dichas sustancias (recordemos que incontables comunidades indígenas suelen referirse a este tipo de sustancias o plantas como «alimento de los Dioses», e incluso como personificaciones de las propias divinidades). De todas estas experiencias y sensaciones, lógicamente, es posible obtener a posteriori elementos que nos conduzcan a una mejora o desarrollo positivo de nuestra personalidad, así como a la corrección de diversos vicios o defectos, procesos que tienen que ver con el dominio o manejo de las emociones negativas (ira, envidia, celos, miedo), el incremento de nuestra capacidad de empatía y, sobre todo, con el control de nuestro ego, fuente eterna de deseos insatisfechos, anhelos reprimidos y luchas interpersonales. Se podría decir que la necesidad de ser más humildes y agradecidos con aquello, sea lo que fuere, que está por encima de nosotros y que es infinitamente superior (y de lo cual formamos una fracción microscópica), es algo que puede conducirnos a una mejora en nuestras vidas y de nuestra personalidad. No es casual por tanto, ya lo hemos mencionado, que numerosos científicos, neurobiólogos y médicos acreditados lleven largas décadas abogando por la inclusión de las drogas psicodélicas en los tratamientos de variadas dolencias mentales, entre ellas la depresión, la esquizofrenia, los síndromes de estrés postraumático, así como numerosas adicciones (véanse los capítulos sobre «Las drogas psicodélicas y el tratamiento de dolencias mentales» y «La prohibición de las drogas psicodélicas«). 

 He hablado anteriormente acerca del contacto que se establece con el gran «misterio». Y es que, sin lugar a dudas, una de las sensaciones más intensas y vívidas que se pueden experimentar a lo largo de estos trances es precisamente la de estar en presencia de algo que no tiene explicación racional, algo que está más allá de toda ciencia, de toda lógica, y que, sin embargo, es abrumadoramente real. Cuando se abren las puertas de la percepción, cuando cae el Velo de Maya y finalmente las sombras difusas de la caverna platónica se condensan y solidifican ante nuestros pasmados ojos, estamos en presencia del Gran Misterio. Y ese Misterio no sólo es sagrado. No sólo es mágico. También es real. Escalofriantemente real. Porque si hay algo en común a todos los trances psicodélicos experimentados por miles y miles de personas, es la estremecedora sensación de que aquello que estamos experimentando a través de todos los sentidos (y a través de unos sentidos de los que ni siquiera sospechábamos su existencia) es completamente real. De hecho, más real que la realidad misma. Es bastante común la sensación, tras un intenso viaje con DMT o Bufo, de que repentinamente hemos regresado de vuelta a un mundo, el nuestro, el cotidiano, que es mucho menos real, y por tanto más falso, que aquél en el que estábamos inmersos unos pocos minutos atrás. En cuanto a la psilocibina, la ayahuasca o el peyote, se tiene la vívida sensación de estar en los umbrales de otras dimensiones paralelas o mundos alternos habitados por seres asombrosos, mitológicos, divinos o demoníacos, como si de alguna manera, y sólo a través de la ingesta de estas sustancias, se estableciera una interconexión de universos, habitualmente separados a cal y canto, que transitoriamente se superponen y entrelazan gracias a las plantas ancestrales. En cuanto a las visiones y las alucinaciones (de las cuales se pueden obtener valiosos mensajes si se tiene no sólo el valor y la entereza para encararlas y desafiarlas, sino también la inteligencia y la sensibilidad suficientes para interpretarlas y desencriptarlas), poseen tal cualidad «verídica» o «real» que llevaron al gran experimentador y psiconauta Terence Mckenna a utilizar el oxímoron de «alucinaciones reales» para referirse a ellas. Y es que hay algo sumamente curioso y, por supuesto, sumamente misterioso en torno a las visiones y las alucinaciones, y es el hecho de que innumerables imágenes arquetípicas se repiten una y otra vez con independencia de quién sea la persona que esté bajo los efectos de este tipo de sustancias, con lo cual surge la duda lógica acerca de si estas imágenes que visitan nuestra mente (y nuestros ojos) nacen dentro o fuera de nuestra cabeza. ¿Estamos nosotros mismos, a través de nuestros estados alterados de conciencia, creando tales imágenes a mansalva, o por el contrario estamos simplemente recibiendo una visita proveniente del exterior? Todos hemos tenido visiones alguna vez (sin ir más lejos los sueños son un claro ejemplo), y quizá alguna alucinación creada por dolencias físicas y mentales o por ciertas drogas recreativas que nada tienen que ver con las plantas ancestrales. Pero siempre, en todos estos casos, hemos tenido la convicción y la seguridad de que se trata de simples jugarretas creadas por nuestro cerebro. No así ocurre con las sustancias psicodélicas contenidas en la «medicina sagrada», a través de las cuales se experimenta la muy vívida sensación de que aquello que estamos visualizando no proviene de nuestro ser, sino de que es algo que existe formalmente más allá de nuestra subjetividad e interioridad. El reputado filósofo y psicólogo estadounidense William James, en su intento por definir y describir tales experiencias místicas, citó como una de sus características esenciales la convicción de que lo que uno contempla no son fantasmas subjetivos, sino realidades que existen objetivamente en el mundo. Y quizá una prueba de ello sea, repito, la asombrosa frecuencia con la que ciertas imágenes arquetípicas (animales sagrados, totémicos o mitológicos, civilizaciones y ciudades ancestrales y al mismo tiempo futurísticas, maquinarias asombrosas en continua transformación, deidades y demonios, entidades élficas tenuemente percibidas o claramente visualizadas, caleidoscópicas formas geométricas, extraños signos alfabéticos y/o matemáticos, cegadora luz blanquecina) son captadas una y otra vez por infinidad de participantes. Autores renombrados como Claudio Naranjo («Ayahuasca, la enredadera del río celestial») y Rick Strassman («DMT: la molécula del espíritu») se han encargado de brindar amplio testimonio de todo ello a través de la enumeración y descripción de innumerables casos estudiados.     

