Sobre el mundo de las apariencias

Continuando con nuestra tesis expuesta según la cual la «conciencia mística» se desarrolló a partir del momento en que los primeros homínidos comenzaron a ingerir, de forma sistemática y mucho más tarde de modo ritualista y ceremonial, sustancias enteógenas presentes en la Naturaleza, no resulta atrevido conjeturar que una de las primeras sospechas que surgieron, además de aquella que apuntaba a la existencia de seres espirituales (algo que desembocó posteriormente en el animismo), fue la de que quizá la «realidad» que nos circundaba no fuera tan «real» como se podría imaginar en un principio. Es por ello que la idea de que vivimos inmersos en un «mundo de apariencias» sea algo tan común a tantas religiones y sistemas filosóficos con independencia de su ubicación geográfica (no olvidemos que las «plantas ancestrales», las cuales todas ellas transmiten una información bastante habitual, regular y compartida, están presentes en prácticamente todas las latitudes del planeta). Bien es cierto, y ya lo hemos repetido, que a esta «información privilegiada» es posible acceder a través de otros medios más sublimados y refinados (o no tanto), tales como la meditación, la contemplación, el ayuno, la mortificación e incluso por medio del arte en sus más distintas manifestaciones. Sin embargo, no tengo dudas de que los primeros antecesores del homo sapiens hicieron uso de unas sustancias psicodélicas que podríamos catalogar como un atajo, o más bien un cañonazo que te transporta a parajes y dimensiones nunca antes entrevistos ni tan siquiera imaginados.
 
  El concepto del mundo de las apariencias es algo que definitivamente ha emparentado a muchas culturas y religiones a través de los tiempos. Pocas dudas existen de que el mito de la caverna platónica y el ideario del «Velo de Maya» hinduista guardan enormes similitudes entre sí. Se podría alegar, por supuesto, que Platón, Sócrates y otros filósofos griegos fueron influenciados por la milenaria cultura hinduista. Y puede que sea cierto. No obstante, aquello no tendría que contradecir el hecho de que se pudiera haber llegado a conclusiones similares no sólo a través de la reflexión contemplativa, sino también, y sobre todo, a través de la ingesta de drogas psicodélicas y diversas sustancias psicoactivas (no olvidemos que la cordillera del Himalaya, cuna del cannabis, está repleta de sustancias con propiedades enteógenas, entre ellas la seta Amanita Muscaria, la cual se cree está detrás del mítico «Soma» que inspiraría los textos védicos; por otro lado, es conocido que Sócrates y Platón, al igual que muchos otros filósofos de la antigua Grecia, consumieron el hongo alucinógeno cornezuelo de centeno -base del LSD- como parte de los ritos iniciáticos de «los misterios de Eleusis»).  

Platón

Tales reflexiones (o más bien percepciones) traspasarían las fronteras y perdurarían a través de los siglos hasta nuestros días. En el siglo XVIII Enmanuel Kant elaboraría (haciendo tan sólo uso de su capacidad reflexiva y contemplativa) un sistema filosófico no demasiado alejado del mito platónico, en el que las sombras de la caverna serían sustituidas por «el mundo de los fenómenos», y el universo superior de las ideas por la «cosa en sí», algo incognoscible e inalcanzable para la percepción humana. Más tarde Schopenhauer, filósofo notablemente influenciado por las doctrinas budistas, alteraría a su vez la concepción kantiana y sustituiría el «mundo de los fenómenos» por el «mundo de la representación» y la «cosa en sí» por la «voluntad». Esto último sería, según él, la verdad última, la realidad última, aquello que misteriosamente guía el destino de cada ser viviente en el Universo y cuya debida percepción y cognición son también inalcanzables para cualquier conciencia humana.

Arthur Schopenhauer

Arthur Schopenhauer

  Hemos visto, pues, cómo a grandes rasgos la idea de que vivimos inmersos en un mundo que no es más que una ilusión ha pervivido a través de los siglos, desde las primeras ceremonias chamánicas hasta el desarrollo en nuestros días de la teoría de cuerdas, la materia oscura y el mundo multidimensional (incluso se han hecho numerosas versiones cinematográficas basadas en tal premisa, siendo «Matrix» una de las más populares).
 
