Sobre el Bien y el Mal

  La existencia del bien y el mal es, junto a la hipótesis de una vida ultraterrena, uno de los temas fundamentales en todas las religiones y creencias. Numerosos códigos morales y éticos de muy diversas índoles se han elaborado a lo largo de milenios, basados todos ellos en las ideas que incontables comunidades y civilizaciones han tenido acerca de conceptos tan difíciles de definir como lo son el «bien» y el «mal». En los últimos tiempos, sobre todo a causa del materialismo científico y del supuesto racionalismo heredado desde los ya lejanos tiempos de la Ilustración, cierto relativismo moral se ha instalado a la hora de abordar tan espinoso asunto. Según esta visión relativista, uno de cuyos máximos exponentes fue Nietzsche entre un sinfín de nihilistas, agnósticos y ateos, nada se puede decir a ciencia cierta acerca de estos conceptos que, para empezar, no son en ningún caso absolutos (en teoría son simples entelequias abstractas surgidas de las mentes imaginativas de los humanos creyentes, al igual que los diversos Dioses que éstos adoran). Siguiendo el mismo derrotero, tampoco son valores que podrían ser considerados universales (no ha habido completa unanimidad entre las diversas creencias o sociedades a la hora de determinar qué está bien y qué está mal hacer). En pocas palabras, según esta visión escéptica y racionalista no existen el bien y el mal en estado puro y objetivo en el universo, o lo que es lo mismo, no existen más allá de nuestras conciencias humanas.
   
  Esto, ya todos lo sabemos, no siempre fue así. El platonismo, filosofía que está en honrosa deuda con el hinduismo y el budismo, por ejemplo argumenta que los valores absolutos (tales como el bien, la belleza, la bondad, etc.) existen en esferas inmateriales en mundos regidos por las ideas en estado puro. Mucho antes del surgimiento de esta filosofía idealista, incontables creencias y religiones han rendido culto, a través de la larga historia de la Humanidad, a diferentes deidades que han personificado al bien y al mal como entidades puras y no como simples abstracciones mentales. Y así ha sido hasta nuestros días. Sin ir más lejos, tanto el Islam como el cristianismo han identificado a un Dios único y creador del mundo material con la bondad, el amor y el bien supremos, mientras que la maldad estaría personificada por figuras como Satanás, Shaitán o Iblís.
  
  Ahora bien, ¿existen en realidad el bien y el mal como entidades objetivas en el universo e independientes de unas mentes que estén capacitadas para hacerse esta pregunta? No me atrevería yo a emitir una respuesta con rotundidad. En más de una ocasión he recordado que la intención de estos apuntes es la de brindar unas reflexiones particulares o una serie de hipótesis (basadas en primer lugar en las experiencias psicodélicas, y en segundo a través de las meditaciones, estudios y lecturas derivadas de dichas experiencias), las cuales en ningún caso pretenden autoproclamarse como verdades objetivas sobre unos temas sobre los que difícilmente puede haber consenso, unanimidad ni completa certeza. Dudemos en todo momento de cualquier teoría religiosa, metafísica o esotérica que pretenda explicar o describir con perfecto detalle cuanto acontece a partir del momento en que la vida abandona nuestro cuerpo físico (en caso de que efectivamente acontezca algo, claro). Lo que pueda haber allí afuera, a nuestro alrededor o por encima de nuestras cabezas, eternamente imperceptible a nuestros limitados sentidos sensoriales, está sumergido bajo el tupido velo del más profundo y sagrado misterio. Tan sólo somos capaces, precisamente como en el mito de la caverna platónica, de intuir cierta «verdad» tras las pocas e imprecisas sombras que seamos capaces de percibir.
 