El gran misterio. El misterio insondable del mundo que nos rodea, visible o invisible. Uno de los aspectos más asombrosos de este tipo de sustancias es que nos retrotraen de inmediato a los albores de la humanidad, a aquellos tiempos ancestrales y primigenios en los que el universo aún no había extraviado su carácter misterioso, mágico y sagrado. Hemos perdido esa capacidad de asombro, la capacidad de extasiarnos, ensimismarnos y maravillarnos como sólo un niño, o un ser primitivo, es capaz de hacerlo. El desarrollo desenfrenado de la ciencia, del materialismo, del hedonismo y del capitalismo consumista nos ha malacostumbrado a lo largo de los últimos tiempos. Hemos perdido de vista la magia. Hemos desconectado de ella. Pero no porque haya dejado de existir. Simplemente la hemos perdido de vista. Somos seres empobrecidos que, inmersos en la oquedad de nuestros diminutos caparazones, no podemos dejar de prestar atención a miles de cosas sin ninguna importancia. Hemos perdido de vista incluso uno de los espectáculos más increíblemente fascinantes que se puedan imaginar: las estrellas. Se nos va la vida entera sin advertir la maravilla y la magia que nos rodea a cada instante. Seres arrogantes y al mismo tiempo insignificantes que, a diferencia de los antiguos, ni siquiera somos conscientes de nuestra propia insignificancia. ¿Acaso sigue habiendo algo más misterioso en todo el universo que la conciencia? ¿Algo más asombroso que el propio Yo? ¿Qué es el Yo, para empezar? ¿Dónde se ubica exactamente el Yo? ¿Está mi conciencia ligada a una conciencia universal? Podremos desarrollar en nuestros laboratorios infinidad de robots con inteligencia artificial, naves espaciales que quizá salven a la especie humana de la estúpida autodestrucción, seres humanos modificados genéticamente que vivirán cientos de años… pero nunca podremos crear «conciencia». La comunidad científica prácticamente al pleno está de acuerdo en que es imposible reducir la conciencia a una serie de reacciones o conexiones físicas y químicas. Y es que aún no ha nacido el primer científico ni el primer filósofo que haya podido definir con claridad qué es la conciencia, algo que perdurará como el mayor enigma del universo durante los milenios por venir (si es que la humanidad no comete harakiri mucho antes).   