Ahora bien, continuando con la idea de que esta sospecha, hipótesis o incluso rotunda certeza apareció en la mente de los primeros hombres a raíz de la ingesta de drogas psicodélicas (así como a la posterior reflexión contemplativa y filosófica), debemos formularnos la siguiente pregunta lógica: ¿qué es exactamente aquello que se percibe durante estos trances (no solamente «psicodélicos» sino también religiosos o espirituales) que puede llevarnos a pensar que el mundo que nos rodea no es tan «real» como parece? Es una respuesta que podríamos resumirla en un concepto bastante concreto: la unicidad del Universo. La idea de que nuestra conciencia está unida e interconectada a una conciencia universal (identificada por muchos creyentes con el nombre de «Dios»). Aquello es uno de los aspectos fundamentales y más característicos de la experiencia psicodélica, y que ha dado pie a miles y miles de páginas de escritura religiosa y filosófica a través de milenios. Prácticamente no existe ningún credo religioso que no hable a su manera de la unidad del individuo con una deidad superior, unidad y fundición que sólo se pueden experimentar, según estos mismos credos, a través del progresivo empequeñecimiento de nuestra individualidad, así como por medio de la búsqueda de la humildad y del dominio de nuestros anhelos y deseos terrenales. En otras palabras, a través de la eliminación de nuestro ego, lo cual es precisamente la experiencia más característica de los trances psicodélicos: la disolución de nuestra individualidad (e incluso, en los viajes más intensos a través de la DMT y del Bufo Alvarius, de nuestra corporeidad). Sólo a través de dicha disolución transitoria es posible percibir que nuestra conciencia individual es apenas una minúscula fracción en un inmenso océano de conciencia universal que emparenta a cada ser viviente del infinito Cosmos (de ello han hablado profusamente tanto el budismo como el taoísmo). Y, cuando se regresa de uno de estos viajes psicodélicos, muchas veces se obtiene la sensación (yo la he experimentado en numerosas ocasiones) de que la «realidad» cotidiana a la que hemos retornado es mucho menos real, mucho más ilusoria, que aquellos mundos en los que hasta hace unos minutos no sólo hemos navegado, sino en los que sobre todo nos hemos logrado desvanecer. Es precisamente este abrupto retorno a nuestra individualidad, a esta «ilusoria» individualidad, lo que nos brinda la sensación de irrealidad a nuestro alrededor una vez hemos desembarcado del intenso viaje. Y continuando con los dogmas, credos o sistemas filosóficos surgidos a partir de estas percepciones o intuiciones, debemos llamar la atención acerca de los numerosos escritos históricos, ya sean de carácter religioso o especulativo, muchos de ellos sin relación aparente entre sí, que han hablado sobre la desdicha, la maldición o la «caída» que supuso para el hombre descubrir (erróneamente, claro está) que su ser se había desgajado de la divina Base (por utilizar el concepto filosófico utilizado por Aldous Huxley para hermanar a las diversas religiones del planeta). Sólo volviendo a cobrar conciencia de la unicidad en el Todo, es decir, domeñando la individualidad y nuestro ego, fuente de dolor, pesar y de todos los impulsos e instintos negativos, puede el ser humano encontrar de nuevo la paz y la satisfacción en el reencuentro con el Absoluto.
   

Al comienzo de estos diarios habíamos hablado del gran misterio que suponía la «conciencia», un misterio que a pesar de los grandes avances logrados por la ciencia en los últimos tiempos permanece sin ser desvelado hasta el día de hoy. ¿Qué es la conciencia? ¿Dónde se aloja? ¿Cómo funciona exactamente ? Numerosos científicos y neurobiólogos hablan de ella como el «gran problema sin resolver». Pues bien, la comunidad científica, tras varios siglos de pura obnubilación materialista, ha tenido que admitir que muy poco sabe acerca del mecanismo, funcionamiento y origen de la conciencia (y no estamos hablando únicamente de la conciencia humana, evidentemente). Incluso, en los últimos tiempos, algunos científicos han comenzado a introducir el concepto de «conciencia cuántica» o «alma cuántica», esto es, un tipo de conciencia conformada por ciertos tipos de energía cuya ubicación y mecanismos son imposible de rastrear utilizando métodos empíricos. Hoy en día, parte de la comunidad científica, dando muestras finalmente de cierta humildad al reconocer sus limitaciones, está intentando conciliar las certezas investigativas hasta ahora acumuladas con ciertas dosis de sano y provechoso «misticismo». De modo que lo que finalmente están sugiriendo algunos científicos es, en resumidas cuentas, lo mismo que el chamanismo viene afirmando desde hace milenios de diversas maneras; a saber, que la conciencia individual no está alojada en el interior de nuestro cerebro (no sabemos dónde narices está ubicada), sino que de alguna manera podría ser una especie de ente ectoplasmático que tanto pudiera revolotear por nuestro interior como por fuera de él. En otras palabras, la conciencia individual (otros individuos más fervorosos prefieren hablar de «alma» o «espíritu») podría no estar sujeta a nuestro cuerpo físico (de ahí la inmensa cantidad de testimonios que hablan de «viajes astrales», sobre todo en relación con experiencias cercanas a la muerte en las que la conciencia abandona temporalmente el cuerpo para «observarse a sí misma»), sino que formaría parte de una conciencia universal a la que retornaría una vez haya dejado atrás su recipiente físico. E incluso a lo largo de nuestra experiencia terrenal, nuestra conciencia individual seguiría formando en todo momento parte de esa conciencia universal (de ahí la sensación de malestar, desdicha, maldición o «caída» que supone la errónea percepción de esa división ilusoria).    

