Opio. El comienzo del viaje

Debo comenzar señalando que mi camino a través de las drogas psicodélicas, al menos inicialmente, estuvo marcado por la fortuna. Por la buena fortuna, en concreto. Y esto no debe llamar demasiado la atención. He escuchado y leído en diversas ocasiones que las sustancias enteógenas, y especialmente las «plantas sagradas», suelen aparecer de modo relativamente casual en el sendero de las personas en el momento perfectamente adecuado; es decir, en el momento en que dichos exploradores se encuentran realmente preparados para recibir tal ingesta, de modo que incluso podríamos sugerir que son ellas, al menos en un principio, las que nos buscan a nosotros y no a la inversa. 

 Mi primer contacto con el tipo de drogas que yo, particularmente, podría catalogar como «espirituales», ocurrió hace ya más de 15 años. Bien es cierto que el opio no puede ser considerado estrictamente como una droga psicodélica. Sin embargo, su notable capacidad para despertar y estimular lo que podríamos denominar la «conciencia mística», me empuja a incluirlo y situarlo como el primer eslabón de un camino iniciático, emprendido a trompicones y con total desconocimiento previo, que luego, muchos años más tarde, encontraría continuidad para nunca más ser interrumpido.   

Me encontraba, allá por el año 2005, viajando como mochilero por la India. Decidí finalizar mi periplo visitando el estado autónomo indio de Cachemira, región limítrofe con Pakistán y una de las zonas más militarizadas de todo el planeta. Sin embargo, la omnipresente (y a ratos inquietante) presencia de innumerables patrullas de militares indios, armados hasta los dientes y resguardando cada vía asfaltada, no era suficiente para afear la impactante belleza de un paisaje situado en las faldas de la majestuosa cordillera del Himalaya (cuna, por cierto, tanto del cannabis como del hinduismo y el budismo; una planta sagrada -la «ganja»- y unas doctrinas que guardan una estrecha relación entre sí, relación que, de más está decir, no es en absoluto casual, algo de lo que hablaremos más extensamente en el capítulo dedicado a «las drogas psicodélicas y el nacimiento de las religiones«).   


Srinagar, Cachemira


Decidí hospedarme algunos días en una de las casas flotantes que sobresalen por encima del lago Dal en el hermoso valle de Srinagar (lago también conocido como la «joya de Srinagar», debido a las miles de flores de loto que adornan sus mansas aguas en época de floración y que de inmediato cautivan con su hechizo la mirada del viajero). Mi amable y servicial anfitrión, Rafi su nombre, me acompañaba a diario al pueblo y sus inmediaciones por medio de una rústica barcaza de madera. El último día realizamos un largo sendero a caballo a través de la espesa nieve por las faldas de la imponente cordillera (nos encontrábamos a finales de otoño). Una vez hubimos retornado a casa, ya al anochecer, Rafi hizo cuanto estaba a su alcance para hacerme entrar en calor y propiciar mi merecido descanso tras largas horas de esfuerzo físico. Encendió una chimenea situada a los pies de la amplia cama (de más está decir que aquella casa carecía de sistema de calefacción), permitió que me cubriera con gruesas sábanas, colocó con delicadeza una bolsa de agua caliente bajo mis pies, me hizo beber una humeante taza de té especiada con típico azafrán de Cachemira, y luego, sin poder ocultar una sonrisa pícara y cómplice, me pidió que abriera la mano puesto que, según sus palabras, tenía un regalo especial para mí: «Aquí tienes, opio de Afganistán», dijo, mientras depositaba en mi palma una pequeña tableta oscura y cuadrada, semejante al chocolate, de no más de centímetro y medio por lado. Luego se marchó en silencio dejándome solo en la habitación.   

Ahí me quedé algunos minutos con aquella tableta en mi mano, preguntándome qué debía hacer exactamente a continuación. ¿Debía confiar en Rafi? No en vano me encontraba solo y a miles de kilómetros de casa, sin ninguna posibilidad de comunicación (no había Internet, y dudo mucho de que lo haya hoy en día; tampoco contaba con un smartphone… y hoy en día sigo sin tenerlo). Tampoco sabía mucho acerca de mi amable anfitrión. ¿Qué debía hacer? No lo pensé demasiado y me introduje la tableta en la boca. Aquello fue una buena elección, sin lugar a dudas. Una de las mejores de mi vida (hoy en día pienso que muchas de las mejores decisiones en mi vida han tenido que ver con la ingesta de drogas psicodélicas; y no sólo todo aquello ha sido una de mis mejores elecciones, sino que también muchas de mis mejores ideas, reflexiones y decisiones han surgido en mi cabeza bajo los efectos de este tipo de drogas y en las horas inmediatamente posteriores). Y es que una de las valiosas lecciones que obtuve aquella noche, y que he podido corroborar múltiples veces en los años sucesivos, es que sin una buena dosis de temeridad y valor, y sin la voluntad de ir más allá de ciertos límites que el sentido común y las propias fuerzas internas aconsejan no traspasar, es muy difícil obtener experiencias realmente enriquecedoras. La simple ingestión de drogas tiene bastante que ver con el vencimiento del miedo. Y el vencimiento del miedo tiene bastante que ver con la vida misma. Y con la muerte. Y si hay algo acerca de lo que las drogas, sobre todo las psicodélicas, tienen mucho que decirnos, es precisamente sobre el misterio insondable de la existencia y la sacralidad de la vida y la muerte. 