El redescubrimiento de la magia, del misterio, de la maravilla de todo cuanto nos rodea a cada instante. El redescubrimiento de la infinita belleza y del encantamiento del mundo. La maravillosa y perfecta belleza de los delicados filamentos de una minúscula hoja. De una diminuta abeja extrayendo el polen de una hermosa y colorida flor. Incluso la maravilla existente en el miedo de una diminuta araña al percibir mi cercano andar, ese miedo que es mi mismo miedo, exactamente mi mismo miedo… Cada objeto, cada ser vivo… todo parece ser novedoso, recién creado milagrosamente ante mi pasmada y extasiada mirada. Todo este redescubrimiento se lo debo a las drogas psicodélicas. Y, sobre todo, el redescubrimiento de la propia conciencia. No me extraña que este tipo de sustancias sean tan recomendables para el tratamiento de personas aquejadas de depresión o de todo tipo de adicciones, porque lo que inoculan es motivación pura, interés puro, asombro puro. Tal como dejó escrito Huston Smith, teólogo y experimentador de drogas psicodélicas, en su libro «La Percepción Divina. El significado religioso de las sustancias enteógenas»: «Lo opuesto al sentido de lo sagrado no es la serenidad o la sobriedad. Es la monotonía; lo que se da por hecho. La falta de interés. La rutina y lo prosaico. El pecado mortal de la pereza». Así es, de eso se trata: puro y cautivador renacimiento espiritual. Y es que no se trata únicamente del asombroso redescubrimiento del mundo misterioso, milagroso y embriagador que nos rodea en todo momento, sino sobre todo del redescubrimiento de uno mismo.   

Y no soy el único, por supuesto. Vivimos en un planeta enfermo. En un planeta que ha enfermado por culpa de una sociedad enferma que lo está matando. Millones de personas alrededor del mundo han despertado. Nuestras conciencias, ligadas como ínfimos filamentos a la gran y adolorida conciencia de Pachamama, han despertado. Estamos en presencia de un boom mundial de las drogas psicodélicas (algo que, como todo lo que atañe a la especie humana, corre el riesgo de ser contaminado por la corrupción y la desvirtuación). No es por supuesto casual que este interés generalizado y global por las drogas psicodélicas y las plantas medicinales haya coincidido en el tiempo con la eclosión de los movimientos ecologistas a nivel planetario. El llamado de las plantas ancestrales no es más que un síntoma de este resurgir de la conciencia colectiva que percibe el peligro de la propia aniquilación. Por desgracia, soy de la opinión de que siempre seremos muy pocos. Espero equivocarme.   

De modo que un pequeño hongo mágico de cierto aspecto alienígena es capaz de abrirte en media hora el portal que te conduce a la antesala del misterio, del asombroso y mágico misterio que por culpa de nuestra arrogancia-ignorancia habíamos perdido de vista. Todo comienza poco a poco a parecerte asombroso y misterioso a tu alrededor (como debería ser, como siempre debería ser). Y es un lugar conocido. Es decir, un lugar en el que ya habías estado antes. Las imágenes variarán en mil formas distintas, las emociones y sentimientos mutarán de forma constante, podremos tener la impresión de haber visitado cien dimensiones distintas… pero en realidad se trata siempre de lugares similares. El peyote, la ayahuasca, el opio, la DMT, el Bufo… todos te conducen a esos lugares ya conocidos, ya visitados, en el que tu conciencia y tu ego de alguna manera se difuminan y se funden en un manantial infinito de pura «conciencia universal». Y musitas para tus adentros (en ocasiones sin palabras, porque las palabras muchas veces han dejado de existir al igual que tu ego, que tu conciencia individual, incluso en algunos casos, y por más asombroso que parezca, ha desaparecido también tu corporeidad), de alguna manera susurras: «yo ya he estado aquí… yo ya he estado antes aquí». Y también sientes que algo o alguien allí ha asentido con una sonrisa velada al percibir tus no-palabras. ¿Y qué sitio es ése exactamente? ¿Y quién o quiénes han sonreído y te han dado de algún modo la bienvenida? Ah… misterio de misterios.   