El estado de «iluminación» según el budismo no sería más que la comprensión de esa completa correspondencia, coincidencia o identificación entre el ser y el Todo al que pertenece. Tal como dejó escrito el místico Maestro Eckhart hace siete siglos: «¿Cuándo está el hombre en mero entendimiento? Cuando el hombre ve una cosa aparte de otra. ¿Y cuándo está el hombre por encima del mero entendimiento? Voy a decíroslo: Cuando el hombre ve Todo en todos, entonces está el hombre más allá del mero entendimiento». Un pensamiento bastante ilustrativo y ejemplificador es aquél según el cual «no somos una gota en el océano, sino más bien somos el océano en una gota». Incontables credos y religiones han intentado enseñar a los hombres el modo en que han de aprender a vislumbrar esta coincidencia a través de la disolución del Yo. Y lo que precisamente han permitido las drogas psicodélicas desde los albores de la civilización humana ha sido vislumbrar por la «vía rápida» la ilusión de esa separación. Una vez percibida esta «verdadera realidad», lo que queda es la clara comprensión de que no sólo el amor, sino también (y sobre todo) la compasión, son los elementos cruciales que han de acompañarnos día a día a lo largo de este camino plagado de dificultades que supone nuestro efímero tránsito por la Tierra. No en balde el concepto de «compasión» (y no sólo compasión ante los demás, sino también ante uno mismo… al fin y al cabo «todos somos uno»), es algo que ineluctablemente ha hermanado a prácticamente todas las religiones, credos y sistemas filosóficos del planeta.  

Ahora bien, supongo que llegados hasta este punto muchos se preguntarán: ¿qué es exactamente aquello que se observa o percibe a lo largo de estos trances psicodélicos que pueda llevar a suponer que nuestro ilusorio Yo forma parte de una unidad con el Todo? Se trata de una pregunta de muy difícil respuesta, por no decir imposible de contestar. Tal como muchos textos sagrados y místicos se han encargado de manifestar a través de los siglos, la unidad con el Todo se puede experimentar, mas no transmitir por medio de unos vocablos que no son capaces de expresar lo inefable. El maestro Shankara, en el siglo nueve de nuestra era, dejó escrito para sus discípulos: «La liberación no se alcanza repitiendo la palabra Brahm, sino experimentando directamente el Brahm…». Es por ello que resulta una empresa harto complicada trasladar la experiencia de la unicidad al lenguaje articulado, pues se trata de algo que cada quien ha de intentar experimentar por sí mismo. No en balde la inmensa mayoría de los textos sagrados, sobre todo aquellos pertenecientes al budismo, el taoísmo, el sufismo, la cábala y las corrientes místicas cristianas, han utilizado a espuertas los elementos paradójicos y el lenguaje parabólico para intentar transmitir algo que de por sí es intransmisible. Y es que, tal como también enseña el budismo, «la verdad, realmente, no fue nunca predicada por el Buda, pues cada uno debe descubrirla en sí mismo». El propio Buda intentó predicar acerca del modo de alcanzar la iluminación, el Nirvana, pero casi nada dejó dicho acerca de los universos a los cuales es posible acceder a través de este bienaventurado estado. ¿Qué se vivencia, qué se experimenta exactamente? Sin duda el más puro y sagrado Misterio. Y el Misterio, por definición, carece de explicación alguna. Se trata de un Misterio cuyo simple contacto expande nuestras conciencias y nos obliga a mirar, a partir de ese momento, todo a nuestro alrededor con otros ojos, ya que ahora esos ojos encuentran ese mismo Misterio en cada elemento, en cada ser viviente, en cada estrella, en cada árbol, en cada hoja, en cada grano de arena y, sobre todo, en nosotros mismos.   

