Segunda experiencia con el peyote sagrado. ¡Ahora sí!

Algunos meses más tarde tuve mi segunda, y esta vez más que exitosa, experiencia con el peyote. Siempre recordaré hasta el final de mis días aquella emocionantísima jornada, uno de los días más excitantes, mágicos y aventureros de cuantos pueda recordar.    

Tras mi decepcionante primera incursión con el peyote, no había sentido yo demasiado interés por repetir la experiencia. Sin embargo, tras ya haberme embarcado de lleno en el camino de la psicodelia, diversos conocidos y múltiples lecturas (entre ellas varios libros de Huxley y Castaneda) me llevaron a convencerme de que el peyote tenía muchísimo más que ofrecerme. Y vaya si lo tenía…   

En la primavera del 2019 viajé con mi esposa por varias regiones de México. Llegado un momento del periplo, decidí envalentonarme. A pesar del temor (quizá algo justificado) de mi pareja, me separé de ella durante algunos días, dejándola a buen recaudo con otros buenos amigos con los que viajó por el centro del país. De modo que puse rumbo al peculiar y mágico pueblo (el de mayor altura, por cierto, de todo México) llamado Real de Catorce, población en cuyo desierto cercano, según mis investigaciones, era posible consumir el cactus del peyote.  

 No es sencillo llegar a Real de Catorce. Desde Ciudad de México se requieren muchas horas de viaje y al menos tres cambios de autobús. A pesar de las dificultades y las dudas (tantas horas de viaje, tantos cambios de vehículos… ¿estaría yo seguro viajando solo por aquellos parajes inhóspitos?… ¿no le podría ocurrir algo malo a un viajero extranjero que decidiera probar por su cuenta y riesgo un cactus cuyo consumo, según había leído incontables veces, estaba terminantemente prohibido so pena de cárcel?), a pesar de todo ello, decía, acumulé valor y emprendí el viaje, sabiendo a la perfección en mi interior que si no lo hacía me recriminaría por el resto de mi vida a causa de mi cobardía. Lo más seguro, me decía, era que me arrepintiera más tarde. Sin embargo, conociéndome sentía la obligación de al menos intentarlo. De más está decir que ha sido una de las mejores decisiones (que no son muchas) que he tomado en mi vida.   

Llegué a Real de Catorce una noche de lluvia. El pueblo, de entrada, ya es bastante especial. Es innegable que posee por sí solo una energía difícil de explicar, de allí que los propios mexicanos lo cataloguen con el adjetivo de «mágico». Real de Catorce nació en el siglo pasado como un asentamiento de los trabajadores de un mina de plata que ahora está en desuso (sus interesantes y vetustas instalaciones son posibles de visitar y admirar). Tras el cierre de la mina, el pequeño pueblo fue prácticamente abandonado. Por fortuna, en los últimos años sus estrechas, hermosas y adoquinadas calles han recuperado gran parte de su otrora agitada actividad, gracias sobre todo al impulso del turismo. En sus pintorescos y acogedores hoteles, cafés, tiendas y restaurantes se pueden encontrar unos pocos puñados de turistas provenientes de todos los rincones del planeta. También, cómo no, algunos que otros aventureros que por sus andares y apariencias todos saben qué han venido a buscar exactamente. Y por suerte nadie les mira mal. 

 Tras pagar por una pequeña habitación cuyo balcón se elevaba por encima de una de las esquinas de la plaza principal, me dispuse a dormir, sabedor de que me esperaba por delante un agotador día imposible de pronosticar. 

 Muy temprano por la mañana emprendí las labores de investigación (me fue imposible descubrir cuál era el método exacto y expedito para obtener lo que deseaba; espero que estas líneas faciliten los planes de algún nuevo psiconauta aventurero que decida adentrarse en aquellos inhóspitos parajes). Lo primero que hice fue acercarme al pequeño grupo de conductores que operaban unos destartalados pero muy originales»Willys» (camionetas 4×4 norteamericanas reacondicionadas de la Segunda Guerra Mundial). Aquellos individuos, todos ellos aindiados y a quienes más tarde yo designaría como el «equipo de conductores», se agrupaban al borde de la plazoleta a la espera de ubicar a los turistas en sus anticuados vehículos. Armándome de valor hablé con uno de ellos y le pregunté directamente: ¿qué debía hacer para probar el peyote? Aquel personaje tan sólo sonrió y me dijo que tuviera cuidado, que aquello estaba terminantemente prohibido. Únicamente la comunidad indígena de los huicholes, cuyos ritos ancestrales de consumo del peyote les aproximaban a sus deidades, tenían el permiso expreso por parte del gobierno para ingerir in situ el cactus sagrado. Sin embargo, continuó el conductor, si yo quería podía montarme en el Willy y visitar tanto la antigua mina de plata como el desierto. Allí podría observar de cerca junto al guía diversos cactus enterrados. Pero eso sí, nada de ingerirlos. Un tanto decepcionado acepté la propuesta. 

 Aquel destartalado vehículo nos transportó, a través de un angosto y muy peligroso camino de tierra más allá de cuyos márgenes podíamos observar el aterrador abismo, desde las frías alturas del pueblo hasta la calurosa planicie del desierto. Difícil imaginar un cambio más abrupto de clima y vegetación en tan sólo una hora y media de trayecto. De camino tuvimos ocasión de visitar las fantasmagóricas instalaciones de la abandonada mina de plata. No tengo dudas de que aquella región posee, en efecto, una poderosa energía que es precisamente la causante de que allí se haya gestado tanto el plateado material precioso como aquel cactus sagrado. Durante el inquietante trayecto y bajo la constante lluvia, el conductor se divirtió de lo lindo narrándonos episodios de muertes y accidentes fatales a lo largo de aquella peligrosísima ruta que estábamos atravesando. ¿Y cuánto puede durar esta lluvia?, pregunto en cierto momento. Órale, con toda seguridad un par de días… incluso más, responde el conductor y yo me hundo un poco más en la frustración. 