Hongo Amanita Muscaria

Se trata de un lugar, o una serie de lugares cuya existencia, por cierto, no debería contradecir los últimos postulados y descubrimientos de la ciencia. ¿Existe acaso alguna contradicción con respecto a las teorías científicas que hablan del universo multidimensional, de la teoría de cuerdas o de la abrumadora presencia de materia oscura (y por tanto inidentificable) en el Universo? Por otra parte, uno de los primeros efectos visuales que se experimentan apenas a los pocos segundos de inhalar DMT o Bufo Alvarius es la pasmosa fragmentación, ante nuestra incrédula mirada, de la realidad en perfectos fractales. También es posible apreciar dichos fractales durante las alucinaciones experimentadas en las largas ceremonias de toma de ayahuasca o yagé. Numerosas teorías científicas sostienen que la realidad que nos circunda está constituida, en efecto, por fractales, algo que nos debería brindar una pista, o al menos sembrar la sospecha, de que aquello que estamos atestiguando bajo los efectos de las drogas psicodélicas contiene visos de perfecta y «verdadera realidad». ¿Y qué decir acerca de las numerosas teorías científicas que definen al Universo como constante vibración? Es innegable que a través de ciertas drogas psicodélicas es posible entrar en perfecta sintonía y percibir esa poderosísima frecuencia universal que todo lo llena y todo lo impregna. Y es que ya lo afirmaron insignes personajes como Lao-Tse, Heráclito o Hermes Trimegisto: nada permanece, todo cambia, todo vibra, todo fluye…   

Y siguiendo con el tema de los misterios, y ya para ir finalizando con este amplio preámbulo que da la bienvenida a un humilde diario de experiencias y reflexiones personales, surge una pregunta fundamental que no podemos esquivar: ¿Por qué están estas drogas aquí? ¿Cuál es su función, su significado? Prácticamente no existe zona en el planeta que no disponga de alguna «planta sagrada», del mismo modo que, según infinidad de estudios antropológicos, es casi inexistente la comunidad indígena o primitiva que no haya hecho uso de su «medicina» particular. Tomando en cuenta que todo en la naturaleza guarda un propósito y un sentido, ¿cuál es por tanto el significado de que exista toda esta infinidad de plantas y sustancias enteógenas en la naturaleza y al alcance de un ser provisto de una inteligencia desarrollada y de autoconciencia?   

 No me atrevería yo a avalar ninguna hipótesis en especial. Sólo quiero dejar aquí registro de algunas teorías que, a más de uno, harán dibujar una sonrisa socarrona en sus labios. Ya he hecho mención de que innumerables comunidades denominan a este tipo de sustancias «alimento de los Dioses». De más está decir, por tanto, que una de las principales hipótesis manejadas (sobre todo por tales sociedades indígenas) afirma que dichas plantas fueron puestas allí por seres superiores o ancestrales, ya fueran creadores o no de todo lo visible, para que entablásemos contacto con ellos. ¿Habitantes de otras dimensiones paralelas? ¿Dios o dioses? ¿Seres humanos avanzados venidos de un tiempo futuro? Hagan sus apuestas. O quizá (otra teoría igualmente risible para muchos) estas sustancias fuesen «sembradas» o enviadas desde el espacio exterior por seres alienígenas. Esta teoría estaría avalada por el hecho de que muchas de estas plantas o sustancias poseen una apariencia, si tan sólo nos fijamos un poco, bastante extraterrestre. ¿Hay acaso algo más extraño que un hongo, un ser vivo a medio camino entre el reino animal y el vegetal, cuyas esporas muchos afirman que son capaces de resistir las bajísimas temperaturas del espacio exterior? ¿Y qué decir de los cactus, e incluso de la extrañísima apariencia de las distintas plantas de cannabis? O tal vez el propio Universo, en su insondable y profunda sabiduría, colocase estas sustancias al alcance de ciertos seres dotados de suficiente inteligencia, con el objetivo de que éstos entablaran un contacto tangencial con las inefables fuerzas cósmicas que lo componen, y al mismo tiempo se dieran cuenta de que las conciencias individuales forman parte de una infinita red que constituye una gran conciencia madre o universal.  

