Las drogas psicodélicas y el nacimiento de las religiones

 Como buen ateo recalcitrante, siempre pensé que las religiones, siguiendo la famosa tesis de Freud (y todo ateo que se precie debe al menos sentir cierta estima por el padre del psicoanalismo), no eran más que «neurosis colectivas». Es decir, fases obsesivas e infantiles surgidas en los albores de la humanidad cuyos objetivos eran, por un lado, intentar brindar sencillas respuestas a preguntas imposibles de contestar y, por el otro, y esto es aún más significativo, aportar la idea de un «más allá» que consuele al ser humano ante la finitud y el sinsentido de la existencia. Cuentos para niños, en otras palabras. No me daba cuenta de que yo, al igual que muchos otros ateos educados tras varios siglos de estricto materialismo científico, me estaba comportando como un fanático más. Y es que el ateísmo puede llegar a representar otra forma más de intolerancia y fanatismo, tal como se ha encargado de señalar el filósofo John Gray en su excelente libro «Siete tipos de ateísmos». La arrogancia con la que nosotros los ateos (¿o debería ya comenzar a excluirme de esta categoría?) desdeñamos y miramos por encima del hombro a cualquier individuo que manifieste algún pensamiento mínimamente «místico» o «espiritual», es algo que debería avergonzar a muchísima gente. Este tipo de superioridad intelectual e incluso moral, muchas veces disfrazada de generosa y sutil condescendencia, no es más que otra manifestación de la perenne y muy humana estupidez universal.    

 Entre las incontables cosas que me han aportado las drogas psicodélicas, y en especial las medicinas ancestrales o «plantas madre» (tal como a los chamanes les gusta decir… por favor jamás usar la palabra «droga» en presencia de alguno de ellos), quizá una de las principales haya sido el muy asombroso entendimiento acerca de cómo surgió en el ser humano el «pensamiento místico». Y es que cuando Karl Marx sentenció su celebérrima frase que reza «la religión es el opio del pueblo», no podía imaginarse lo cerca que estaba de la asombrosa verdad. La respuesta es sencilla y sorprenderá a quien jamás haya experimentado los efectos del consumo directo de la DMT (bautizada con toda razón como la «molécula del espíritu» por el científico estadounidense Rick Strassman), o de alguna planta sagrada, ya sea la ayahuasca o yagé, el peyote, el yopo, la ibogaína o la psilocibina de los hongos mágicos (denominadas, por cierto, por innumerables tribus indígenas sin ninguna conexión entre sí como «alimento de los dioses»).    

Pues bien, aquí vamos: antes de todo existía el chamanismo. Las religiones, obviamente, no nacieron de la nada. No surgieron de pronto de la bruma unos charlatanes, venidos de quién sabe dónde, a quienes se les ocurrieron brindar las respuestas adecuadas a unas masas manipulables y ávidas de sentido y de esperanza. Mucho antes de la consolidación de las religiones, aparecieron (y aún perviven, por gran fortuna) las múltiples formas de chamanismo. Las religiones ancestrales (aquí excluyo, por supuesto, al cristianismo y al Islam, ridículos pastiches engendrados en las oscuras entrañas del judaísmo, así como a cualquier otra religión «moderna» surgida en los últimos dos mil años) fueron paridas directamente por el chamanismo y el animismo. Luego tales credos religiosos se encargaron poco a poco de pervertir y tergiversar el mensaje original, la información crucial, el conocimiento verdaderamente sagrado. Se volvieron dogma. Se anquilosaron y acabaron con la auténtica consciencia mística. Traicionaron la revelación sagrada. Quizá tan sólo el budismo y el taoísmo (no en balde son más pensamientos filosóficos que credos religiosos) han sabido mantenerse relativamente fieles a aquel conocimiento místico y ancestral, un conocimiento difícilmente transmisible al que es posible acceder por medio de ciertas sustancias que quizá, por qué no decirlo, siempre habían estado allí a la espera de que alguien, un homínido con cierto potencial cognitivo, las encontrara en su camino. Porque la «verdad» contenida en la experiencia mística, una verdad indescifrable, intransmisible, inverificable, y aun así omnipresente, es accesible a través de las visiones y las alucinaciones -maravillosas, asombrosas, iluminadoras, en ocasiones escalofriantes y terroríficas- que deparan las sustancias psicodélicas. También lo es por medio de otros métodos más depurados, sublimados o incluso retorcidos, tales como la meditación, el ayuno, ciertos tipos de yoga, la mortificación o la autoflagelación, así como a través, si se es portador de una exquisita sensibilidad, de la elevación espiritual que conlleva la pura contemplación, ya sea del arte más sublime («síndrome de Stendhal») o de las maravillas cotidianas presentes en los fenómenos de la naturaleza («sentimiento oceánico»). Pero en todos estos últimos caminos mencionados, se precisa de un desarrollo cognitivo e intelectual que no estaba al alcance de aquellos primeros homínidos. Es por ello que el sentido de lo sagrado arribó, en primera instancia, a través de la ingesta de un extraño elemento a medio camino entre el reino vegetal y el animal, de aspecto algo alienígena, que apenas se elevaba unos pocos centímetros del suelo. Luego el homo sapiens, una vez desarrollado en él no sólo la inteligencia a un ritmo exponencial sino también el ansia por entrar en contacto con los arcanos del Universo, intentaría encontrar otros caminos que de igual manera le abrieran las «puertas de la percepción», por utilizar las célebres palabras de William Blake y Aldous Huxley.  Y es que las drogas psicodélicas, tal como se podría pensar, no son simplemente un atajo (un atajo sin duda excitante, maravilloso, asombroso y, sobre todo, extraordinariamente poderoso): son el camino en sí. O al menos uno de ellos.   