 Finalmente llegamos al desierto. Allí el guía nos conduce hasta un terreno en el que varios pequeños cactus se hallan semienterrados. «Allí lo tienen. El famoso peyote. Tomen todas las fotos que quieran». Tan cerca y tan lejos, me digo frustrado despidiéndome del cactus, mientras me subo de nuevo al Willy para visitar, antes de retornar a Real de Catorce, un pueblo cercano en el que podremos admirar a la imponente «Bestia», el célebre, gigantesco y kilométrico tren en cuyo techo se arraciman decenas de desesperados inmigrantes que han puesto rumbo al Norte. 

 Así que de vuelta al pueblo. Ya es de mediodía. Aún tengo esperanzas de encontrar lo que busco, pero debo darme prisa. Hablo de nuevo con un miembro del «equipo de conductores», esta vez de forma más directa. ¿Qué debo hacer para probar el peyote? ¿Quién me puede guiar? El muchacho brinda la respuesta. «Tienes que hablar con algún arriero, pero no te lo recomiendo, puedes meterte en problemas». ¡Bingo! Es la respuesta que buscaba. En ese momento comienzo a intuir (algo que confirmaré luego gracias a innumerables comentarios de parte y parte) que, en efecto, ese peculiar pueblo cuenta con dos equipos irreconciliables: el equipo de los conductores, sanos, sobrios, discretos, correctos, obedientes de la ley, y el equipo de los arrieros, de apariencia un tanto más caucásica, todos portando anchos sombreros de jinete y gruesos bigototes de «mero macho», malencarados, altivos, grandes bebedores… Agua y aceite.  

 Intento encontrar a algún arriero merodeando por las empinadas calles. Ni rastro de ellos. Varias personas me dicen que es aún muy temprano: están todavía durmiendo la resaca de la noche anterior. Vaya personajes, me digo. ¿De verdad alguno de ellos me guiará a probar el peyote? ¿Será acaso una buena idea? Pero ya no hay marcha atrás. He venido a lo que he venido. Finalmente, tras varias indicaciones, consigo llegar a una caballeriza en la que encuentro a uno de ellos. Se ve en buen estado. Si este hombre de unos cuarenta años (aunque es muy difícil calcular la edad de estos «charros») se encuentra resacoso, lo disimula bastante bien. ¿Podría llevarme usted a probar el peyote en el desierto? ¿Cuántos son?, pregunta a su vez. Sólo yo. Enarca un poco las cejas, me estudia de arriba abajo, como sopesando si estoy en mis cabales, y da el precio, el equivalente a 90 euros. Hecho. Apenas intento regatear. En Europa una simple ceremonia costaría poco menos del doble, y este personaje va a guiarme en sendos caballos durante horas por el desierto. Y hay algún peligro de… digamos… ¿terminar en la cárcel? Si vas conmigo no hay ningún riesgo, sé exactamente adónde ir. ¿Y tengo tiempo para almorzar?, pregunto de nuevo. No, mejor será partir cuanto antes, son dos horas de ida, dos horas de vuelta, más un par de horas en el desierto buscando los cactus. Hay que regresar antes de que anochezca. Además, si almuerzas ahora, el efecto del peyote será menor. Mejor con el estómago vacío. Y lo mejor es la vuelta, cuando el peyote te haga efecto a mitad de camino, ya verás. Muy bien, partamos entonces a la aventura. ¿Y cuál es su nombre, si se puede saber? Santos. ¡Santos! Qué mejor nombre para un jinete mexicano. Pero mi asombro es aún mayor cuando me presenta el hermosísmo caballo que montaré y me dice su nombre: ¡Relámpago! De modo que voy a cabalgar por el desierto mexicano en busca del peyote junto a un arriero que se llama Santos y montado en un caballo pinto que lleva el nombre de Relámpago. Esto tiene que ser una señal del destino. ¿Se puede pedir acaso algo más en la vida? Sí, que todo salga bien, por ejemplo. 

  Parto junto con Santos. Los caballos van a trote lento por la misma escarpada ruta que he recorrido tan sólo una hora atrás montado en el Willy del equipo de conductores. La lluvia no cesa. Qué pena, me digo, los colores en este hermoso paraje montañoso deben de ser preciosos bajo la resplandeciente luz del Sol. Santos observa mi manejo del caballo, no olvidemos que estamos bordeando unos afilados acantilados, y decide que no lo hago demasiado mal, así que parece relajarse. Se desentiende de mí. Apenas nos comunicamos. No lo lamento, estoy demasiado inmerso en mis propios pensamientos y en las vistas que se me ofrecen a pesar de la perenne niebla. Y sobre todo estoy concentrado en guiar de la mejor manera a Relámpago, o más bien en que Relámpago me guíe a mí cada vez que irrumpe en el estrecho sendero uno de esos antediluvianos Willys. 

