La prohibición de las drogas psicodélicas

 El poder, ya sea el emanado de las instituciones gubernamentales o de las religiosas, siempre ha sentido temor de las drogas, en especial de las psicodélicas. Y ese temor está plenamente justificado, sin duda alguna.   

Han sido incontables los esfuerzos, a través de los siglos, por prohibir las drogas. Los conquistadores españoles, por ejemplo, proscribieron el uso de sustancias alucinógenas, en especial el peyote en México y la ayahuasca en la Amazonia. Las autoridades islámicas y chinas, así como muchas otras, han emprendido campañas similares. El motivo es evidente. No se trata simplemente de prohibir unas prácticas consideradas heréticas. Se trata, más bien, de censurar, so pena de terribles castigos, la ingesta de unas sustancias que ponen en entredicho un dogma religioso que poco o nada tiene que ver con la verdadera realidad sobrenatural y suprasensible que nos rodea.    

Si bien se han repetido los diversos intentos de prohibición de las drogas a través de los siglos, no fue sino hasta bien entrado el siglo XX cuando se intensificaron, de la mano del gran gendarme global, los Estados Unidos, los esfuerzos por ilegalizar el consumo de todo tipo de sustancias psicoactivas. La razón, una vez más, es evidente. Precisamente el hecho de que este tipo de sustancias abren la mente y generan un profundo estado de conciencia, lleva a que el consumidor de drogas psicodélicas cuestione todo lo que anteriormente había dado por sentado. Y algo que las autoridades que detentan el poder no pueden permitirse es gobernar sobre ciudadanos que «cuestionan cosas», entre ellas el orden establecido.   

Según la tesis de numerosos psiconautas, entre ellos Terence Mackenna (la «teoría del mono drogado»), el homo sapiens experimentó un gran salto en el desarrollo de su inteligencia y su conciencia gracias a la ingesta de sustancias enteógenas, especialmente la psilocibina presente en los «hongos mágicos». Estos componentes no sólo despertaron su «conciencia mística», dando origen a las primeras creencias (basadas en percepciones de primera mano) que luego desembocarían en el animismo, el totemismo, el chamanismo y demás religiones primitivas. También lograron un amplio desarrollo en la actividad cerebral y en la profundización de los niveles de conciencia (no es casual, por ejemplo, que muchos de los trabajadores en Silicon Valley ingieran habitualmente microdosis de LSD y psilocibina para aumentar su rendimiento y creatividad). Desde entonces el ser humano ha experimentado a través de su larga historia «grandes saltos» en sus niveles de conciencia, muchos de ellos propiciados por el consumo generalizado de sustancias enteógenas por parte de numerosos líderes sociales, quienes a su vez han tirado de los demás miembros de diversas comunidades y han hecho avanzar a la sociedad en su conjunto en la dirección correcta. Uno de aquellos «saltos de conciencia» fue, sin duda alguna, liderado en la antigua Grecia por un puñado de eminencias (Sócrates, Platón, Aristóteles, Sófocles, entre otros) quienes coincidieron entre los siglos IV y V antes de Cristo en los rituales de los «Misterios Eleusinos», unos rituales que giraban en torno a la ingesta del cornezuelo de centeno, un hongo alucinógeno que, por cierto, está en la base de la síntesis, milenios más tarde, del LSD (qué duda cabe de que el mito sobre la caverna platónica surgió a raíz de estos ritos iniciáticos y psicodélicos). La última vez que se experimentó uno de aquellos grandes saltos fue durante las décadas de los 60 y 70. Me estoy refiriendo en concreto al movimiento hippie en los Estados Unidos, un movimiento caracterizado por una apertura de mente, valiente y novedosa, la cual fue propiciada por el consumo grupal de LSD, hongos y cannabis en grandes cantidades. El movimiento hippie estadounidense, a pesar de su brevedad (una brevedad en la que tuvo mucho que ver la represión de las fuerzas gubernamentales), logró cambiar por completo a la sociedad occidental. Su célebre lema «Peace and Love», tantas veces ridiculizado de modo harto deplorable, fue el estandarte gracias al cual los hippies consiguieron renovar y sacudir a toda una sociedad apolillada, gris y borreguil. El olor a naftalina que pervivía no sólo en Estados Unidos, sino también en Europa o Latinoamérica, se esfumó en gran parte gracias a la alegría y a los mensajes de «amor y paz» que se expandieron como tentáculos por toda la geografía del planeta. Los beneficios y frutos del fenómeno hippie los seguimos disfrutando a día de hoy, a pesar del escasísimo agradecimiento que solemos profesar. Sería sumamente difícil entender el desarrollo en las últimas décadas de los movimientos pacifistas, feministas, antirracistas, antihomófobos, ecológicos, verdes, animalistas, veganos, y en fin, todo lo que tenga que ver con el respeto hacia todos los seres vivientes, así como la defensa de todas las libertades (incluida la sexual, por supuesto) y la lucha por los derechos civiles, sin tomar en cuenta al movimiento hippie y la apertura mental propiciada por unas drogas, muchas de ellas psicodélicas, que se consumieron de modo grupal y a gran escala.