 O, por último, quizá estas sustancias psicoactivas sencillamente fuesen colocadas en sitios precisos con toda la intención por la Madre Tierra (algo bastante lógico y razonable, después de todo), con la intención de que a través de ellas estableciéramos conexión directa con su conciencia superior y evitáramos la locura autodestructiva en la que nos hemos empecinado desde hace siglos. Por ejemplo, está comprobado que los hongos mágicos que contienen la psilocibina suelen crecer en áreas donde se ha iniciado la labor agraria, ganadera y por tanto destructiva del homo sapiens. Tal vez sea un simple mecanismo de defensa. No hay duda de que tras percibir la disolución de la individualidad, tras experimentar enormes dosis de amor, agradecimiento, humildad, empatía y compasión, lo último que se le ocurre a uno es hacer daño a los demás. Cuántas veces he escuchado en los últimos años la idea según la cual los gobernantes y los poderosos deberían ser obligados a probar las drogas piscodélicas. Por desgracia, y esto es algo de lo que hablaremos en el capítulo dedicado al nacimiento de las religiones, la civilización humana en su devenir perdió el contacto con la Naturaleza (y por ende con las plantas ancestrales), iniciando esta absurda carrera hacia ninguna parte. Resulta obvio decir que quienes han permanecido en estrecha relación con la Naturaleza (una relación intensificada a través del ininterrumpido consumo de las «plantas madres»), es decir, los miembros de las diversas comunidades indígenas que aún resisten los embates de la apisonadora civilizatoria, son quienes mejor han sabido preservar el entorno medioambiental de nuestro hermoso hogar, el único que tenemos.   

Antes de concluir esta larga introducción, quisiera enfocarme en cierto aspecto crucial, y éste es el valor y el coraje que se han de acumular para iniciar, así como para continuar, el largo (y a veces tortuoso) camino del consumo sistemático de las drogas psicodélicas. Muchos podrían calificarlo de «masoquismo puro y duro». Y quizá haya algo de razón en ello. Pero pienso que cierto conocimiento vital sólo es posible ser alcanzado a través de la conquista y la derrota de los propios miedos y temores. No es casual que unas de las palabras más repetidas por los chamanes durante las ceremonias de iniciación sean precisamente «Valor» y «Coraje». Una vez superadas las difíciles pruebas, es muy probable que el chamán en cuestión nos obsequie con un halagüeño «guerrero» o «guerrera». Creo que podemos estar todos de acuerdo en que la vida de por sí es una muy difícil prueba que debemos ir superando día a día. Se requieren altas dosis de valor y perseverancia para seguir adelante con el ánimo y la rectitud indispensables. Vencer el miedo o, como suelen decir los chamanes de la Amazonia, «tocar el jaguar», es una de las más arduas tareas que se presentan cotidianamente a todo ser humano (por no decir todo ser viviente). Las drogas psicodélicas quizá cumplan una función no sólo de enseñanza y autoconocimiento, sino también de endurecimiento de nuestro temple, algo vital a la hora de ir superando uno a uno los diversos retos que la vida nos pone por delante. Y el reto más difícil de superar es, por supuesto, el hecho de encarar nuestra propia muerte. Y sobre la muerte (así como sobre el posible o hipotético tránsito de nuestra «conciencia» a un más allá en el que nos fundamos en el Absoluto) las sustancias enteógenas tienen bastante que decirnos. Tal como escribió Rudolf Steiner al elaborar los fundamentos básicos de su Teosofía: «Sólo el conocimiento claro de estas regiones superiores de la existencia, la penetración inteligible en lo que sucede en ellos, puede fortalecer realmente al hombre y conducirlo a su verdadero destino».   