Baste mencionar que algo que suele experimentarse en los momentos más álgidos y extremos de dichos trances, ya sea a través de la ingesta del peyote, el opio, la ayahuasca, la DMT o el Bufo Alvarius, es la fundición de nuestro ser en medio de una luz cegadora y vivificadora. En el budismo mahayánico esta luz intensa que puede ser descrita como el puro Uno (o si se prefiere el Tao, el Logos, Brahma… etc) recibe el nombre de «Clara Luz del Vacío». Bien es cierto que antes de alcanzar esta luz, sobre todo en los viajes psicodélicos con DMT, ayahuasca o peyote, la mente transita a través de inimaginables y brillantísimos caleidoscopios en constante transformación y poblados por infinitas imágenes arquetípicas. Pero incluso así, aun cuando no se haya alcanzado por los momentos dicha Clara Luz del Vacío a lo largo del trance, se percibe en todo momento que aquel espacio abigarrado y en perenne movimiento se halla habitado por entidades semiocultas, las cuales no sólo de alguna manera te brindan la bienvenida con un lenguaje secreto y hasta ese momento desconocido, sino que además te hacen sentir que es allí donde de alguna manera siempre has pertenecido. También habría que señalar la percepción, bastante usual, de una ininterrumpida vibración universal que todo lo envuelve y abarca. No es casual, por supuesto, que los científicos hayan descubierto que el universo infinito está conformado por pura vibración, y que es precisamente la medición de estas vibraciones uno de los métodos idóneos para intentar detectar vida extraplanetaria. Y continuando con la vertiente científica, hay que mencionar, dicho sea de paso, que gran parte de la comunidad científica sostiene que el Universo está conformado por fractales. Dicho modelo fractal del cosmos vendría validado por las primeras impresiones que cualquier psiconauta percibe con las primeras inhalaciones de DMT o Bufo (dos de las drogas psicodélicas más potentes y de más rápido efecto del planeta), en las que, al tiempo que el Velo de Maya va cayendo en pocos segundos ante nuestros pasmados ojos, vemos entre extasiados y despavoridos, justo antes de que aquel potentísimo cañón nos dispare muy lejos de allí, cómo a un mismo tiempo nuestro Yo se disuelve mientras la realidad ante nosotros se fragmenta asombrosamente en cientos de fractales. Dicha geometría fractal también es posible apreciarla, con mucha más serenidad, a lo largo de las prolongadas ceremonias de ayahuasca y peyote, en las que innumerables objetos a nuestro alrededor, e incluso el cielo sobre nuestras cabezas, parecen descomponerse en innumerables y perfectas figuras geométricas. Por otro lado, parte de la interpretación que podría darse a este vibrante, cinético y cautivador espectáculo de fuegos de artificio, es la de que precisamente el «viajero» debe percatarse de que tiene ante sí un escenario hipnótico que de alguna manera debe «traspasar» con el objeto de finalmente acceder y fundirse con la «verdad». Una verdad estable, eterna y luminosa que permanece aguardando tras el caótico mundo de las apariencias cambiantes.   