De modo que en el principio fue un simple homínido. Un homínido bastante curioso y quizá algo imprudente, aún carente de lenguaje articulado pero con un amplísimo potencial intelectual todavía por desarrollar, que encontró por casualidad en su camino un hongo que contenía psilocibina. Aquel hongo le puso en contacto con fuerzas que por supuesto no entendía (aún hoy en día seguimos sin entenderlas). Este pequeño «hongo mágico» le aportó ciertas visiones que generaron en él la certeza de que algo más allá, no sólo por encima de su cabeza sino sobre todo «a su alrededor», algo invisible al ojo humano y por supuesto inexplicable, existía. Estábamos ante el lógico nacimiento del animismo y del totemismo, ambos hermanados con la práctica del chamanismo, los cuales no sólo aparecieron forzosamente como consecuencia de la ingesta de sustancias alucinogénas, sino que también constituyen el primer peldaño de la larga escalera que desemboca en el posterior nacimiento de las religiones. Y es que quien haya ingerido alguna vez psilocibina en cantidades suficientes, y luego haya dado un largo paseo en medio de la naturaleza, debería llegar a la conclusión lógica de que el desarrollo del animismo (esto es, la sospecha de que cada ser viviente a nuestro alrededor es portador de un «espíritu» o «alma» interconectado a una especie de «conciencia universal») está apenas a un simple paso de este estado alterado de conciencia. No estoy completamente seguro de que a esa sencilla conclusión haya llegado también el célebre psiconauta Terence Mckenna (cuyas divertidas e interesantísimas disertaciones se pueden escuchar por docenas a través de Youtube), pero la proposición que nos ofreció es aún más atrevida: afirmaba Mckenna, a través de su teoría del «mono drogado» («The stoned ape theory»),  que fueron precisamente los hongos mágicos los que propulsaron la inteligencia de los homínidos (cuyo previo potencial cognitivo era incuestionable) hasta convertirlos en perfectos «homo sapiens». ¿Sabían ustedes, por ejemplo, que en algunas de las principales empresas de Silicon Valley se ha hecho habitual entre sus trabajadores el consumo de «microdosis» diarias de drogas psicodélicas, principalmente LSD y psilocibina, para mejorar el rendimiento, la creatividad y la agudeza mental?     

De modo que, decíamos, en un principio fueron los homínidos consumiendo «plantas madres». Aquí, allá y acullá. El planeta entero, todas las regiones, todos los continentes, están repletos de plantas con propiedades alucinatorias y enteógenas cuyos efectos (de los cuales tendremos ocasión de hablar en diversas entradas de estos diarios) son en cierta medida similares. Todas te transportan a lugares semejantes, a unos estados de conciencia en los que se diluyen las difusas fronteras del ego y de la individualidad para trascender temporalmente y formar así parte de un Todo, de una unidad a veces llamada «divina», tesis básica y primigenia que prácticamente emparenta a todas las religiones del planeta. Por tanto, podríamos aseverar que la razón que explicaría la asombrosa unidad ideológica de la inmensa mayoría de las religiones (unidad que Aldous Huxley definió como «Divina Base» y que en líneas generales podríamos resumir como la aspiración a un estado de serena humildad que nos permita fusionarnos con el Absoluto, llámese Universo o Dios) se basa en el simple hecho de que prácticamente todas las zonas del planeta ofrecen alguna planta enteógena capaz de brindar estos místicos estados de conciencia.   

