Peyote. Primer encuentro fallido.

(Nota: Debido a la fallida experiencia, este capítulo es meramente anecdótico, de modo que es posible obviarlo)  

    Trece años más tarde de mi experiencia con el opio, llegaría el turno del peyote. Por desgracia, esta primera experiencia con el cactus sagrado resultaría bastante decepcionante (y no por el peyote en sí, el cual es una planta increíblemente fantástica que me ha brindado algunas de mis mejores experiencias psicodélicas, sino por todo cuanto rodeó a aquel primerizo encuentro). Ahora que lo veo en retrospectiva, me resulta asombroso comprobar el prolongado espacio de tiempo que medió entre la ingesta del opio y el peyote. Bien es cierto que entremedias se cruzó por mi camino una que otra papelina de LSD. Sin embargo, prefiero no hacer mención a aquellos puntuales y muy esporádicos acercamientos al ácido, puesto que, debido en parte a mi juventud y sobre todo al desconocimiento acerca del infinito potencial que es posible extraerse del LSD (así como de las demás drogas psicodélicas), no supe aprovechar como es debido tales experiencias. Y es que uno de los aspectos más importantes que se han de tomar en cuenta a la hora de ingerir sustancias psicodélicas es tanto el estado mental como el entorno y el contexto (o como suelen decir los anglosajones, «the set and setting»). El entorno (armonioso, pacífico, seguro), así como las condiciones y acompañantes que nos rodeen, han de ser los más adecuados posibles para propiciar un «buen viaje» al que se le pueda sacar el mayor provecho.    

Pues bien, el entorno que acompañó a mi primera ingesta de peyote no fue, ni por asomo, el más idóneo. En realidad, debo decir que fue una experiencia bastante extraña. E incómoda. Pero repito, no por el peyote en sí, el cual apenas tuvo efectos considerables en mí, sino por el ambiente que me rodeaba. Y sospecho que la ausencia de efectos notables sobre mi mente y organismo tuvo mucho que ver con la incomodidad que experimenté en todo momento.    