 Dos horas más tarde estamos en el desierto. Ambos cabalgamos raudos por la planicie. Cuánta felicidad. Qué extraordinaria sensación de libertad. Un hombre montado sobre uno de los animales más hermosos, ágiles y vigorosos (y, por qué no decirlo, sexys) de la Tierra, en medio del inabarcable desierto mexicano. Una sensación simplemente indescriptible. Media hora más tarde Santos decide que hemos llegado a un lugar idóneo. Nos apeamos y comenzamos a buscar los dichosos cactus. Santos tarda unos diez minutos en descubrir el primero. Me llama a su lado. ¿Lo ves?, pregunta. Me agacho y aguzo la mirada. Se supone que está allí mismo, bajo mis pies. No, ni idea. Me agacho aún más. Pongo las rodillas sobre la tierra, y aún así soy incapaz de encontrarlo. Como en una escena de jedis en La Guerra de las Galaxias, o más bien como en un capítulo de «Las enseñanzas de Don Juan» de Castaneda, Santos susurra a mi lado: «Deja que el peyote te hable». Vaya, qué compromiso. Debo dar la talla. Pero no, no hay manera. Sólo veo tierra y polvo alrededor de aquel matorral. Comienzo a ponerme nervioso. No quiero decepcionar a Santos. Pero no escucho ningún mensaje del bendito peyote. Se supone que lo tengo enfrente de las narices, y aun así no soy capaz de identificarlo. Quizá no soy merecedor de consumirlo. Hasta que, finalmente, un par de minutos más tarde, distingo la muy tenue tonalidad verdosa de la mínima parte de la corona de aquel cactus que permanece por encima de la superficie. Uf, qué alivio. Muy bien, dice Santos complaciente, y acto seguido procede con su cuchillo a desenterrarlo. Hay que tener mucho cuidado de no cortar la raíz, va explicando. Si dejas la raíz intacta, el cactus vuelve a crecer.  

 Una vez desenterrado, procede a abrirlo y a cortar uno a uno los jugosos bulbos. Son unos diez o doce bulbos. Me los ofrece y comienzo a ingerirlos. El sabor es bastante amargo, pero no repugnante. ¿Y cuántos cactus debo comer?, pregunto. ¿Quieres un efecto fuerte o moderado?, me pregunta a su vez.  Fuerte, contesto sin pensarlo. He hecho un largo viaje, así que voy a por todas. Pues entonces al menos unos cuatro cactus. De acuerdo. 

 Nos separamos y cada quien va por su lado, en busca de los cactus. Yo hago todo lo posible por encontrar alguno, me esfuerzo verdaderamente, me agacho, rastreo, fuerzo la mirada, pero es imposible, no soy capaz. De cuando en cuando Santos emite un silbido y me invita a aproximarme, pues ha encontrado un nuevo peyote. A veces Santos se encuentra a un centenar de metros. En ocasiones, cuando lo pierdo de vista, me entra cierto temor. ¿Y si me deja allí abandonado en medio del desierto? O aun peor (bueno, no sé si eso sería peor): ¿y si llega de pronto una patrulla de policías? Dependo por completo de ese hombre recio y malencarado, y no es una sensación agradable. Pero no tengo más opción que seguir confiando. De modo que cada vez que me llama me acerco como un buen niño obediente e ingiero un nuevo cactus. Y otro. Y otro. Se me está llenando la panza. Menos mal que no he comido. Y así durante una hora y media. Hasta que finalmente Santos dice que ya ha sido suficiente. ¿Ya he comido los cuatro cactus?, pregunto, puesto que ensimismado en mi búsqueda infructuosa he perdido por completo la cuenta. Ya has comido seis, responde. ¡Seis! ¿Y eso no es mucho?, pregunto. Sí, es una buena dosis. Y se queda callado y a sus anchas. No sé si me ha dado de comer tanto peyote para hacerme una mala jugada y darme una lección, o porque me ha auscultado y ha intuido que soy capaz de hacerle frente a esa dosis. Espero que sea lo segundo. En cualquier caso no le recrimino nada. Más bien me siento agradecido. Es hora de regresar, dice Santos. Vamos en busca de los caballos que han quedado amarrados a un árbol, montamos y emprendemos el camino de vuelta a las alturas del pueblo.   

 No han pasado ni veinte minutos cabalgando por el desierto a lomos de Relámpago cuando empiezo a sentirme algo «funny», como diría Terence Mckenna. La misma sensación de extrañeza que se percibe cuando los hongos o el LSD empiezan a obrar sus efectos. La misma sensación de que un mundo misterioso, oculto, un universo invisible que colinda eternamente junto al nuestro, abre ligeramente las puertas de acceso y permite una pequeña vislumbre de su interior. Como si uno de alguna manera pudiera «asomarse» por el resquicio de esa puerta apenas entornada. Todo alrededor comienza a percibirse de manera distinta, los sentidos se vuelven más sensibles, y al mismo tiempo pareciera que la naturaleza que nos rodea empezara a rodearse de un halo misterioso. Todo se va volviendo poco a poco un tanto enigmático, extraño… emocionante y algo atemorizador a la vez. Pero tampoco hay demasiado tiempo para reflexionar, porque estoy comenzando a sentirme drogado y tengo que conducir con cierta destreza a Relámpago. Debo concentrarme. No quiero hacer el ridículo ante Santos. Esto no es tan sencillo, le digo. Santos al menos esboza una sonrisa amigable. Parece comprenderme, de modo que dice: lo estás haciendo bien. Muchos vomitan en el camino. Intenta no hacerlo, porque el efecto del peyote disminuye al instante. De acuerdo, no vomitar. Intentaré recordarlo. 