Pero no nos distraigamos. Ya tendremos oportunidad para elaborar mejor estas ideas. Sigamos acompañando en su recorrido a nuestro «mono desnudo», tal como lo definió el etólogo Desmond Morris. Su conciencia mística fue despertando y activándose poco a poco. Se fue incrementando la inteligencia a lo largo de miles de años. Se desarrolló el lenguaje hasta alcanzar complejidades nunca antes atestiguadas. El chamán, el mago, el hechicero, el curandero, aquel que poseía el conocimiento no sólo sobre los efectos de las diversas plantas y sus propiedades, sino también acerca de su recolección y laboriosa preparación, asumió el control de la tribu, poder que compartiría junto a los jefes guerreros a lo largo de milenios. El chamán no sólo era temido: era respetado y venerado. El chamán compartía generosamente, por medio de los rituales de «toma» de los brebajes mágicos, las visiones y las alucinaciones con el resto de la comunidad (aún hoy en día lo siguen haciendo, en aquellos últimos rincones vírgenes donde las comunidades indígenas, afortunadamente, aún no han sido víctimas de la apisonadora civilizadora occidental). La conciencia mística era, por tanto, compartida y experimentada por la comunidad al completo. Aquél era un elemento básico y fundamental de su unidad y supervivencia.   

Demeter y Koré compartiendo un hongo sagrado. Grecia. Siglo V a.C.

Sin embargo, todo esto comenzó a cambiar en el momento en que las estructuras de las sociedades, sobre todo debido al aumento poblacional y al desarrollo del sedentarismo, de la agricultura y de la ganadería, empezaron a volverse más y más complejas. Había nacido el afán civilizador, el ansia de progreso. Y con ello también surgió el perfeccionamiento de los métodos de control sobre una población cada vez más numerosa. Lo primero que se pervirtió y desacralizó fue la compartición de las visiones. Con el desarrollo de las jerarquías institucionales, el antiguo chamán, ahora ungido como sacerdote, monopolizó el acceso de las visiones. Limitó la apertura de los portales mentales para él y los suyos. Se convirtió en un adivino, en un profeta, en un consejero áulico cómodamente instalado en las alturas del poder. En otras palabras, se transformó en un temible burócrata situado en lo más alto del escalafón. De allí nadie lo bajaría en los siguientes milenios. En cierto momento temprano de la Historia él también terminaría siendo víctima de los dogmas y se apartaría de los rituales visionarios (la puntilla la terminó de propinar la funesta expansión del cristianismo). Las visiones obtenidas a través de las plantas psicodélicas fueron acusadas de herejía, ya que no concordaban con el nuevo dogma establecido. El sacerdote-burócrata comenzó a establecer reglamentos, mandamientos, leyes, mitos absurdos. Sentenció lo que estaba bien y lo que estaba mal. Decretó las reglas morales. Dictaminó amonestaciones, penas, castigos estrictos. Estábamos, de más está decirlo, presenciando el triunfo universal de la religión dogmática.   

El precio a pagar en esta nueva etapa fue, por supuesto, el distanciamiento del acceso a las visiones sagradas, distanciamiento que pervivió a lo largo de milenios y que sólo hoy en día, por caminos insospechados, muchos estamos desandando. No obstante, algo permaneció incólume tras la superación de la fase primigenia del chamanismo: la certeza de que el mundo invisible, aquel universo que no es posible captar a través de nuestros limitados sentidos, está poblado por infinidad de seres espirituales (herencia directa de la conciencia primitiva animista). Prácticamente todas las religiones nacieron politeístas. Caldeos, babilonios, egipcios, asirios, escitas, griegos, romanos, mayas, aztecas, hindúes… la lista completa sería sencillamente imposible de abarcar. La inmensa mayoría de las religiones consolidadas preservaron la intuición, heredada de aquellos ya lejanos y superados tiempos del chamanismo, de que lo que se estaba fraguando a nuestro alrededor, en zonas no perceptibles para nuestros sentidos, era una lucha incesante entre fuerzas adversas e irreconciliables, una batalla eterna y multitudinaria que colma cada mínimo átomo del universo infinito. ¿Cómo podía a alguien pasársele por las mientes que todo este caos y toda esta lucha sin cuartel pudieran haber sido creados por una única entidad divina que, dicho sea de paso, además se consideraba benévola y misericordiosa? Increíblemente, hubo quien pergeñó esta ridícula insensatez y se sacó de la manga la idea del dios único, universal y benevolente: el faraón egipcio Akenatón, padre del pensamiento monoteísta. Según la tesis desarrollada por Freud en su estupendo libro «Moisés y la religión monoteísta», el patriarca hebreo, quien compartió tiempo y espacio con la corte faraónica de Akenatón, se apropió astutamente de estas ideas con las que más tarde fundaría la religión judaica. Akenatón no fue más que un capítulo aislado dentro de la milenaria historia del politeísmo egipcio, mientras que el judaísmo no sólo supo sobrevivir a duras penas hasta nuestros días, sino que además fue la paridora de las otras dos grandes religiones monoteístas que, por desgracia, se expandirían a todos los confines del planeta. Tanto el cristianismo como el Islam se encargarían, poco a poco, de arrasar a su paso con cualquier vestigio del natural pensamiento politeísta, herencia del animismo, que las culturas «paganas» se esforzaron por preservar, sumiendo a innumerables civilizaciones y comunidades de todo el globo en una nueva era de intolerancia, fanatismo y oscurantismo que ha costado muchos siglos superar (y aún sigue costando en innumerables rincones del planeta). Y es que si hay algo que el monoteísmo tiene a su favor a la hora de emprender las labores de expansión, conquista y autopreservación, es la de sentar las firmes bases de una sociedad despótica y totalitaria en la que, a imagen y semejanza de ese falso y único Dios, sólo se es tolerado el pensamiento único. Tal como Nietzsche argumentó en más de una ocasión, es bastante probable que las civilizaciones politeístas, mucho más tolerantes y menos fanatizadas que las monoteístas, terminasen abdicando ante la progresiva secularización de las sociedades en su conjunto. Aquello habría  significado un gran progreso en la historia de la civilización humana. Por desgracia, el judaísmo, el cristianismo y el Islam, las tres grandes religiones monoteístas, han impuesto a través de los siglos su estrecha y totalitaria visión de la realidad. Ya conocemos las consecuencias. 