Recibí la invitación a través de una conocida para ingerir peyote en una ceremonia chamánica que se realizaría en las proximidades de la montaña del Montseny, en la provincia de Barcelona. Tras algunas horas previas de charlas esporádicas y picoteo de frutas en una cabaña (horas que se me hicieron interminables y en las que difícilmente pude socializar con algunos de los participantes), finalmente accedimos todos, a eso de las 10 de la noche, a un tipi (típica tienda de campaña de los indígenas nativos norteamericanos). A partir de ese momento todo cuanto aconteció fue bastante incómodo para mí. Y es que sentí en todo momento que yo no pertenecía a ese grupo de personas, un conjunto ya previamente compactado y a cuyos miembros, debo decir con cierto pesar, califiqué prontamente en mi cabeza como «carne de secta». Para quien no formara parte de aquella especie de comunidad que, obviamente, ya había repetido conjuntamente aquel tipo de ceremonias numerosas veces con anterioridad, aquello resultaba un tanto tenebroso, incluso macabro. Intenté superar mi decepción e incomodidad depositando mis esperanzas en los efectos que el peyote obraría en mí. Por desgracia, nada especial (o al menos nada intenso) aconteció. Y es que uno de los aspectos fundamentales, y esto lo aprendería más tarde a través de las múltiples ceremonias a las que iría asistiendo con el tiempo, tiene que ver con el hecho de sentirse cómodo junto a los demás participantes. O, en otras palabras, es necesaria una mínima dosis de identificación con aquellos que nos rodean. Espero que no se me malinterprete. Todas aquellas personas con las que compartí dicha experiencia, una veintena en total, sin duda alguna eran muy buenas personas (la experiencia me ha enseñado que la gran mayoría de las personas que tienen interés en asistir a este tipo de ceremonias en principio son buenas personas; las malas personas, en cambio, no suelen mostrar ningún interés. Y esto es un tanto comprensible: las personas nocivas por lo general no desean reconducir sus vidas ni corregir vicios ni defectos, y mucho menos están interesadas en realizar un profundo examen introspectivo del que con toda seguridad saldrán muy mal paradas. Y este hecho es bastante frustrante, puesto que sería conveniente para todos que precisamente fueran las malas personas las que sintieran interés en participar en este tipo de ceremonias). El problema, en realidad, y lamento un tanto tener que decir esto, es que parecían todas estar excesivamente «golpeadas por la vida». Rostros de desesperación, gestos suplicantes de auxilio. Antes usé la palabra «carne de secta». Y es que aquello, por desgracia, era a lo que se asemejaba: una secta a medio camino entre la Iglesia evangélica y la Iglesia del Santo Daime (congregación religiosa brasileña cuyos rituales se enmarcan en torno al consumo de la ayahuasca). Mirando los rostros de la gran mayoría de aquellos individuos (entre los que, curiosamente, había niños e incluso bebés a los que también se les dio de tomar el brebaje), yo intuía no sólo un intenso dolor irreparable, sino también una enorme necesidad de encontrar alivio ante aquel profundo dolor, la absoluta desorientación o la soledad insoportable. La ingesta de peyote, en este caso, parecía representar un desesperado y último intento por encontrar alguna especie de milagroso alivio. Fue aquella, por supuesto, la primera vez que intuí con claridad que la principal razón por la que las personas desean asistir a este tipo de encuentros es la búsqueda de alivio y respuestas (y también es ésta la razón por la que en este tipo de ceremonias la presencia de mujeres es siempre abrumadora: por una parte, la proporción de personas buenas y nobles es, sin ninguna duda, mucho mayor entre las mujeres que entre los hombres. Por otra parte, las mujeres no sólo suelen estar mucho más en contacto con sus propios sentimientos y sensaciones que los hombres; también tienen muchos menos reparos que nosotros a la hora de solicitar ayuda). Y también, en ese momento, me di cuenta de que ésa era asimismo la razón por la que yo me sentía completamente fuera de lugar en aquella tienda india de campaña: yo no estaba allí en busca de alivio o respuestas (no al menos en esa primera oportunidad): yo simplemente estaba en busca de una nueva experiencia psicodélica. La simple curiosidad es algo que me ha guiado, para bien o para mal, toda mi vida. De hecho, ni siquiera era consciente en ese momento de que este tipo de sustancias son capaces de brindarte cierto tipo de respuestas y mensajes de enorme valor y trascendencia. Y lo más desagradable de todo es que percibía con meridiana claridad que, a pesar de ser plenamente bienvenido en aquel tipi, yo era allí evidentemente una especie de intruso. En realidad todos los allí presentes lo percibíamos con claridad. Yo era allí un simple viajero psicodélico, llegado de quién sabe dónde, sentado codo con codo con unos seres humanos dolientes, confundidos y necesitados de una mano sanadora. Yo era una energía extraña, foránea, incluso negativa, y lo fui toda la noche. Es una sensación que, por fortuna, nunca se ha vuelto a repetir. Y no sólo gracias a que mis subsiguientes compañeros de ritual han sido, digamos, menos proclives a ser abducidos por los típicos ceremoniales de secta, sino porque yo mismo he descubierto que la búsqueda de cierto tipo de respuestas y mensajes, así como la sanación del dolor que todos, por mínimo que sea, llevamos dentro, me han hecho sentirme mucho más integrado en las posteriores ceremonias grupales en las que he participado. 