  Unos cuarenta minutos más tarde dejamos atrás la planicie del desierto y emprendemos la empinada cuesta a través de la montaña en dirección al pueblo. Y en ese preciso momento, puedo jurarlo, se abre por completo el cielo. Se han esfumado de pronto las nubes. Los rayos de luz inciden con toda su potencia y esplendor sobre la infinita naturaleza circundante. Es un espectáculo maravilloso. Y yo, que empiezo a sentirme profundamente drogado, estoy allí para disfrutarlo. Resulta muy difícil, en estos momentos, arrinconar un pensamiento que se repite muchas veces en este tipo de situaciones: cuando uno ingiere esta clase de sustancias suelen ocurrir cosas muy extrañas. Por ejemplo que el cielo se abra de repente con toda su claridad justo en el momento en que yo emprendo, completamente drogado, la cuesta montado en Relámpago. El cielo se ha abierto porque YO he tomado peyote. Hay algo allí alrededor que quiere que yo crea. Me está brindando una vez más todas las pruebas. ¿Pero en qué quiere que yo crea exactamente? ¿Acaso en que no existen las casualidades? Ah, misterio de misterios… Sé que es un pensamiento absurdo, los rayos de sol han emergido para todos, no solamente para un simple consumidor de peyote… y sin embargo… sin embargo…   

De modo que vamos Santos y yo a trote lento ascendiendo la cuesta. Está claro que Relámpago me está guiando a mí, conoce a la perfección aquel camino. Solo tengo que dirigirlo sutilmente hacia el margen de la montaña cada vez que un Willy pasa rasante bordeando el acantilado. Noto que Santos está atento a todos mis movimientos, y al parecer no lo estoy haciendo demasiado mal. Lo noto algo relajado, y supongo que eso es bueno. Los colores alrededor empiezan a cambiar estimulados por el fulgente sol. El empedrado del camino cambia a ojos vista. Las piedras bajo nuestros pies comienzan a adquirir tonalidades azules y violáceas. Los enormes pedruscos al margen de la montaña ahora son intensamente violetas. Sabiendo perfectamente cuál será la respuesta, aun así le pregunto a Santos señalándolas: supongo que estas rocas no son violetas, ¿verdad? Él sólo responde entre sonrisas: No. Claro que no. Y en ese momento no me parece nada casual que sea el violeta el color predominante. Incluso lo considero completamente lógico. No desconozco las cualidades y significados místicos y espirituales que encierra este color (no en balde ha sido usado a través de los siglos como símbolo de mundos superiores y de transformación espiritual; tampoco es casual que haya sido un color típico y predominante en la vestimenta de reyes y altos prelados eclesiásticos). Y entonces me dedico a observar, mientras soy guiado por el paso confiable de Relámpago, el hipnótico espectáculo de la naturaleza a la distancia bendecido por los iridiscentes rayos del sol. Todo parece cobrar vida, mucha mayor vida de lo que esa naturaleza entre desértica y xerófila pareciera albergar. Paseo mi mirada por los montes y lomas distantes y todo vibra y fluye al unísono, como si de alguna manera portara unas gafas mágicas capaces de crear «vida» sobre todo aquello en lo que se posan mis pupilas. Tengo la impresión de estar ante el jardín del Edén. O inmerso en un luminoso cuadro viviente de Van Gogh en el que sus gruesas pinceladas se agitaran ligeramente. Incluso un río parece fluir copiosa y libremente a través de unos cauces lejanos que con toda seguridad llevan varios decenios completamente secos. Pero lo más arrebatador son los cactus. Centenares de cactus de todos los tamaños, pequeños, medianos, gigantescos, cobran vida a la distancia cada vez que mi mirada se posa sobre ellos. Parecen todos brillar y danzar al unísono al ritmo de una alegre melodía inaudible, de un modo extraordinariamente acompasado y a la vez sumamente gracioso. Los cactus definitivamente llegaron en algún momento desde el espacio exterior, no hay ninguna duda, pienso con plena convicción en ese momento. No tengo ninguna duda de que se trata de ancestrales plantas extraterrestres que de alguna manera me están enviando una especie de mensaje de bienvenida. De pronto siento que estoy inmerso en una nueva versión de «Fantasía» de Walt Disney. Es increíble todo lo que estoy observando. Y también es increíble que, a pesar de ser todo demasiado increíble, yo lo esté observando de aquel modo natural y confiado. Y es que todo tiene la impresión de ser bastante natural y lógico.  

 Cuando ya llevamos más de una hora de subida y nos estamos aproximando a las alturas del pueblo, comienzan a aparecer, desmigajadas de tanto en tanto al margen del camino, humildes casas familiares. Y todas ellas están pintadas de azul y violeta. Son sus colores verdaderos. No se trata de visiones. Esto sí me resulta bastante curioso. ¿Habrán intuido estas personas que el color con el que habían de pintar sus casas debía combinar con los tonos predominantes que se perciben a través la ingesta del peyote? ¿O será que muchos de ellos también han probado el cactus y obtenido dicha conclusión? Lo cual me lleva a otro pensamiento: es probable que la tradicional y milenaria ingesta del peyote haya tenido bastante que ver con el desarrollo de una cultura, la mexicana, en la que la extraordinaria viveza de los colores tiene un papel crucial. 

 Estos pensamientos son evaporados en el momento en que Santos, finalmente, rompe su laconismo y entabla una breve charla conmigo. Mientras coloca a su caballo a la par que el mío, comienza a hablar del peyote. Él suele probarlo de vez en cuando. Una vez al año, quizá. Hay que tenerle mucho respeto. Pero es una planta buena. Te permite comunicarte con tus muertos, con tus ancestros. Conocerte mejor. Cambiar, mejorar. Pero hay que tener cuidado. Hay plantas buenas y plantas malas. ¿Cuáles con las plantas malas?, pregunto. El rostro de Santos se transforma de inmediato. Parece contraerse y sus ojos se abren al máximo durante unos segundos. Está claro que está condenando mi pregunta. ¿No tendría que haberla hecho acaso? Pero yo permanezco mirándole, a la espera de su respuesta. Finalmente abre la boca y mueve sus labios, y puedo jurar que en aquel preciso momento, no me lo estoy inventando, una fuerte ráfaga de viento que hasta ese momento no había hecho acto de presencia se lleva literalmente sus palabras lejos de mis oídos. Soy incapaz de percibir sonido alguno. Presumo, por mis lecturas de Castaneda, que sus palabras han sido «datura» o «yerba del Diablo», pero decido no repetir la pregunta. Es sabido, por ejemplo, que los huicholes consideran a la datura la enemiga natural del peyote. El mal en perenne lucha contra el bien. En aquel momento me parece claro que el Universo, o Pachamama, o el propio espíritu del peyote, o cualesquiera fuerzas o entidades que están detrás de aquella intempestiva ráfaga de viento, han considerado que yo no debo recabar esa información. Tendrán sus buenas razones. Hasta el día de hoy me he mantenido alejado de dicha planta.  

