LSD. El gran poder contracultural

 Del mismo modo que inicié la entrada anterior del diario dedicada a los hongos mágicos, debo empezar diciendo que resulta bastante difícil decir algo nuevo u original acerca del LSD (de modo que no pretenderé hacerlo). ¿Qué no se ha dicho ya acerca de la droga psicodélica más icónica y representativa del movimiento contracultural de las décadas de los sesenta y setenta? Y sin embargo, a pesar de la copiosa información disponible tanto a través de los libros como de la web, es bastante llamativa la desinformación general que rodea a esta fabulosa sustancia psicodélica. Me he cruzado en los últimos tiempos con infinidad de personas que apenas saben algo acerca de esta droga, e incluso con quienes, sorprendentemente, nunca han oído hablar de ella. No hay duda de que la propaganda y las regulaciones tanto prohibicionistas como desinformativas, provenientes principalmente de Estados Unidos a partir de inicios de los setenta, han surtido buen efecto. Resulta sencillamente asombroso, a la vez que descorazonador, que esta droga, la cual prácticamente dio un vuelco por sí sola a la sociedad occidental durante los sesenta, sea hoy poco menos que una perfecta desconocida ante el público mayoritario. Es impensable imaginar el movimiento contracultural y hippie de esa década fructífera y maravillosa (la extraordinaria música revolucionaria -los mejores discos de The Beatles, sin ir más lejos-, el cine rompedor, vanguardista y experimental, los movimientos pacifistas, ecologistas, feministas y en favor de los derechos civiles de las minorías, la liberación sexual, los cambios radicales en la moda, la explosión colorida en todo tipos de diseños, la revolución juvenil, el lema universal «Peace and Love», en fin, cientos de manifestaciones humanas y artísticas que cambiaron al mundo tal como se conocía)… es impensable imaginar todo esto, decíamos, sin tomar en cuenta a estas diminutas y extraordinariamente potentes papelinas que abren la mente y expanden la conciencia como ninguna otra sustancia es capaz de lograr con tan poca dosis. Me resulta imposible imaginar un mayor cambio a todos los niveles, entre una década y otra en toda la Historia de la Humanidad, como el que se escenificó entre los cincuenta y los sesenta. Se abría todo un mundo nuevo, sin la menor duda. Es obvio que apenas una ínfima parte de la población consumió de manera habitual el LSD junto al cannabis (quienes lo hicieron se agolparon mayoritariamente en la costa este de los Estados Unidos y en Londres). Pero muchos de quienes consumieron estas sustancias se convirtieron en líderes visionarios, revolucionarios y juveniles que guiarían a grandes masas de adeptos y cambiarían de manera drástica la cultura popular y el status quo de las anquilosadas y hasta ese momento conservadoras sociedades occidentales. ¡Sin ninguna duda el mundo es mejor hoy en día simplemente gracias al LSD!  

Porque lo primero que hay que destacar es su extraordinaria potencia. Un simple cuadradito de papel-cartón de menos de un centímetro por lado, impregnado con el líquido de la dietilamida de ácido lisérgico (LSD, por sus siglas en alemán) es capaz de provocar, a lo largo de entre seis y ocho horas de duración, extraordinarios efectos en nuestros estados de conciencia, así como vívidas visiones y alucinaciones (es por ello que es recomendable iniciar las experiencias con tan sólo medio «papelito»). No existe otra droga tan potente en relación a la cantidad de la dosis. Es tal la potencia del célebre «ácido» que siempre se ha comentado, en innumerables ocasiones, que un simple maletín de ejecutivo podría almacenar suficiente LSD como para drogar a toda la población de Estados Unidos, esto es, más de 320 millones de personas.   

No ha de sorprender demasiado, pues, el célebre episodio mil veces narrado acerca de «la bicicleta de Albert Hofmann». Este químico suizo (quien por cierto viviría 102 años, algo que muchos sospechan se debió en parte al consumo del LSD, del mismo modo que los chamanes que ingieren regularmente peyote y ayahuasca suelen vivir vidas centenarias) logró sintetizar por vez primera el LSD en el año 1938 a partir del cornezuelo de centeno (un hongo enteógeno que, oh sorpresa, fue consumido regularmente en los rituales sagrados del templo de Eleúsis, en Grecia, por distinguidos personajes como Sócrates, Platón, Aristóteles, Esquilo y Sófocles). Cinco años más tarde, en 1943, Hofmann resintetizó el LSD porque pensaba que «algo había faltado» la primera vez. El científico afirmaría en más de una ocasión que «tenía el presentimiento» de que debía resintetizar el LSD, ya que el LSD le «había hablado» (algo no muy distinto a los testimonios de los indígenas amazónicos, quienes aseguran que la ayahuasca «le habló» a los primeros chamanes que consiguieron dar con la combinación exacta de plantas sagradas). No olvidemos que nos encontramos en el año 1943, es decir, en plena Segunda Guerra Mundial. Son muchos los que se han atrevido a sugerir la posibilidad de que haya una relación directa entre los primeros experimentos con la bomba nuclear y el descubrimiento de las cualidades psicoactivas del LSD, como si de alguna manera, tal como el psiconauta y periodista David Jay Brown ha apuntado, «el LSD pudiera ser un antídoto espiritual a las tendencias agresivas y tóxicas de la especia humana».     