  Aquél, por desgracia, fue el triste final de muchas de las milenarias religiones politeístas en las que, más allá de las atrocidades y desmanes propios de otras épocas más primitivas, eran tolerados los cultos a los dioses de los pueblos conquistados, tal como la historia de los griegos y los romanos se ha encargado de enseñar. Y es que, a diferencia de la actitud de los primeros cristianos, los conquistadores paganos, en lugar de bajar del pedestal a los dioses foráneos para destruirlos a mazazos y prohibir su adoración, solían por el contrario incluirlos o asimilarlos a su panteón particular. No así ocurrió, como ya todos sabemos, con el cristianismo ni con el Islam, tal como Elizabeth Nixey se ha encargado de documentar profusamente en su muy recomendable libro «La edad de la penumbra».     

 Sin embargo, y esto es muy importante señalar, aquellos primeros cristianos, bastante confundidos y desorientados en los siglos iniciales de una naciente religión que apenas estaba encontrando su camino, no pudieron desembarazarse de buenas a primeras de aquella ancestral conciencia politeísta (es evidente que hoy en día aún no han podido hacerlo). Está ampliamente documentado que los destructores cristianos no arrasaban con las imágenes de los dioses paganos por considerar a éstos como necesariamente «falsos», sino por considerarlos «demonios». En otras palabras, no negaban su existencia, sino que sencillamente la consideraban perjudicial. Nótese que la palabra «demonio» proviene del vocablo «demon», «daimon» o «daimón» de la mitología griega, que se utilizaba para designar a seres semidivinos, «genios» o entidades intermedias situadas entre la mortalidad y la divinidad. Sólo con la aparición del cristianismo y de la actitud censora, despótica y represora que siempre ha llevado aparejada, la palabra «demon», cuya connotación era básicamente neutral, comenzó a teñirse de un cariz claramente denigrante y peyorativo. De modo que no había que acabar con los «falsos dioses» (éstos según los primeros cristianos efectivamente existían), sino con los infestos «demonios» que disputaban con el Dios de Jesucristo el monopolio de la adoración humana. Y la prueba de que los cristianos, en su gran mayoría, nunca han podido deslastrarse de la natural conciencia politeísta, es el simple hecho de que, en vista de que el dogma les prohibía la adoración de otras divinidades, al menos idearon una simple jugarreta para saltarse las reglas: elevaron al altar a centenares de santos y mártires que suplieran el vacío dejado por tantos ídolos caídos. El pintoresco sincretismo que puede observarse en los altares de muchos pueblos caribeños, en los que es posible adorar a un mismo tiempo a Jesucristo, Changó u Olodumare, es un buen ejemplo y una prueba más de aquello que, ahora sí, podríamos definir como una clara «neurosis colectiva». Y esta desorientación, esta confusión, esta neurosis, alcanzaría su mayor apogeo a lo largo de los tres primeros siglos del cristianismo, cuando los líderes de la nueva religión, expertos en juegos malabares e ingeniosas improvisaciones, se enfrentasen al gran dilema que se le presenta a toda religión monoteísta: ¿cómo justificar la existencia del mal? ¿Cómo conciliar a un Dios único, todopoderoso, omnisciente y omnipresente con el ininterrumpido encadenamiento cotidiano de infinitos actos de maldad? ¿Cómo es que ese Dios bueno y misericordioso podía permitir eso? ¿Era para empezar Dios bueno y misericordioso? ¡¿Era acaso único, por Dios?! La existencia de innumerables fuerzas equilibradas y antagónicas en otros planos astrales que luchan incansablemente entre sí y cuyo influjo, para bien o para mal, se percibe sobre los seres de la Tierra, era una explicación plausible y, sin duda alguna, mucho más coherente que la ideada por el monoteísmo cristiano. Pero aquello ya no estaba permitido pensarlo y muchos menos divulgarlo, so pena de cruentos castigos corporales. De modo que los astutos dirigentes cristianos se sacaron un insólito as de la manga para justificar la omnipresencia del mal: la idea del «libre albedrío», un absurdo concepto que, dos mil años más tarde, las masas borreguiles de cristianos continúan repitiendo una y otra vez para justificar lo injustificable (injustificable, repito, en caso de que en efecto existiese un Dios único, bondadoso, todopoderoso y creador de todo lo visible). Tal como Nietzsche jamás se cansó de repetir una y otra vez: si ése es el Dios de los cristianos, difícilmente se podría concebir una divinidad más mediocre. Es una verdadera pena, dicho sea de paso, que el mensaje de un mortal iluminado y altamente evolucionado (al igual que lo fueron por ejemplo Lao-Tse y Buda), el mensaje de amor universal y compasión difundido por un reformista llamado Jesús que por cierto jamás se autoproclamó como divinidad ni mucho menos se planteó fundar una nueva religión, fuera manipulado y tergiversado por las hordas de fanatizados cristianos que a lo largo de milenios han utilizado su noble nombre en vano.      