 Finalmente, poco antes de las seis de la tarde, arribamos al pueblo. Nos dirigimos a la caballeriza y, justo antes de desmontarme de Relámpago, Santos habla: Prepárate porque ahora viene lo bueno. Y tiene toda la razón. Apenas descabalgo siento una repentina debilidad en todo mi cuerpo que provoca que apenas me pueda mantener en pie. Santos explica: la tensión y la concentración que he mantenido durante horas a lomos del caballo ha evitado que los efectos del peyote sean aún mayores. Ahora te va a pegar bien duro, dice, así que ándate con cuidado. Y agrega: un sólo consejo: no te vayas a meter ahora en la habitación. De acuerdo, contesto, sin entender demasiado el consejo. Horas más tarde lo comprenderé a la perfección. Le doy las más sinceras gracias a Santos, paseo por última vez mi mano por el largo hocico de Relámpago, y me alejo caminando algo tambaleante en dirección al centro del pueblo.   

Es asombroso lo increíblemente drogado que estoy. Voy prácticamente dando tumbos por las calles adoquinadas, al igual que lo haría en mitad de una sesión de ayahuasca en dirección a la letrina. No hay duda de que seis cactus han sido un exceso y una temeridad, al menos para mí que no poseo demasiada resistencia ante esta planta sagrada. ¿Debería sentirme molesto o agradecido con Santos? Algunas personas me observan, pero es apenas un instante. Por fortuna, en este pueblo están acostumbrados a que de vez en cuando algún que otro forastero aparezca dando tumbos por las calles. Ya todos adivinan qué he consumido. Alguno sonríe y me señala ante su acompañante frunciendo los labios. Eso es todo.   

 No quiero detenerme. Necesito recuperar el control sobre mi cuerpo, y creo que eso puedo lograrlo caminando sin dirección fija. Además el espectáculo alrededor es alucinante (nunca mejor dicho). Todo vibra y muta ligeramente por doquier. Nada permanece quieto. Las paredes de las casas cambian con delicadeza sus tonalidades y sus texturas ante mis pasmados ojos. Subo una cuesta y allí arriba, en un solar abandonado, me espera un grupo de perros asilvestrados. Me ladran rabiosos a cierta distancia, me parece que perciben algo extraño en mí. Y yo veo sus cuerpos y sus cabezas adoptando figuras un tanto geométricas. ¿Serán estas sus verdaderas formas al otro lado?, me pregunto. ¿Serán estos sus cuerpos originales? Me desentiendo de ellos y prosigo mi camino. A medida que se va oscureciendo, aquel pueblo me parece cada vez más misterioso, enigmático, mágico… místico. Y también más silencioso. A pesar de tener el sentido del oído avivado y estimulado (tal como también suele ocurrir con la psilocibina y el LSD), me voy hundiendo en un ambiente de misterioso silencio. Sólo encuentro ante mí calles vacías. Encrucijadas y más encrucijadas. Y en ese momento me llega un pensamiento, venido quién sabe de dónde, que en ese instante me parece el más profundo y crucial que he tenido en mi vida: «Todo son caminos»… Todo son caminos… siempre. Una y otra vez. ¿Cuál escoger?   

De algún modo, tras una hora perdido por las callejuelas de Real de Catorce, consigo llegar a la plaza principal. Me siento en un banco. Al fin puedo descansar. Hay mucha gente sentada en los demás bancos, charlando, riendo. Algunos me miran y me dejan de prestar atención al instante. Aquello es de agradecer. Yo continúo disfrutando con las alucinaciones (más tarde el disfrute habrá acabado y se iniciará el tormento). Observo cómo infinidad de llagas sangrientas se abren y se cierran una y otra vez sobre las palmas de mis manos. Mis vaqueros también presentan roturas que se cierran y abren continuamente. De pronto aparece un perro lanoso olisqueando cada rincón de la plaza. Parece un perro venido directamente de las entrañas del infierno. Presenta espantosas deformidades, en sus patas, en su cabeza, en el rabo, y me es imposible saber si aquel perro es así, espantosamente deforme, o si son alucinaciones mías. Las sombras comienzan a apoderarse del pueblo y yo empiezo a percibir que lo que viene no será demasiado bueno. «No te metas en la habitación», aconsejó Santos. Pero yo estoy demasiado cansado. Ha sido un día interminable (y lo que falta). Y además estoy empezando a tiritar del frío (no olvidemos que estamos a casi tres mil metros de altura). No hay alternativa. Me pongo en pie, camino hasta el hotel ubicado en una de las esquinas de la plaza, y me meto en la habitación. 

 Lo primero que observo, al introducirme en la habitación tenuemente iluminada por un bombillo desnudo colgado en el techo, son infinidad de constelaciones. Sistemas de estrellas de todos los colores del arcoíris girando sin pausa a mi alrededor. Entro en el baño y me observo ante el espejo. Abro los labios y de mi boca salen hilillos iridiscentes que ascienden hasta el techo. ¿Pero se puede estar acaso más drogado de lo que estoy?, me pregunto con cierto humor. Acto seguido me acuesto en la cama y me echo encima tres gruesas mantas para intentar entrar en calor. Y es en ese momento cuando abandono el cielo y entro directamente en el infierno. Ahora entiendo a la perfección el consejo de Santos. 