Pero por fortuna hay enormes alicientes en este recorrido no exento de dificultades. Las drogas psicodélicas, tal como ya he remarcado, constituyen un excitante camino plagado de enormes emociones. Nada ha excitado de tal manera mi curiosidad y mi interés a lo largo de toda mi vida. Suscribo por completo las palabras de Terence Mckenna al ser inquirido por los supuestos peligros que pudieran entrañar este tipo de sustancias: «El único peligro que existe es morir de puro asombro».   

 Por último, sólo me resta llamar la atención sobre un aspecto final. Y es la burla, la ironía, o la delicada sonrisa condescendiente que muchos de estos escritos despertarán en innumerables lectores (ateos en su gran mayoría, o al menos escépticos) que echen un vistazo a los presentes textos. A todos ellos quisiera dedicar unas breves palabras: de haber leído yo mismo estos escritos hace unos pocos años, no habría podido dar crédito a lo que mirasen mis ojos. No en balde siempre me consideré un ateo radical a lo largo de varias décadas. ¿En qué me había convertido yo mismo de pronto?, me habría preguntado con cierta sorna de haber podido viajar en el tiempo. ¿En un hippie adorador de Pachamama? ¿En un «abrazador de árboles»? ¿En un creyente de Dios, o aún peor, de varios Dioses? La verdad es que no sé en qué me he convertido. Desconfío de cualquier teoría mística o metafísica que intente explicar y esquematizar con lujo de detalles lo que para mí, en cada uno de mis «viajes», seguirá por siempre envuelto en el velo del más sorprendente y estremecedor misterio. La verdad es que no sé en lo que creo. Creo que moriré sin descubrirlo a ciencia cierta. Lo más sencillo (y quizá también lo más cobarde) tal vez sea definirme como «agnóstico» (es decir, «sin gnosis», «sin capacidad de conocimiento»). Lo único que sé ahora es que ahí afuera, a nuestro alrededor, hay algo misterioso, incomprensible, impenetrable, y sobre todo muy asombroso. El hombre ancestral siempre lo supo. El hombre moderno decidió dejar de saberlo. Y así nos ha ido. Quien quiera denigrar, vilipendiar o burlarse de los presentes textos está en su completo derecho. Sin embargo, pediría que tras haber elaborado su cínica burla, asista a una ceremonia de ayahuasca, o consuma DMT o Bufo Alvarius, o pruebe el peyote en el desierto mexicano acompañado de un chamán. Entonces le pediría una segunda opinión. Aunque lo más probable es que se niegue. ¿Para qué hacerlo? La gran mayoría declinará la gentil invitación. Lo sé por experiencia propia. Y la principal razón de su negativa es el puro miedo. Siempre el miedo. ¿Pero miedo a qué? No sólo es el miedo a perder la cabeza (siempre se está de vuelta, creedme… y tras la locura transitoria se está uno mucho más equilibrado, sereno y mentalmente sano que antes). El miedo principal es que todo el edificio mental de seguridades y convicciones acumuladas a través de tantos años se desplome de pronto como un castillo de naipes. Y aquello es muy difícil de superar. Hablo por experiencia propia: los ateos siempre nos hemos contado entre los seres más cobardes (y cínicos) que han poblado la Tierra. Y es que nadie le tiene más miedo a un fantasma que un ateo. 

  Si aún no lo has hecho, no dudes en probar la manzana prohibida, querido lector.