Permítaseme una última digresión antes de retomar una vez más el tema inicial. Recuerdo haber escuchado una vez a un avezado «experimentador» de drogas psicodélicas cuyo nombre no logro recordar. Se preguntaba dicho individuo, no sin cierta razón, cómo era posible que las distintas religiones, y en especial la cristiana, no hubiesen aún echado mano de las sustancias psicodélicas para demostrar con rotundidad a los incrédulos la existencia de una fuerza superior y creadora. Aquello acabaría de una vez por todas con las resistencias autoimpuestas por tantos escépticos, agnósticos y ateos. A pesar de la lógica aplastante de tal argumentación, yo brindé en silencio mi respuesta: la religión cristiana en particular jamás permitiría aquello, por la simple razón de que quien ingiriese tales sustancias se daría cuenta de que, efectivamente, «no estamos solos». Pero también advertiría que aquella presencia percibida, o más bien las múltiples presencias entrevistas, nada tienen que ver con ese Dios que tanto nos han estado vendiendo, razón por la cual ningún jerarca eclesiástico se avendría a autorizar tales visiones reveladoras.       

Pero hemos comenzado a divagar sobremanera. Os invito a continuar abordando este apasionante tema en otra de las entradas de los diarios titulada «Sobre el Bien y el Mal». Debemos, por tanto, intentar recuperar el hilo que nos ha llevado hasta aquí. Recapitulemos: los homínidos antecesores al homo sapiens encontraron en su camino los «hongos mágicos» y otras muchas sustancias naturales de carácter psicoactivo, enteógeno o alucinógeno. Dichas «plantas sagradas o ancestrales» abrieron los portales mentales de conexión con otras entidades superiores e imperceptibles para el ojo humano. Aquello desembocó, naturalmente, en la aparición de las creencias animistas y totémicas, todas ellas entrelazadas con las prácticas del chamanismo, las cuales han emparentado a prácticamente todas las comunidades indígenas primitivas que han poblado cada rincón del planeta. Cultura, lenguaje, arte, música… todo parte de las prácticas chamánicas. No olvidemos que el arte, en su forma más primigenia, tenía el objetivo tanto de intentar plasmar y representar aquellas fuerzas sobrenaturales intuidas o percibidas, como de cumplir una función sagrada e invocatoria dentro de los rituales chamánicos. No es casual, por supuesto, que incontables dibujos en cuevas y cavernas, los cuales dieron origen al magnífico y ancestral arte rupestre, así como muchas de las más antiguas esculturas hechas en arcilla, estén plagados de figuras teriomórficas, esto es, seres mitológicos o totémicos, a medio camino entre animales y seres humanos, los cuales inundan las visiones que se obtienen a través del consumo de plantas madre. Y la música, también en su vertiente más rudimentaria, tuvo su origen en los golpes rítmicos y las percusiones acompasadas que acompañaban a tales rituales chamánicos. Arte y cultura, en sus acepciones más primitivas y depuradas, estaban sin duda emparentados directamente con los rituales chamánicos, los cuales, hasta el día de hoy, son una forma de rendir culto y tributo a la vida, a la muerte y al misterioso tránsito entre ambos estados. Es decir, a todo aquello que sigue constituyendo un misterio sagrado, un misterio a cuyo oscuro abismo es posible asomarse transitoriamente a través de la ingesta de las medicinas ancestrales. Las religiones posteriores no harían más que tomar el relevo de estos rituales sagrados. De modo que, tal como afirmábamos con anterioridad, el animismo-chamanismo desembocó en el surgimiento de las primeras religiones politeístas una vez las estructuras de las sociedades fueron volviéndose cada vez más complejas. De modo que podríamos atrevernos a aseverar, sin riesgo alguno de causar demasiado sonrojo en nuestros lectores, que las sustancias psicodélicas están detrás del nacimiento de la civilización humana tal como la conocemos. Tal como se preguntaba con agudeza la poetisa y experta helénica Mary Bernard en su texto «Dios en la maceta»: «¿Qué es más probable que sucediera antes: la idea de generación espontánea de una vida después de la muerte en la que el alma desencarnada, liberada de las restricciones del tiempo y del espacio, experimenta beatitud eterna, o el descubrimiento accidental de las plantas alucinógenas que proporcionan una sensación de euforia, trastornan el centro de conciencia y distorsionan el tiempo y el espacio haciendo que se dilaten y se creen visiones mucho más expandidas?».   