 «Cielo e Infierno». Aquél es el título del libro de Aldous Huxley en el que el célebre novelista y ensayista narra sus experiencias con la mescalina (principal alcaloide presente en el cactus del peyote). Imposible escoger un mejor título. Y es que yo, de manera semejante a la experiencia de Huxley, dejé atrás de pronto las alucinaciones hipnóticas y paradisíacas para adentrarme de lleno en las visiones infernales. Repentinamente la habitación, las paredes, el suelo, comenzaron paulatinamente a llenarse de alimañas e insectos de toda calaña, hormigas, ciempiés, arañas, escarabajos, serpientes… El pequeño candado colocado en el pestillo de la puerta se transformó en un ratón muerto y sanguinolento. Por más que intentara enfocar la mirada, aquella figura no recuperaba la forma original de simple candado. Intenté varias veces observar la hora en el reloj en mi muñeca, y siempre fue humanamente imposible. Sobre la esfera del reloj innumerables insectos de todos los colores y en permanente movimiento me impedían la visión. Es una fortuna que en estos momentos yo sea yo y no otra persona cualquiera, pensé sin demasiada lógica. Lo que quería decirme es que otra persona cualquiera habría podido entrar en completo pánico ante aquellas aterradoras visiones y alucinaciones. Supe mantener la calma y la entereza. En realidad, lo único que me preocupaba realmente era cuánto podría durar aquel estado de semiespanto.    

De modo que apagué las luces, cerré los ojos, e intenté hacer lo más llevaderas posibles las largas horas de horror que me aguardaban. Sabía a la perfección, al igual que siempre me ha ocurrido con las sesiones de ayahuasca, que conciliar el sueño estaba por completo fuera de mis posibilidades. Así que, tal como suele ocurrir con la ayahuasca (a mi modo de ver, todas las sustancias psicodélicas naturales del planeta están de alguna manera emparentadas, te envían a lugares semejantes y te transmiten mensajes similares), no tuve más remedio que hundirme durante horas en la oscuridad. En la oscuridad del universo. En la oscuridad del ser humano. En mi propia oscuridad. La oscuridad que a todos nos hermana. Visiones del infierno. Seres del inframundo. Entes miserables, de todas las especies (incluyendo la humana) que están obligados a reptar, a arrastrarse, a serpentear, a sufrir. A sufrir y a hacer sufrir. Lo que hace sufrir también está sufriendo. Seres que no han tenido suerte o no la han merecido. Aquellos fueron los mensajes universales que obtuve (acerca de los mensajes que me atañen particularmente, y los cuales siempre considero oro puro, prefiero por razones obvias mantener sobre ellos un tupido velo de discreción). De modo que aquello obtuve durante horas interminables plagadas de visiones provenientes del averno (es muy probable que a posteriori suene todo muy elemental o incluso naif, pero a mí, en aquel momento, aquello me embargó de puro asombro gracias a su plena contundencia y claridad): La maldad es fea (me refiero, claro está, a la fealdad en el plano metafísico, espiritual, aunque dicha fealdad pueda tener también su representación gráfica y simbólica, sobre todo a través de la figura de siniestros animales reptilianos; ya Platón estableció la relación entre ética y estética: lo «bello es bueno»). Pero la fealdad no tiene la culpa de ser fea. La fealdad también desea ser amada. Todo en el universo desea ser amado. El amor es lo que salva, lo que cura, lo que une. La poderosísima fuerza del amor, quizá aún más fuerte que las también poderosísisimas fuerzas del mal y del odio. Porque lo que no es amado suele volverse malo. Lo que no es amado, lo infeliz, intentará hacer daño. Y lo que hace daño, es infeliz. He allí el pecado original, del que todos somos culpables. La falta de amor suele crear la maldad. Amar lo bello es sencillo. No tiene demasiado mérito. Debemos amar también lo feo para que no se transforme en malvado. Debemos intentar amar, hacer lo posible por amar, por apaciguar el sufrimiento de aquello que de otro modo también hará sufrir.    

Piedad y compasión. Tan simple como eso. Algo que han pregonado todos los santos, sabios y visionarios de todas las culturas y religiones a través de milenios, al parecer sin ningún éxito… 

 Lao Tse, Buda, Jesús de Nazareth… todos ellos fueron hombres evolucionados e iluminados que intentaron (francamente sin resultados positivos) transmitir esta sencilla y a la vez revolucionaria verdad, me dije a mí mismo mientras también me preguntaba qué clase de sustancias naturales psicotrópicas habrían consumido respectivamente estos hombres adelantados a su tiempo… a cualquier tiempo. 

 Algunas horas más tarde, imposible calcularlas, las visiones del averno comenzaron a remitir poco a poco. Perdí por completo la noción del tiempo. Con cierto esfuerzo pude despojarme de las gruesas cobijas que me cubrían y levantarme de la cama. Abrí las portezuelas del balcón y me asomé a la plaza. La densa oscuridad se había apoderado del escenario, aunque una muy tenue claridad aún se reflejaba en el lejano firmamento. Unas pocas personas deambulaban entre los puestos de comida ya desmantelados. ¿Estarían recogiendo o montando aquellos puestos? ¿Estaba amaneciendo o aún estaba anocheciendo? Me encontraba completamente desorientado. Al fin pude observar las manecillas en la esfera del reloj en mi muñeca: casi las diez. ¿Pero las diez de qué? ¿De la noche o de la mañana? Evidentemente tenía que ser la noche. ¿Pero la noche de qué día? ¿Sería posible que aquellas visiones me hubiesen torturado durante más de 24 horas? ¿O tan sólo fueron unas tres horas, cuando en mi cabeza me pareció una eternidad? No lo sabía a ciencia cierta (al día siguiente comprobaría que, en efecto, fueron unas tres de vívidas pesadillas infernales). Me acosté de nuevo e intenté conciliar el sueño. Un extremo agotamiento, tanto físico como mental, me embargaba. Sin embargo, experimentaba cierta satisfacción. La satisfacción de haber superado una durísima prueba. Y de haber entablado contacto directo con ciertas verdades que atañen al universo y a mí mismo, verdades que son difícilmente memorizables o expresables, por no decir imposibles de ser comunicadas correctamente. Quizá la mayor verdad de todas sea que la verdad es simplemente incomunicable.   