También fue aquella la primera vez en que tuve la percepción, confirmada luego decenas de veces, de que las sustancias «enteógenas», y tal como su propia etimología sugiere (entheos: «inspirado por los dioses» o «contenedor de divinidad»), constituyen un espectacular atajo, un cañonazo de enorme potencia, que permite acceder de forma acelerada a ciertos estados «místicos» de conciencia, aunque tal raciocinio fue realizado con mayor claridad a posteriori a la mañana siguiente. 

 El sabor era bastante amargo, algo desagradable. Poco a poco la tableta, tras muchos minutos de arduo saboreo, fue deshaciéndose en mi boca. Intenté concentrarme en la lectura de un libro mientras, suponía yo, me iba quedando dormido (Naipaul era el autor, aún lo recuerdo, quien también se había hospedado muchos años atrás en una de aquellas casas flotantes).   

Paulatinamente fue haciéndose cada vez más difícil concentrarme en aquella lectura. No se trataba de que nuevos pensamientos se agolparan en mi mente y dificultaran mi concentración. Más bien se trataba de que poco a poco me iba quedando sin pensamientos. Dejé de lado el libro e intenté concentrarme (es un decir) en lo que estaba sintiendo y experimentando. Y es que precisamente no estaba experimentando nada… o más bien sería más correcto decir que estaba comenzando a experimentar «la nada». Finalmente, tras largo tiempo (no podría determinar cuánto… ¿una hora, dos, tres?… imposible saberlo), me quedé prácticamente vaciado de pensamientos. Estaba ante la «completa nada», ante el «gran absoluto», lo que los budistas suelen denominar como la «pálida luz del Vacío». Y es que ante mis párpados cerrados sólo se extendía aquella infinita luz pálida que todo lo llenaba y a la vez todo lo vaciaba. Lejos de sentir alguna clase de inquietud o temor, lo único que pude experimentar fue una suprema paz interior. Y finalmente, cuando me hube vaciado por completo de todo pensamiento (jamás había logrado experimentar aquello, y tardé luego varios años en volver a experimentar algo similar, aunque nunca idéntico), hice un descubrimiento que, ahora sí, me llenó de asombro… de un muy sereno y reverencial asombro: estaba en presencia de mí mismo. Cuando todo se hubo retirado, cuando todo se hubo vaciado, pensamientos, sensaciones, sentimientos, anhelos, preocupaciones, ego, conciencia… sólo quedaba allí mi Yo. «Cuanto menos haya del yo, más hay del Yo», sentenció con extrema agudeza el maestro Eckhart hace ya casi siete siglos. Aquello era sencillamente asombroso. Nunca antes me había sentido en contacto, en presencia de mí mismo. «Esto es el Yo», supongo que atiné a pensar con apenas los frágiles hilillos de conciencia que aún permanecían semiactivos. Me encontraba, sin ninguna duda, «observando al observador», uno de los pasos esenciales y previos que, según el budismo, anteceden a la «iluminación». «¿Pero qué es el Yo exactamente?», logré preguntarme a continuación, haciendo un último esfuerzo por recuperar el mando de mi conciencia, desbaratando así por un momento aquel entramado de puro ensimismamiento… «¿Dónde está el Yo?… ¿pero qué significa el Yo?… ¿está mi conciencia realmente dentro de mí?… ¿y existe para empezar una conciencia individual?»… ¿no estoy acaso fundiéndome en estos momentos en medio de una conciencia superior… universal?»…conseguí preguntarme una y otra vez un tanto divertido, y también un tanto atónito ante aquel descomunal Misterio, quizá el mayor de todos, que por vez primera lograba atisbar… hasta que finalmente estos postreros pensamientos también se disolvieron y, esta vez sí, me dejé diluir por completo en aquella pacífica, acogedora y serena luz, en el «todo» y en la «nada» a la vez. Así permanecí inmerso sosegadamente en aquel beatífico estado de conciencia, o más bien en aquel estado de no-conciencia imposible de describir acertadamente con palabras, hasta que poco a poco, muchísimo tiempo después, los pensamientos comenzaron, gota a gota, a hacer nuevamente acto de presencia. Algunas horas más tarde, imposible saberlo a través de un reloj que jamás consulté, logré conciliar el sueño, sabedor de que había experimentado por primera vez en mi vida una verdadera «experiencia mística». Tardaría luego unos trece años en experimentar un fenómeno similar.