¿A alguien acaso puede extrañar que la aparición de la planta del cannabis en nuestro planeta se haya rastreado en la cordillera del Himalaya? Allí los primeros pobladores de lo que, milenios más tarde, serían India y Nepal, fundaron dos de las religiones más antiguas del planeta que han logrado sobrevivir hasta nuestros días: el budismo y el hinduismo, cuyos conceptos básicos acerca de reencarnaciones, ciclos de vida, unidad universal y eternos juegos de sombras y apariencias recuerdan al ideario de otras muchas religiones y sistemas filosóficos. ¿Casualidad quizá? ¿Y qué son acaso los mandalas budistas sino típicas visiones características obtenidas bajo el influjo de grandes ingestas de cannabis, psilocibina o DMT? De la cordillera del Himalaya, el cannabis (mejor conocido con el nombre sacro de «ganja», que a su vez brindaría el topónimo «Ganges» al río sagrado de los hinduistas) se expandió al resto del planeta gracias al comercio humano. Se han hallado restos de cannabis y opio en varios recintos del antiguo Egipto en los que los que los sacerdotes desarrollaban sus rituales e invocaban sus visiones proféticas. Por su parte el historiador Heródoto, en el siglo V a. C., describe un curioso episodio relacionado con el cannabis y las prácticas funerarias de los escitas: «…toman las semillas del cáñamo y acto seguido las arrojan sobre piedras candentes.[…] La semilla exhala un perfume y produce tanto vapor que ningún brasero griego podría superar semejante cantidad de humo. Entonces los escitas, encantados con el baño de vapor, prorrumpen en gritos de alegría». En cuanto al célebre oráculo del templo de Apolo ubicado en Delfos, dicen los escritos que la sibila o profetiza entraba en trance al inhalar un espeso vapor, tras lo cual emitía sus augurios, en muchas ocasiones totalmente incomprensibles. Nos han querido enseñar los historiadores que dicho vapor emergía de una supuesta abertura ubicada bajo el suelo del templo. Cuántas mentiras y cuántas ocultaciones malintencionadas nos ha brindado la Historia a lo largo de los siglos. Con toda razón decía Huston Smith: dadme 50 botánicos y en pocos años cambiaré la Historia para siempre. ¿Alguien puede realmente tener alguna duda de que lo que inhalaba aquella pitonisa era grandes dosis de vapor de cannabis o hachís en un recinto completamente cerrado?   