 De modo que me acosté y me arropé de nuevo bajo las tres gruesas cobijas. La debilidad física, añadida a las bajas temperaturas, me hacían tiritar del frío. Aún tardé una hora más en conciliar el sueño. Por fortuna, las visiones no retornaron. Afuera, las contadas personas que aún deambulaban por la plaza cuchicheaban entre sí. Y yo, con mis sentidos aún extremadamente aguzados gracias al peyote, sentía que hablaban a pocos centímetros de mis oídos. Tenía la sensación, inexplicable una vez más, de hallarme en el centro del universo, o de encontrarme ante la presencia de una especie de aleph borgiano. Sentía que todas las fuerzas del universo habían entablado una tregua en su perenne lucha y se habían dado cita, durante algunas horas, en aquella humilde esquina de la plaza sobre la que la ventana de mi cuarto se elevaba a apenas unos pocos metros. Como en la novela Pedro Páramo, sentía que estaba acechado por espectros que hablaban y cuchicheaban a mi alrededor. Este pueblo es realmente mágico, recuerdo que pensé antes de caer finalmente fulminado por el sueño. 

 A la mañana siguiente, a eso de las 8, me encontraba en perfecto estado para dar inicio a otra jornada plagada de esfuerzo y actividades. Tal como suele ocurrir con las largas sesiones de ayahuasca (tras las cuales, al día siguiente, uno se siente como si en ningún caso se hubiese pasado toda la noche en vela y en medio de agitadas visiones y alucinaciones), nada parecía indicar que yo hubiese pasado el día anterior cabalgando durante varias horas por el desierto y la montaña, luego deambulando largamente por el pueblo y, finalmente, haciéndole frente a aterradoras e interminables visiones acostado en la cama. 

 Tras desayunar frugalmente, emprendí la subida del Cerro del Quemado, considerada una montaña sagrada por los huicholes. Este pueblo indígena, que adora al cactus del peyote no simplemente como un medio de comunicarse con sus dioses, sino como una especie de divinidad en sí misma, realiza cada año una peregrinación colectiva durante centenares de kilómetros por el desierto al tiempo que van recolectando los cactus por el camino. Finalmente, la peregrinación culmina en lo alto de esta montaña, en donde realizan sus rituales y brindan sus ofrendas al gran gamo sagrado (una especie de venado). Según la cosmología de esta comunidad, el gamo sagrado concedió a través de su propio cuerpo el peyote mágico para que los huicholes pudieran comunicarse e incluso fundirse con su Dios. 
Mientras emprendía la subida de aquel hermoso y mágico cerro, iba reflexionando y comprendiendo a la perfección el gran empeño que pusieron los conquistadores (y tras ellos las distintas autoridades, tanto eclesiásticas como gubernamentales, a través de los siglos hasta nuestros días) en prohibir el consumo del peyote por parte de los pueblos sometidos, así como cualquier otra sustancia enteógena a lo largo y ancho de todo el continente: las plantas madre, las medicinas ancestrales, son el camino más sabio y expedito para caer en la cuenta de que las religiones asentadas, así como la ortodoxia religiosa, no son más que falsedades y perversiones de todo cuanto había de verdadero, original y primitivo en la comunicación directa entre el ser humano y las fuerzas sobrenaturales que existen a nuestro alrededor. En nombre de la santa lucha en contra de la «herejía» y la «idolatría», el censor de este tipo de sustancias tan sólo está resguardando la validez de su Dios particular (un Dios amañado y artificial, de más está decir). Y sobre todo, está resguardando la autoridad, el dominio y la opresión que se establece en nombre de ese falso Dios (véase el capítulo dedicado al «Nacimiento de las religiones» y «Prohibición de las drogas«). Las plantas madres, y por extensión las drogas psicodélicas, ya lo hemos dicho, son un atajo que nos ofrecen una fugaz y a la vez muy intensa ojeada a todo cuanto pueda haber de real y verdadero tras el tupido velo de las apariencias que pesa constantemente sobre nuestros ojos. Abren nuestras mentes. Nos hacen cuestionar la realidad que nos han hecho deglutir, la verdad imperante y transmitida a base de fórceps, el status quo que no debemos quebrantar ni tan sólo cuestionar. De ahí el grave peligro que representan para el poder dominante. Es por ello que, a cambio de dejar de lado las «peligrosas» sustancias enteógenas, el poder ha estimulado y promovido entre las comunidades indígenas el consumo del alcohol, la droga más dañina, adictiva y, sobre todo, más embrutecedora (y por tanto legal) de cuantas puedan estar a nuestro alcance. 