    Pero todo aquello, por supuesto, el gobierno no lo podía permitir. Un amplio sector poblacional, cada vez más creciente, que cuestione el modo de vida occidental (un modo de vida basado en el capitalismo, en el consumismo, en el individualismo, en el hedonismo, en la carrera armamentística, en la destrucción medioambiental, en la desigualdad, en la brutalidad policial, en la opresión, en el odio, en el racismo, en la intolerancia, en el patriarcado, en el conservadurismo moral, en un Dios represor…), constituye una seria amenaza para quienes siempre han detentado el poder y no planean jamás renunciar a él. Se hacía por tanto necesaria la prohibición del enemigo número uno de la sociedad. Comenzaba la guerra contra las drogas, un combate iniciado por Richard Nixon, intensificado por Ronald Reagan, y que no sólo ha sembrado de miles y miles de muertos cualquier rincón del planeta, no sólo ha llenado las cárceles de todo el mundo de presos por simplemente estar en posesión de unos gramos de estas «sustancias diabólicas», sino que además ha demostrado ser completamente inútil e ineficaz. Pensémoslo por un momento: ¿acaso la legalización de todo tipo de drogas dejaría tras de sí el inmenso reguero de muertos, la mayoría de ellos inocentes, que esta inútil guerra contra los estupefacientes deja cada año en todo el planeta? Ni por asomo. Sería suficiente con que los gobiernos invirtiesen en educación, prevención y rehabilitación una mínima fracción del presupuesto que destinan anualmente a esta insensata guerra, para que por arte de magia, y supervisando a continuación el mercado legal de estupefacientes, este absurdo derramamiento de sangre se detuviera prácticamente al instante. Pero está claro que los grandes poderes económicos, muchos de ellos en perfecta complicidad con los poderosos carteles de la droga, así como las anquilosadas autoridades religiosas, están muy lejos de dar aquel paso lógico e incluso piadoso y altruista.   

Fue Richard Nixon, como decíamos, quien inició esta absurda guerra. Había que frenar a como diera lugar un creciente movimiento pacifista y contestatario que ponía en tela de juicio el sentido de la guerra de Vietnam. Y la mejor manera de hacerlo era criminalizando a los hippies. Es por ello que se demonizó el consumo del cannabis, mientras el LSD pasó a ser una sustancia completamente prohibida y satanizada, todo ello aunado a una campaña propagandística a nivel global en la que el hippie pasó a ser poco menos que un apestado social. También era necesario reprimir a la comunidad afroamericana, otra constante fuente de protesta y de cuestionamiento al status quo. Reproduzco a continuación el sincero testimonio ofrecido por John Ehrlichman, uno de los asesores más importantes de Richard Nixon: «La campaña de Nixon en 1968, y la administración de Nixon después de eso, tenía dos enemigos: la izquierda que estaba contra la guerra y los negros. Sabíamos que no podíamos hacer ilegal el estar contra la guerra o lo negros, pero al lograr que el público asociara a los hippies con la marihuana y a los negros con la heroína, y luego criminalizar ambas cosas con fuerza, podríamos separar esas comunidades. Podríamos arrestar a sus líderes, hacer redadas en sus hogares, desmantelar sus reuniones, y antagonizarlos noche tras noche en las noticias. ¿Que si sabíamos que estábamos mintiendo sobre las drogas? Claro que sí».    

Desde entonces esta estéril y contraproducente guerra no ha hecho más que arreciar, sin que casi nadie haga oír su voz y se oponga a esta locura iniciada por el gendarme global (precisamente tendría que retornar con fuerza el movimiento hippie para denunciar esta profundísima estupidez). En cualquier caso, el gobierno de Estados Unidos ha proseguido incansable en la estrategia de prohibición de todo tipo de drogas (curiosamente, el alcohol, la droga más letal y adictiva de cuantas hay en el mercado junto con los opiáceos, no ha sufrido discriminación alguna desde los ya lejanos tiempos de la «ley seca»). Y donde más ha centrado sus esfuerzos es precisamente en las drogas psicodélicas, aquellas a las que, comprensiblemente, le tiene más miedo. Existen cinco clasificaciones de drogas según su supuesta peligrosidad (https://es.wikipedia.org/wiki/Ley_de_Sustancias_Controladas_(Estados_Unidos). La clasificación número 1 contiene aquellas drogas altamente peligrosas cuya mera posesión conlleva el encarcelamiento inmediato. En esta muy selecta lista, en la que también están presentes la cocaína y la heroína, encontramos: DMT, ibogaína, psilocibina, Bufotenina, LSD, peyote, mezcalina, STP… En otras palabras, la gran mayoría de las drogas que tienen el dudoso honor de estar presentes en esta lista, son precisamente sustancias alucinógenas o psicodélicas. ¿Podéis creerlo? Inaudito. Definitivamente el gobierno estadounidense no desea que sus ciudadanos puedan «abrir sus mentes». Y como siempre suele ocurrir, todo lo nefasto procedente del imperio norteamericano termina exportándose y siendo acogido de la manera más estúpida, conformista y acrítica por los habitantes del resto del planeta.   

¿Se estará dando ahora mismo otro gran «salto de conciencia» universal propiciado, en parte, por la ingesta de sustancias enteógenas por parte de innumerables seres humanos, en diversos rincones del planeta, que a su vez se erigen en portavoces y líderes comunitarios para expandir su influencia global del mismo modo que lo hicieron en su momento los hippies? Pocos tienen dudas de que hoy en día se está generando un nuevo boom de las drogas psicodélicas que no hace más que crecer. El movimiento ecologista global, el cual, a cuenta de la destrucción planetaria y del cambio climático, ha ganado bastante peso en los últimos años, podría ser una buena prueba de ello. Sin embargo, albergo serias dudas sobre la posibilidad no ya de revertir el desastre, sino de simplemente poder aminorar ligeramente los efectos catastróficos que ya percibimos por doquier. Y además, siempre se puede contar con la continuada y esforzada represión de los gobiernos, a quienes no les gusta escuchar a hippies, «abraza-árboles» y toda suerte de «drogadictos» recordándoles a cada momento que nos están llevando directamente al abismo a causa de su avaricia y ambición desmedidas. No obstante, lo peor que se puede hacer es mantenerse de brazos cruzados. Ellos cuentan con eso.