Extraordinariamente interesantes son las teorías en torno al célebre Soma, la sustancia sagrada alucinógena utilizada por el pueblo ario en el territorio de lo que hoy es la India y que sirvió de inspiración a los Vedas, los textos sacros predecesores de la religión hinduista escritos dos mil años antes de la era cristiana. Durante incontables decenios innumerables investigadores y antropólogos se han devanado los sesos por dilucidar cuál era aquella misteriosa y poderosa sustancia enteógena tantas veces mencionada en los textos védicos. El sociólogo y teólogo Philippe de Felice, en su libro «Venenos sagrados. Embriaguez divina», sugiere que probablemente se trataba de una seta. Y esta tesis está ampliamente sustentada por el investigador Gordon Wasson, quien algunas décadas más tarde, en la década de los sesenta (qué otra década si no) apuntaría al hongo «Amanita Muscaria»como la sustancia tras el enigmático nombre de «Soma» (teoría que ha contado con la aprobación de un amplio sector de la comunidad científica). Philippe de Felice sugiere que el Soma, en algún punto de la historia de los arios, fue desapareciendo de forma paulatina, probablemente debido a su sobreexplotación y al consumo desmesurado con el objetivo de alcanzar trances místicos. Por su parte, Wasson brinda la teoría de que la utilización del hongo sagrado decayó en el momento en que los arios emprendieron su migración a las tierras, mucho más áridas, de lo que hoy es Afganistán. En cualquier caso, lo realmente interesante es la tesis de Philippe de Felice que viene a continuación: insinúa el escritor que, tras extraviar al sagrado Soma, los herederos de los textos védicos, es decir, los hinduístas y budistas, se vieron de pronto sin la posibilidad de alcanzar aquellos arrebatos y estados místicos. ¿Qué podían hacer a continuación? Estaba claro: encontrar un sucedáneo a como diera lugar. A partir de ese momento surgirían y se perfeccionarían los rituales contemplativos, meditativos, la autohipnosis, el yoga, los ayunos, etc etc. De modo que la simple seta Amanita Muscaria, cuya icónica figura (sombrero rojo adornado de puntos blancos) ha sido representada miles de veces a lo largo del siglo XX, desde las primeras películas de Disney hasta los videojuegos de Mario Bros, estaría detrás del nacimiento del hinduismo y del budismo, precisamente dos corrientes religiosas y filosóficas que han hecho del estudio de la conciencia, de la unidad con el Todo y del mundo de las apariencias su razón de ser. Esta asombrosa teoría demostraría que, en lugar de fungir como sustitutos o «atajos» de los estados místicos, las plantas psicodélicas por el contrario representan el origen de un sinfín de rituales religiosos o actividades filosóficas que han intentado recuperar, o más bien suplantar, los estados alterados de conciencia que comúnmente se conocen como «viajes psicodélicos».   

Amanita Muscaria

Para confirmar su teoría, Philippe de Felice llama la atención sobre el hecho de que gran parte del vocabulario religioso, sobre todo en el judaísmo, el cristianismo y el Islam, está preñado de vocablos que hacen referencia a profundos estados de embriaguez. Muchas de las descripciones de los estados místicos o beatíficos experimentados por santos o simples creyentes parecen hacer mención a arrebatos producidos por la ingesta de alcohol o plantas psicoactivas, lo cual es una evidente herencia lingüística de aquellos lejanos tiempos en que dichos estados eran alcanzados por medio del consumo de sustancias enteógenas (entre las que el vino, en diversas sociedades como las célticas, griegas y romanas, también estaba incluido). En esto también concuerda el historiador Huston Smith en su libro «La Percepción Divina. El significado religioso de las sustancias enteógenas». Y además también pone el punto de atención sobre el hecho de que las plantas alucinógenas, para innumerables comunidades, no sólo han sido medios para entrar en contacto con las divinidades: son las divinidades mismas en unas de sus variadas personificaciones. El peyote para los huicholes, el Soma para los arios, Dioniso y Baco (la vid) para griegos y romanos… todas estas sustancias sagradas eran consideradas trasuntos de los propios dioses. Esto es algo que evidentemente heredaron (y desvirtuaron) los cristianos, al considerar que los fieles podían de alguna manera «ingerir» el cuerpo de Cristo a través de la Eucaristía. Y una pista que nos ayuda a entender todo esto es la propia palabra «enteógeno», ampliamente usada por la comunidad científica a partir de 1979, año en que este neologismo vio la luz de la mano de un puñado de helenistas, botánicos y un micólogo (Gordon Wasson). La palabra nace gracias a la combinación de dos vocablos griegos (entheos y genos), combinación que podría traducirse tanto como que «contiene a un Dios dentro» como «inspirado por los Dioses».   

Por otra parte, está ampliamente documentado que los aztecas, los mayas (quienes por cierto denominaban a los chamanes «abogados de los espíritus») y otras civilizaciones mesoamericanas hicieron uso habitual de los diversos tipos de psilocibina, peyote y mescalina, así como de la DMT presente en el sapo Bufo Alvarius. Tanto era el valor que conferían a estas sustancias sagradas que no dudaron en rendir culto a los hongos y a los sapos a través de incontables figuras escultóricas. No es tampoco casual, por supuesto, que una de las ideas que más se repite durante las prácticas chamánicas es aquella según la cual, a través del consumo de este tipo de sustancias, «se tiene a Dios dentro de uno». «Tú eres Dios» es una de las frases que más he oído repetir, de boca de diversos chamanes, durante mis experiencias con la ingesta de drogas psicodélicas. Y en realidad es un pensamiento bastante natural y lógico (además de iluminador) durante los más intensos trances psicodélicos, pues al derrumbarse las barreras de la individualidad y del ego, al diluirse la aparente y ficticia división que separa nuestro Yo de la Otredad, en fin, cuando cae ante nosotros el Velo de Maya, sentimos que somos parte del Todo y el Todo está en nosotros. 