  Una vez aclarado de nuevo este asunto, debo cobrar valor y atreverme a brindar mi respuesta: Sí, creo que el bien y el mal existen en estados puros, objetivos e independientes. Son fuerzas duales, energías de enorme potencia presentes en el infinito cosmos que rigen e influencian a todos los seres (no únicamente los humanos, de más está decir), orgánicos e inorgánicos, que pueblan el Universo así como sus posibles dimensiones alternas. Dichas fuerzas son perfectamente perceptibles e identificables a través de la ingesta de sustancias enteógenas, tales como la ayahuasca, el peyote, el yopo y la DMT. También lo fueron para los primeros seres humanos cuya conciencia mística fue despertada precisamente gracias al encuentro, primero casual, luego ritualizado, con infinidad de hongos y «plantas madre» (véase el capítulo dedicado al «Nacimiento de las religiones«). Es por ello que, una vez superada la fase inicial del animismo, del chamanismo y del tomemismo (una superación que no necesariamente fue beneficiosa o «correcta»), todas las creencias y religiones estuvieron basadas en la adoración de un amplio panteón politeísta (hasta que Moisés, discípulo del faraón Akenatón, sorprendiera a todos sacándose de la manga una religión monoteísta que contravenía, y lo sigue haciendo, no sólo las percepciones y las intuiciones más elementales, sino también el más simple sentido común). Los antiguos, por tanto, quisieron personificar y representar, atribuyendo a sus múltiples deidades cualidades antropomórficas, aquellas fuerzas eternamente contrapuestas cuya presencia de alguna forma percibían. A estos distintos dioses, personificaciones de fuerzas absolutas y elementales (tales como el coraje, el arrojo, el amor, la fertilidad, la bondad, la sabiduría, la maldad e incluso la crueldad), rindieron culto los antiguos con la esperanza de que sus súplicas fueran escuchadas. Con tal fin, la inmensa mayoría de comunidades de creyentes (entre ellas también el judaísmo, el Islam y el cristianismo) ofrecieron (y algunas continúan haciéndolo) víctimas sacrificiales, humanas o animales, al altar de estas deidades, fuerzas o espíritus cuya sed de sangre (otra intuición posiblemente correcta) parece ser insaciable. En un mundo en el que la maldad, la disputa eterna, las bajas pasiones, la crueldad y la ley del más fuerte han regido y lo seguirán haciendo hasta el final de los tiempos, era impensable concebir que aquel universo atroz, o al menos injusto y arbitrario, pudiera estar bajo la tutela de un Dios único, bondadoso y compasivo. Aquello simplemente carecía de todo sentido (y no lo tiene, obviamente). Se comprenderá, por tanto, la perplejidad y la incomprensión inicial de aquellos ciudadanos de las civilizaciones «paganas» al entrar en contacto con los primeros cristianos, unos individuos enfervorizados y a un mismo tiempo fanatizados que proclamaban a los cuatro vientos la presunta y amorosa bondad de un único Dios creador de todo lo visible. ¿Pero cómo era posible que ante la simple visión de un mundo regido por la miseria, el dolor, la crueldad y la injusticia alguien pudiera atreverse a asegurar que todo aquello había sido creado por un Dios bondadoso y todopoderoso? Era una pregunta bastante lógica y razonable que muchos se han hecho desde aquellos lejanos tiempos y hasta nuestros días, entre ellos Spinoza, Schopenhauer, Dostoivesky y el propio Nietzsche. Los teólogos cristianos, expertos en intrincados malabarismos argumentales y retóricos, se sacaron otro as de la manga: decidieron que la maldad era supuestamente producto del libre albedrío que Dios, en su inmensa sabiduría, había otorgado gentilmente a los humanos, un argumento cuya absurdidad y falta de lógica ni siquiera merece la pena comentar ni desmontar (ya demasiada gente lo ha hecho con anterioridad), y que aun así el dócil rebaño sigue repitiendo mecánicamente a través de los siglos hasta la actualidad.    