Finalmente, tras interminables minutos de soporífero parloteo supuestamente sanador, la ceremonia dio comienzo. El chamán, venido de México, ofreció su «medicina» a todos los allí presentes, incluyendo a niños y bebés. Se trataba de una especie de papilla sumamente grumosa, semejante a la avena, prácticamente imposible de ingerir sin la ayuda de un vaso de zumo de naranja. Pronto las canciones acompañadas de guitarra y los cánticos grupales, la gran mayoría de ellos haciendo referencia a Jesús y la Virgen, se sucedieron de manera incansable hasta el amanecer. Algo más tarde, cuando los primeros efectos de la mescalina (¿cuánto de verdadero cactus de peyote habría en ese extraño mejunje?) comenzaron a percibirse, se iniciaron los bailes primitivos alrededor de la fogata y al ritmo de un tambor, unos movimientos rítmicos y rudimentarios semejantes, supongo yo, a las danzas rituales que ejecutan los indígenas nativos norteamericanos. Debido a aquel papel de «farsante» que yo parecía tener escrito en la frente, no pude ni quise participar en ningún momento en aquellos bailes que, en ciertos momentos, alcanzaban extremos estados de paroxismo. Algunos de los participantes, en pleno estado de éxtasis, vomitaban directamente sobre las llamas de la fogata. Otros lanzaban estridentes alaridos o estallaban en lágrimas. De cuando en cuando el agotamiento parecía someter a los danzantes, momento en que regresaban a sus puestos para allí, cada uno sentado en su sitio, comenzar a entonar de nuevo una interminable serie de canciones, en honor a Dios y la Tierra, que todos los allí presentes se sabían de memoria a la perfección. Cuando las fuerzas eran renovadas, uno a uno comenzaban a ponerse de pie para iniciar de nuevo aquella danza macabra en torno a la fogata que siempre finalizaba en puro éxtasis y paroxismo delirante.   

Yo, por mi parte, intenté varias veces escabullirme de aquel tipi. En más de una ocasión me disculpé con la excusa de tener que evacuar. Sin embargo, nunca pude dar más de veinte pasos en el exterior, puesto que tarde o temprano uno de los dos hombres que flanqueaban la entrada de la choza, quienes se denominaban a sí mismos «guardianes de la puerta», me tomaba por el brazo y me impelía a volver adentro, aduciendo que nadie podía marcharse de la ceremonia ya que en ese caso la «energía se rompería». Me habría gustado responder que era yo precisamente quien estaba creando una «mala vibra» allí dentro, que lo notaba a la perfección por las miradas que de tanto en tanto recibía, y que con mi marcha se restablecería de nuevo la «energía positiva», pero me guardé mis palabras sabiéndolas completamente inútiles.  

De modo que poco a poco las horas fueron transcurriendo. El chamán, cada par de horas, ofrecía una nueva cucharada de aquel polvo grumoso. En cada una de las ocasiones me levanté e ingerí el producto, aún con la esperanza de que aquello produjera en mí algún efecto que permitiera no ya sentirme partícipe de aquel extraño ritual, sino al menos dejar de sentirme tan fuera de lugar. En realidad debo de haber sido el participante que más peyote ingirió durante toda la noche, lo cual era razón de más para ser visto como un «forastero» buscador de experiencias que nada tenía que ver con los allí congregados.  

   Y en cuanto a los efectos de aquella especie de peyote o posible sucedáneo de la mescalina, ¿qué podría decir? El único efecto que en mí produjo fue un aumento considerable de mi energía y cierta hipersensibilización de mis sentidos, algo no demasiado distinto a los efectos que producen las anfetaminas, ya sea en forma de pastilla de éxtasis o en polvo de MDMA. Y apostaría que aquél fue el mismo efecto que obró en todos los demás participantes. Nada del otro mundo, en realidad. Algo que, ciertamente, puede llegar a colocar a las personas (sobre todo a las personas no demasiado habituadas a este tipo de sustancias) en estado de «amoroso éxtasis». Pero esto es algo que yo ya he presenciado demasiadas veces a altas horas en las discotecas y que he experimentado en numerosas ocasiones en carne (y mente) propias. De hecho, pregunté en cierto momento a mi acompañante sentada a mi lado, aquella conocida que cometió el error de invitarme (error que jamás se le ocurriría repetir de nuevo), si había probado alguna vez la MDMA, puesto que aquello me resultaba bastante similar. Respondió, antes de ignorarme de nuevo para proseguir extasiada con los cánticos espirituales, que jamás en su vida había escuchado aquellas siglas.    