 Todo esto pensaba mientras subía la cuesta a paso ágil por las lomas del Cerro del Quemado. Curiosamente, a medida que ascendía, aquellas extraños y altos matorrales entre desérticos y xerófilos, a medio camino entre cactus y palmeras (lamento mi crasa ignorancia en torno a la botánica), y los cuales me acompañaron e incluso me saludaban durante mi espectacular viaje de «Fantasía» el día anterior bajo los efectos del peyote, se iban haciendo más y más numerosos. Finalmente, ya en la cima de la montaña, aquellos erguidos y extraños arbustos (una vez más me dio la impresión de ser completamente alienígenas) pululaban por doquier. La magia, la mística y la energía de aquella montaña eran sencillamente palpables. Quizá era aquella energía mística, y no simplemente las condiciones ambientales y meteorológicas, la que había propiciado la notable congregación de aquellos arbustos que usualmente se mantienen bastante alejados unos de otros. Por algo aquella montaña y no otra había sido escogida por el pueblo huichol como escenario de sus ofrendas y rituales anuales, pensé mientras observaba el impresionante espectáculo de los cúmulos de nubes bajo mis pies y a kilómetros y kilómetros a la redonda. Me aproximé al círculo de rocas en los que cada año se ofician los rituales, y luego me dirigí a una especie de pequeña ermita en cuyo interior, tras las rejas atrancadas, se podía observar el dibujo ingenuo del gamo sagrado, el «Hermano Mayor», cuyo cuerpo estaba totalmente constituido de arriba abajo por pequeños cactus de peyote. Caí en la cuenta en ese momento acerca de algo obvio sobre lo cual me había informado a través de mis últimas lecturas: las sustancias enteógenas no solamente son consideradas el «alimento de los dioses», es decir, las sustancias a través de las cuales el ser humano puede entrar en contacto con las fuerzas sobrenaturales, el mundo de los espíritus, de los muertos y de los ancestros: son los Dioses mismos transfigurados en plantas. No en balde los chamanes suelen afirmar durante las ceremonias de ingesta que «Dios está en nosotros». «Eres Dios», se suele escuchar de boca de los chamanes en aquellos instantes de mayor éxtasis en los cuales nos fundimos en el Todo. El animismo primitivo siempre lo entendió a la perfección: la divinidad (o si se prefiere la «divina conciencia») está en todos nosotros, en cada minúsculo ser viviente que pulula por el universo infinito, es aquello lo que nos conecta y nos hermana. Y esto es algo que no debería extrañar. Ya los antiguos griegos y romanos (y mucho antes que ellos otras civilizaciones más antiguas) identificaron a Dionisos y a Baco en las vides de las cuales se obtenía el elixir sagrado.  Ellos no representaban únicamente «el espíritu del vino». Eran el vino mismo. Ésa es básicamente la razón por la que en las descripciones de arrebatos místicos se suele hacer uso de un vocabulario que remite claramente a estados de embriaguez. Los cristianos, quienes debieron incorporar y manipular las tradiciones y los rituales paganos con el fin de ganar adeptos, idearon una ceremonia bastante similar: la Eucaristía, a través de la cual incorporamos en nuestra cuerpo al mismo Dios, en este caso Jesús para los cristianos.    

De modo que aquel gamo sagrado era Dios-creador y peyote a un mismo tiempo. Permanecí algunos minutos deleitándome con aquel dibujo un tanto infantil, y tras aquello emprendí la caminata al pueblo para desde allí tomar la larga ruta a Ciudad de México, consciente de que aquel emocionante viaje a Real de Catorce permanecería en mi memoria hasta el final de mis días.

Epílogo:
A continuación reproduzco textualmente algunos de los testimonios, provenientes de miembros de diversas comunidades indígenas norteamericanas, que Huston Smith recolectó y publicó en su libro «La Percepción Divina. El significado religioso de las sustancias enteógenas». Los entrevistados pertenecen a la «Iglesia Nativa Americana», una institución que basa sus rituales y ceremonias ancestrales en la ingesta colectiva del peyote:

«Lo que hacemos en nuestra iglesia es honrar al Creador y buscar nuestro lugar en la creación. Intentamos respetar y honrar a nuestras familias y amigos; intentamos tener compasión hacia nuestro compañeros humanos, porque eso es lo que nuestro Creador dice que hagamos. Esta actitud nos llega mediante una hierba sagrada, porque, en realidad, es divina. La llamamos peyote, pero más o menos, debido al efecto que tiene en nosotros, la llamamos nuestra medicina. Es la más poderosa de todas las plantas, porque Dios la dotó con su amor y compasión. Puso esas cualidades en esta humilde planta para que cuando la comamos podamos sentir ese amor que Dios es, y que está físicamente en nuestro interior. Desde allí rebosa compasión por los seres humanos y por otros tipos de criaturas. Nos permite tratarnos con ternura, con júbilo, amor y respeto».

«No podemos explicar nuestra religión. Para entenderla has de tomar su medicina».

«Nuestra palabra favorita para el peyote es «medicina». Para nosotros es una parte del cuerpo de Cristo, al igual que para los cristianos el pan de la comunión es el cuerpo de Cristo (…) Nos cura de nuestras enfermedades temporales, así como de las enfermedades de naturaleza espiritual. Nos quita el fuerte deseo de beber. Cientos de bebedores empedernidos han sido rescatados de sus hábitos empedernidos».

«Parte de la experiencia de estar cerca de Dios es que la medicina te saca las cosas malas que llevas por dentro. Si tienes malos pensamientos o si estás bajo de ánimos, generalmente lo verás todo claro. De este modo, si no vives bien tu vida, el peyote te purifica. Te ayuda a limpiar tu espíritu».

«El peyote inunda todo tu cuerpo, puedo sentir cómo trabaja. Mi mente está clara. Antes no pensaba mucho en lo que estaba bien, pero con el peyote sé que es Dios quien actúa, el mismo Dios que nos los dio».

«La semana pasada aceptamos a un periodista que quería conocer la iglesia nativa americana. Cuando salió del tipi a la mañana siguiente nos contó lo humilde que se sentía. Eso también nos pasa a nosotros. Nuestro sacramento sagrado, el peyote, nos enseña humildad».