 Hubo, claro está, algunas corrientes místicas dentro del incipiente cristianismo, surgidas en los primeros tiempos de esta religión, que no se dejaron embaucar de tan ridícula manera. La principal de ellas fue el gnosticismo, movimiento religioso que supo aunar diversas creencias paganas con el neoplatonismo y, por supuesto, con el emergente cristianismo. Los gnósticos, para quienes la salvación o la liberación (bastante en consonancia con el budismo) venía de la mano con el alcance de la sabiduría y el conocimiento (de ahí la palabra griega gnosis, es decir, «conocimiento»), no pensaban que el universo hubiese podido ser creado por un ser único, infalible y compasivo. Para esta corriente mística, gran influencia del posterior movimiento maniqueísta, la dualidad entre el bien y el mal era un elemento fundamental. El mundo material, fuente de todo mal, tenía que haber sido creado por un ser distinto de aquél que concibió el universo espiritual o el de las ideas absolutas (para utilizar la jerga platónica). Esta divinidad de «categoría intermedia», que recibió el nombre de Demiurgo (maestro, hacedor, impulsor o gran artesano), no podía ser por tanto relacionado con un Creador único, omnipotente y amoroso que, a tenor de todas las señales, parecía haberse dormido en sus laureles tras haber originado la creación con un simple chasquido de dedos. Este carácter dual está, por cierto, en perfecta sintonía con la filosofía taoísta, según la cual el universo entero está dividido en dos fuerzas opuestas y antagónicas, siendo el ying la fuerza pasiva y femenina, mientras que el yang engloba la energía activa y masculina (algo sobre lo que volveremos más adelante). Retornando a la corriente gnóstica, debemos señalar que, obviamente, los movimientos cristianos ortodoxos que comenzaban a expandirse y hacerse fuerte por todo el continente europeo no pudieron tolerar una escisión, según ellos herética, que pusiera en tela de juicio la omnipotencia y, sobre todo, el amor y la bondad de un Dios único y creador de todo el universo (es célebre, por ejemplo, la despiadada erradicación de los cátaros, una de las tantas ramificaciones del gnosticismo, a manos de los fieles cristianos en territorio francés durante la Edad Media).    

Ahora bien, una vez llegados a este punto, debo recalcar que no pretendo desentrañar en apenas unas pocas líneas lo que ha llenado miles de páginas de tratados de teología y filosofía a través de los siglos. De modo que haré un simple repaso esquemático y bastante somero de aquello que he creído atisbar a través de la ingesta de unas sustancias psicodélicas que me han abierto los portales de percepción y puesto en contacto con realidades nunca antes vislumbradas. De modo que aquí vamos:   

Tal como ya hemos sugerido, en caso de que un Dios único, creador y omnipotente hubiese concebido el Universo, esta deidad tendría que ser irremisiblemente malvada (o al menos bastante desidiosa e indiferente… o incluso mediocre), a tenor de la miseria, la desventura, la injusticia y el dolor que impregnan cada espacio del mundo visible. Me inclino a pensar que las fuerzas o energías que colman el cosmos y que se encuentran en constante oposición nada tienen que ver con algún ente creador (si lo hubiere) que probablemente se habría retirado de escena una vez hecho su muy cuestionable trabajo.    