Por desgracia, la continuada ingestión de aquel brebaje lo único que conseguía era que yo estuviera cada vez más despierto e hiperexcitado, de modo que no había ninguna posibilidad de que al menos pudiera ausentarme a través del sueño, cosa que sí lograron hacer algunos de los participantes.   

Cuando al fin arribó el amanecer salvador, las danzas y los cánticos culminaron. No obstante, aún faltaba algo incluso peor: la increíblemente larga ronda de impresiones y comentarios. Esto es algo que siempre, sin excepción, he detestado en todas y cada una de las ceremonias en las que se ha desarrollado este fatídico círculo final (por fortuna, no en todas las ceremonias se efectúa dicha ronda oratoria). Recuerdo el modo en que la definió un irlandés bastante gracioso e ingenioso que no sólo compartió conmigo, años más tarde, la ceremonia del sapo Bufo Alvarius, sino también mi repulsa y desinterés (y sobre todo mi vergüenza) ante este tipo de intercambios verbales excesivamente melifluos y emotivos: «the circle jerk», es decir, una imagen metafórica que hace referencia a un círculo de personas que se masturban unas a otras. Esta vez no tuve más remedio que hacerme el dormido (aunque no creo que haya logrado engañar a nadie). Ni por asomo habría podido hacer ninguna clase de comentario, porque para empezar no habría sabido qué decir que no resultase ofensivo a oídos de los congregados. De modo que, durante las siguientes dos horas (así es, dos horas, jamás he presenciado un círculo oral tan prolongado ni tan desesperantemente soporífero), me vi obligado a escuchar las interminables opiniones, impresiones y agradecimientos de unas personas que, haciendo uso de un modo de hablar extremadamente pausado e incluso susurrante, en realidad parecían estar describiendo la mejor experiencia sexual de sus vidas. Lo cual, si se analiza un poco, es algo bastante comprensible. El compuesto activo del peyote, la mescalina, bastante similar en su química a la MDMA (ambos compuestos pertenecen al grupo de las fenetilaminas), consigue, más allá de las intensas experiencias visuales y alucinatorias que por fortuna lograría experimentar en mi segundo y crucial encuentro con el cactus sagrado, no sólo insuflar energía y estimular los sentidos, sino también hacer sentir grandes dosis de amor y empatía (razón por la cual el éxtasis y la MDMA están siendo investigados y utilizados, desde hace años, por diversos laboratorios y centros de investigación para el tratamiento de depresiones y adicciones; no en balde la MDMA y el éxtasis son conocidos en los ambientes nocturnos y fiesteros como «la droga del amor»). Por desgracia, aquella jornada no estaban dadas las condiciones para que yo particularmente también pudiera experimentar y compartir aquellas altas dosis de amor, armonía y empatía.    

Una vez finalizado el «circle jerk» pudimos, ahora sí, abandonar el tipi e ir a la cabaña ubicada a un centenar de metros para tomar un desayuno frugal. Pocos minutos más tarde todos ellos emprendieron, aprovechando aún la energía residual y el buen ánimo que el peyote había inoculado en sus mentes y cuerpos, un paseo grupal por las faldas de la montaña. Esta vez sí pude, al fin, escabullirme sigilosamente hasta mi coche para emprender la huida a Barcelona. Nadie me echó en falta, con toda seguridad. Incluso deben de haber agradecido mi precipitada fuga. Prometí en aquel momento no repetir una experiencia similar ni volver a ingerir peyote. Para mi enorme fortuna, incumplí ambas promesas.