  Y tampoco podemos olvidarnos de tantos filósofos griegos, en especial de Sócrates y Platón, quienes consumieron habitualmente cornezuelo de centeno, un particular hongo rojizo alucinógeno, el cual les brindó iluminadoras visiones y expandió sus conciencias mientras participaban en los ritos iniciáticos en un pequeño templo en Eleusis (hoy Elefsina). El cornezuelo de centeno, dicho sea de paso, es el principio activo detrás de la síntesis, 2.500 años más tarde, del LSD gracias al extraordinario trabajo de Albert Hofmann. Está de más, por supuesto, llamar la atención sobre el hecho, nada casual, de que el mito platónico de la caverna guarda estrecha relación con el concepto hinduista del «Velo de Maya», algo que tendremos oportunidad de abordar con mayor calma en el apartado de los diarios titulado «Sobre el mundo de las apariencias».    

Conforme fueron transcurriendo los siglos, el ser humano jamás dejó de lado el consumo de plantas psicodélicas como complemento indispensable de las prácticas religiosas o simplemente meditativas, incluso cuando ya nos estuviéramos adentrando en el posterior estadio del monoteísmo. ¿No son acaso los complicados y enrevesados juegos geométricos y florales, los cuales ornamentan las sinagogas y mezquitas de todo el planeta, visiones entresacadas de los más intensos viajes psicodélicos? Existe una teoría, bastante plausible según mi modo de ver, que afirma que la zarza ardiente (teórico trasunto de Yahvé) con la que Moisés se topó en su ascenso al Monte Sinaí era en realidad un arbusto de la familia de las acacias que, al entrar en combustión (y es bastante común que lo haga en el desierto), despide grandes dosis de DMT, sustancia que llevaría a Moisés a experimentar intensas alucinaciones. Por otra parte, incontables eruditos y estudiosos del Antiguo Testamento coinciden en que el texto bíblico está preñado de referencias directas a la marihuana, ya que cada vez que se hace mención de la «caña aromática», de la «caña olorosa» o del «cálamo aromático» (y son numerosas dichas menciones) debemos interpretarlo como «cannabis». ¿Y qué decir de las visiones que tuvo Jesús durante sus cuarenta días en el desierto? ¿Debemos tomarnos al pie de la letra su supuesto encuentro con Satanás, o más bien podríamos preguntarnos, un tanto socarronamente, qué clase de cactus alucinógeno habría podido estar consumiendo Jesucristo en aquel árido desierto? 

    Y es que durante muchísimos años siempre me pregunté, en tono de broma, qué clase de drogas exactamente habrían ingerido los patriarcas de las grandes religiones. Nunca pude sospechar cuán cerca de la verdad estaba a pesar de mis sacrílegas bufonadas. Tuve que empezar yo mismo a ingerirlas para entender el verdadero sentido de la pregunta. Y es que una vez iniciado este emocionante camino a través del consumo de drogas psicodélicas, ahora la misma pregunta continúo formulándola constantemente en mi mente, sólo que el tono jocoso ha mutado por uno mucho más serio: ¿cuáles sustancias psicoactivas engendraron exactamente cuál religión? ¿Habrá sido el peyote, el cannabis, el opio, la DMT…? Me parece que aún está por hacerse ese estudio pormenorizado que emparente a cada una de las religiones o creencias místicas del planeta con alguna sustancia alucinógena en particular. Se trataría de una empresa ingente, titánica, descomunal, que espero alguien tenga el valor, la energía y los conocimientos adecuados para algún día emprenderla. Creo yo que aclararía vastas zonas oscuras en el estudio del desarrollo de la Humanidad. Quien más se ha aproximado a este trabajo es la obra antes mencionada de Philppe de Felice, la cual, de manera harto sorprendente (y sospechosa) es extremadamente desconocida -sólo llegó a mis manos después de que yo mismo tuviera las mismas intuiciones tras mi primera ingesta de ayahuasca y de que Huxley apenas lo mencionara brevemente en su magna obra «La Filosofía Perenne»-. No suelo ser amante de las teorías conspiratorias, pero considero sumamente sospechoso que un libro no solamente tan interesante, sino sobre todo tan plagado de razón y lógica, sea hoy en día un libro prácticamente olvidado. No me cabe ninguna duda de que los grandes detentadores del poder global, esto es, los diversos gobiernos y las principales religiones dogmáticas del planeta, lo han hecho bastante bien para que todo lo que rodee a las drogas psicodélicas, incluyendo las diversas teorías históricas, teológicas, sociológicas y antropológicas inspiradas en ellas, siga hasta el día de hoy envuelto en la más densa densa bruma de ignorancia, confusión y desconocimiento.