¿Pero qué es el mal exactamente y cuál es su cometido? Basándonos en los imperativos categóricos kantianos, podríamos afirmar que hacer el mal es sencillamente apartarse de la regla de oro que establece «actuar únicamente según unos principios que puedas aceptar como leyes universales», o lo que es lo mismo, «tratar al prójimo como quisieras que te tratasen a ti». De modo que podríamos afirmar que hacer el mal es simplemente ocasionar daño o dolor a otro ser viviente, cosa que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros. Y, lo que es más crucial, se trata de causar daño o dolor pudiendo evitar hacerlo (los animales no tienen la opción de escoger entre el bien y el mal, lo cual no quiere decir que dichos conceptos no existan como entidades absolutas en la naturaleza: simplemente no son «opcionales»). Posiblemente el único cometido que se puede derivar de esta administración equilibrada entre la bondad y la maldad sea la simple reproducción ad infinitum, absurda y sin sentido, de todas las especies (un mundo subyugado por la pura maldad atentaría en contra de la mera supervivencia de los individuos de cualquier especie, del mismo modo que la sola presencia de la bondad o el amor muy probablemente conducirían a las especies en su conjunto a su paulatina degeneración y final extinción: «la ley del más fuerte», fuente inagotable de maldad, es un requerimiento básico e indispensable para la mejora y la preservación de las especies a través de los tiempos). En cualquier caso, como participantes y asimismo «contenedores» de ese universo donde cohabitan dichas fuerzas energéticas en perpetua oposición, resulta obvio y lógico constatar que el mal ha de habitar también en nuestro interior. Las experiencias con las drogas psicodélicas permiten atisbar con claridad dichas fuerzas, tanto en el universo a nuestro alrededor como en nosotros mismos (uno de los grandes beneficios de las experiencias psicodélicas es la de lograr percibir dicha maldad en nuestro interior con el objeto de enmendar y corregir nuestros vicios y defectos más destacados; es por ello que en las ceremonias chamánicas se habla tanto de «cambio», «transformación» y «regeneración»). Esta diáfana percepción de la maldad en perfecto estado de pureza suele lograrse, generalmente (pero no siempre), a través de la visualización de imágenes arquetípicas y simbólicas como serpientes, arañas, insectos, gusanos y un sinfín de animales nocturnos y serpenteantes (no en balde innumerables religiones y creencias han relacionado a este tipo de alimañas nocturnas y reptilianas con las oscuras fuerzas del mal). Por el contrario, las fuerzas o energías del «amor» o la «bondad» están representadas, como no podía ser de otra manera, por grandes emanaciones de luz cegadora (la «pálida luz del vacío», en términos budistas), las cuales vienen acompañadas por la experimentación en todo nuestro ser de dichas fuerzas positivas. Hay que hacer notar que durante las largas ceremonias de ayahuasca o peyote, el participante suele correr el riesgo de permanecer «hundido» durante largas horas en la ciénaga de las energías negativas, algo que puede suponer para más de uno una experiencia bastante aterradora. Es por ello que durante dichas ceremonias se suelen incluir músicos acompañantes (con especial relevancia en las Iglesias del Santo Daime en Brasil, una institución religiosa cuyos rituales colectivos, en los que el color blanco es omnipresente tanto en la escenografía como en la vestimenta, giran en torno al consumo de yagé o ayahuasca), músicos y cantantes cuyas canciones, evocadoras de la bondad, la compasión y el amor universal, intentan arrastrar a los participantes fuera de esos «huecos de oscuridad» y encauzarlos hacia la resplandeciente luz.    

Ayahuasca

Debo reconocer aquí mi perplejidad al constatar lo que se repite una y otra vez en los testimonios de quienes participan en este tipo de ceremonias purificadoras y catárticas, incluidos los propios chamanes. La experimentación del amor en estado puro, el contacto con dichas fuerzas benignas y positivas, la purga (tanto física como mental y espiritual) de aquel mal que todos llevamos dentro, llevan a la inmensa mayoría de los participantes a sacar la conclusión de que existe, una vez más, un Dios único y amoroso (o al menos un ente todopoderoso y omnipresente), creador del Universo, en cuya Totalidad debemos intentar fusionarnos una vez vislumbrada la ilusoria separación que nuestros perniciosos egos han fomentado. Pienso yo que esto no es más que uno de los resabios a los que nos han acostumbrado tantos siglos de ideología cristiana. Incluso los chamanes y demás miembros de las comunidades indígenas, imbuidos en creencias religiosas en las que el sincretismo es el factor dominante, no han podido desembarazarse de un tipo de fe inculcada en el que la figura de Jesucristo sigue ejerciendo un papel fundamental. Tengo la sospecha de que un creyente hebreo, cristiano o musulmán en el fondo de su corazón no se fía demasiado de la presunta bondad de su «creador». Cuando se dirige a través de sus plegarias a su Dios invocando su infinita bondad, lo hace más bien como una especie de juego de adulación, del mismo modo que, ante un atracador que amenazase con quitarnos la vida, apelásemos a sus supuestos buenos sentimientos con el fin de salvar el pellejo. En cualquier caso, y tal como decía al comienzo, no ocurría así en las civilizaciones y comunidades pre-judaicas o pre-cristianas, ya que en ellas se adoraban, quizá con una acertada intuición en la que las sustancias enteógenas cumplían una labor esencial, a múltiples deidades de muy diversa índole y en permanente oposición.    
 