Para terminar, y antes de cerrar este capítulo dedicado al ilusorio espectáculo de las sombras chinescas, quisiera dedicar unas últimas reflexiones precisamente a ese «mundo de las apariencias» en el que estamos plenamente sumergidos como nunca antes en la historia de la civilización humana. Nunca antes una proporción tan grande de seres humanos había estado de tal modo hipnotizada, abducida y esclavizada por la superficialidad que emana de dicho ilusorio mundo de las apariencias. Miles de millones de homo sapiens hoy en día pasan sus vidas enteras, desde que se despiertan hasta el momento de acostarse, absortos ante una pantalla digital en la que se suceden cientos de imágenes inanes y baladíes que ocupan toda nuestra escasa e inconstante atención. Hemos creado unas especies de avatares fraudulentos que navegan constantemente a través de las redes sociales y que lo único que logran transmitir es pura falsedad, pura mentira, pura patraña, pura nimiedad. Nunca antes habíamos vivido tan preocupados por las «apariencias». Nuestros egos absurda e injustificadamente hipertrofiados parecen estar sólo interesados en acaparar la atención de los demás a través de miles de estúpidas insignificancias que, con suerte, lograrán despertar cierta envidia o celos en nuestros conocidos. Apagamos (con suerte) nuestros móviles y entonces nos dedicamos a comprar en centros comerciales decenas de artículos que no nos hacen falta, ni tan siquiera nos satisfacen, y que lo único que logran es estimular nuestra insaciable vanidad. No conformes con vivir inmersos en un mundo dominado por el hedonismo, el consumismo y la superficialidad, dedicamos nuestro escaso tiempo libre a seguir atiborrándonos con más «linternas mágicas», con más «juegos de sombras en la caverna», esta vez en forma de videojuegos, películas, programas de concursos, «reality shows» (¿acaso hay algo más falso que esta supuesta «realidad»?) y series de televisión a raudales. Nuestros ojos permanecen absortos incontables horas al día ante una pantalla plana de cualquier tamaño en la que se reproducen hipnóticas imágenes virtuales en movimiento. Nunca antes habíamos vivido vidas tan artificiales. Nunca antes el ser humano había vivido tan desconectado de todo. Desconectado del mundo, de la realidad, de la naturaleza, de los animales, del ecosistema, de la Tierra, de sus congéneres, y principalmente de sí mismo. Miles de millones de seres humanos se encuentran enfermos hoy en día. Y lo presienten. Las ciudades se han transformado en grises, atiborradas y contaminadas cárceles donde se hacinan incontables seres desconectados, solitarios, alienados y sufrientes. Hemos equivocado por completo el rumbo. La incansable búsqueda del oropel no sólo nos ha cegado: nos ha hecho enfermar. No es casual, por supuesto, que los índices de depresión, enfermedades mentales e ingesta de antidepresivos se hayan disparado en todos los países del Primer Mundo (y los habitantes del Tercer Mundo venderían su alma por llegar a ser tan infelices como nosotros). 

   Vivimos, creo que es difícil rebatirlo, en una sociedad enferma. En una sociedad que enfermó a causa de haberse dejado seducir por el mundo de las apariencias. Y donde sólo hay apariencias, hay desconexión, división, fragmentación, insatisfacción. Nunca el hombre se había sentido tan sólo, tan abandonado en su minúscula colmena. Contamos con cientos, miles de amigos imaginarios en las redes y contadísimos amigos reales. Ni siquiera somos capaces de presentarnos ante los demás brindando nuestra imagen real, de modo que nos escudamos tras nuestros pulcros, correctos y falsos avatares. Y es que como solía decir Krishnamurti, no es sano estar perfectamente adaptado a una sociedad enferma. Y aún peor: no conformes con haber enfermado en un mundo humano insano, gracias a nuestra codicia, nuestra inconsciencia y nuestra ignorancia hemos hecho enfermar al planeta que generosamente nos ha acogido. No sólo hemos desconectado de Pachamama. La hemos hecho enfermar. Gaia está gravemente enferma. La humanidad, sin lugar a dudas, se encuentra en un momento crítico. En una gran encrucijada vital. Millones de personas que aún no han desconectado por completo de Gaia-Pachamama han sentido la necesidad de «reconectar». Hay un llamado de auxilio colectivo y universal que muchos hemos escuchado. Incontables habitantes de este hermoso planeta han sentido el llamado de las plantas ancestrales con el objetivo de ayudarse a sí mismos. Y ayudándose a sí mismos, pueden comenzar a ayudar a los demás a su alrededor. Y sobre todo a este planeta que ha enfermado por nuestra culpa. El boom global de las drogas psicodélicas, un fenómeno estrechamente ligado al surgimiento de importantes movimientos verdes y ecologistas a nivel planetario, no es más que un síntoma de que la conciencia universal a la que estamos ligados no se ha difuminado por completo. A pesar de todos los estragos ya cometidos y aún por cometer, quizá todavía no sea demasiado tarde para enmendar el rumbo. Las plantas nos quieren decir algo. Quieren que las escuchemos. Necesitan que las escuchemos. Escuchándolas, podemos escucharnos a nosotros mismos. Las comunidades indígenas ancestrales jamás han dejado de prestar atención a su mensaje a lo largo de milenios. Nuestro deber es al menos prestar un mínimo de atención.