Y es que creer no solamente en poderes, fuerzas o energías extrasensoriales, sino además creer que estos poderes son en realidad atributos de una única entidad que, de paso, y a la vista de las descorazonadoras pruebas materiales, es moralmente benigna, es un salto de fe que a muchos de nosotros nos llena no sólo de innumerables dudas razonables, sino también de supremo pavor. Es comprensible, no obstante, que religiones como el budismo y el cristianismo fundamenten la supuesta liberación o salvación en el conocimiento y la fe sincera en este único poder amoroso y bondadoso. No hay duda de que este conocimiento o fe, si es realmente sincero y no es sólo palabrería y pensamientos hueros, es sumamente difícil de obtener a tenor de la evidencia que nos rodea, razón por la cual dicha liberación, en caso de existir realmente, sólo puede estar reservada a unos cuantos y muy esforzados privilegiados. En todo caso, resulta forzoso reconocer, en base a unas experiencias psicodélicas cuyos niveles de realismo y verosimilitud (nunca se podrá hacer suficiente hincapié en este aspecto) son sencillamente estremecedores, que dicha fuerza o energía positiva, amorosa y bienhechora, es una realidad no sólo casi palpable, sino también extremadamente poderosa. Pero, por desgracia, pienso que no es la única. Ciertamente, y en esto es obvio que los chamanes y demás guías espirituales no se equivocan, debemos intentar dirigir nuestros corazones y nuestras conciencias hacia la búsqueda de tal luz resplandeciente e iluminadora (y séame disculpada la jerga un tanto esotérica y de mal gusto). Debemos intentar dejar atrás la maligna oscuridad que, así como pervive en todo el universo, también lo hace en el interior de nuestros espíritus. No podemos saber a ciencia cierta (yo al menos no lo sé) qué nos espera allí una vez nuestros corazones hayan dejado de latir. Quizá nos aguarden zonas o niveles de pura y reconcentrada conciencia unitaria y universal en los que diversas gradaciones de luces y sombras tengan algo que ver con el progreso espiritual que hayamos logrado atesorar a lo largo de nuestro efímero paso por la Tierra. El amor es sin duda alguna una fuerza extraordinariamente poderosa. Nos pasamos la vida entera buscando, rastreando, implorando encontrar esa colosal fuerza energética. Cuando la obtenemos es un momento mágico que quisiéramos perdurara por toda la eternidad. Lamentablemente el amor pareciera escasear, sobre todo en estos tiempos inciertos en los que el odio, la confusión y la ansiedad se expanden por doquier como epidemias irremediables. El mal pareciera estar ganando, una vez más, la partida en este nuevo capítulo de una batalla cíclica que jamás tendrá fin. Es posible que sea precisamente este incontenible avance del destructor poder maligno lo que esté generando, a modo de alarma, el reciente despertar de la conciencia colectiva universal, un despertar entre cuyas variadas consecuencias se puede contar el resurgir de los movimientos ecologistas, así como el creciente interés por las drogas psicodélicas en incontables latitudes del planeta. Quizá el amor sea lo que más abunde en el Universo. Quizá haya muchas más personas buenas que malvadas. Aquello es posible. Puedo admitirlo. Sin embargo, tal como los taoístas saben muy bien, el mal es un principio activo, mientras que el bien es pasivo. Destruir siempre será mucho más sencillo que crear y construir. Odiar requiere mucho menos esfuerzo que amar. Es por ello que el mal, a pesar de quizá ser minoritario, tiene tanta facilidad para expandirse. La prueba más evidente de esta verdad para mí innegable es el hecho de que siempre seamos gobernados por una muy exigua minoría de individuos (la inmensa mayoría de ellos hombres; el mal también suele estar asociado a otro principio activo: la masculinidad) cuya avidez, ambición, egolatría, impiedad y falta de escrúpulos son sencillamente abrumadores. Y es que hay una verdad que de tan simple suena a perogrullada: las personas buenas rara vez han sentido la necesidad de buscar el poder para gobernar sobre los demás.