Pues bien, el 16 de abril de 1943 Albert Hofmann ingirió accidentalmente (posiblemente a través de las yemas de los dedos) cierta pequeña cantidad de LSD. Tras aquello, y sintiendo de inmediato los efectos alucinógenos y la notable alteración en el estado de conciencia, retornó de forma apresurada desde el laboratorio a su casa montado en su bicicleta. Una vez en su hogar permanecería reposando varias horas en cama, preguntándose, en medio de visiones, alucinaciones y reflexiones premonitorias, qué había descubierto exactamente. Aquel día, sin duda (y no creo estar exagerando), cambiaría el devenir de la Historia de Occidente.    

A partir de ese momento Hofmann se dedicaría a dilucidar, siempre sin llegar a ninguna teoría concluyente, cuáles habrían de ser los beneficios concretos que se pudieran obtener de aquel sorprendente e inesperado hallazgo. Con tal fin, en los años sucesivos se ocupó de enviar innumerables muestras de LSD a diversas universidades e instituciones de investigación psiquiátrica alrededor del mundo, acompañadas de un escrito que más o menos decía: «Experimentad con esto, descubrid para qué puede servir y compartidlo». Pronto dichas universidades, clínicas, hospitales e instituciones descubrieron el enorme potencial que el LSD albergaba para el tratamiento de pacientes aquejados de depresiones, dolencias mentales, adicciones (sobre todo al tabaco y al alcohol), síntomas de estrés postraumático y enfermedades terminales (así es, exactamente las mismas dolencias para las que sirven todas y cada una de las sustancias psicodélicas que hemos abordado en estos diarios). Por poner un simple ejemplo (entre miles) que a mí personalmente me ha causado bastante interés, mencionaré el caso del famoso actor Cary Grant, una de las grandes celebridades de la Edad Dorada de Hollywood. Cary Grant, quien pasó gran parte de su vida sufriendo una aguda depresión (debido, probablemente, a su velada condición de homosexual), solía rehusar brindar cualquier tipo de entrevista a los medios. Sin embargo, en el año 1960, tras descubrir los increíbles beneficios del LSD, llamó personalmente a la revista Good Housekeeping (histórica publicación estadounidense dirigida las tradicionales amas de casa) y declaró: «¡Quiero hablar sobre esto al mundo! Ha cambiado mi vida. Todo el mundo debería probarlo». Tras aquello, brindaría una de las contadísimas entrevistas que concedería en su vida, todo con el objetivo de recomendar a las amas de casa norteamericanas (él sabría muy bien las razones, muy probablemente en solidaridad con las millones de mujeres deprimidas a lo largo y ancho del país) que probasen habitualmente el salvador «ácido».    

Durante los años sucesivos el LSD rebasaría el ámbito estrictamente investigativo y su popularidad se expandiría, sobre todo en los Estados Unidos. Incluso llegó a ocupar la portada de la popular revista Life en el año 1966. El LSD estaba en boca de todos (literalmente). Artistas, cineastas, músicos, líderes sociales… el ácido, junto a la marihuana, parecía difundirse sin límites y generaba desde sus cimientos todo el movimiento contestario y contracultural. Tal como decíamos, es imposible concebir el movimiento pacifista hippie de los sesenta sin tomar en cuenta los «tripis». El excéntrico y genial personaje Timothy Leary se convirtió en el gran gurú y promotor del consumo del LSD en Estados Unidos. Su célebre mantra «Turn on, tune in, drop out» (que podríamos traducir como «conecta, sintoniza, déjate llevar») sería repetido por millares de jóvenes en todo el país. Dicho movimiento antibelicista logró poner al gobierno de Richard Nixon contra las cuerdas, razón por la cual, con el objetivo de aplastar la disidencia hippie y enviar a la prisión a miles de «peligrosos» activistas, la administración Nixon decretó la ilegalización del LSD (dos años más tarde también se prohibirían, además del cannabis, otras y muy variadas sustancias psicodélicas, tales como la psilocibina, la DMT, el peyote, la mescalina, etc…). No sólo se trataba de reprimir al movimiento pacifista, sino también de sacar de circulación unas sustancias que, por medio de la expansión de conciencia y la apertura de mente, conducen a los ciudadanos a cuestionar todo el status quo sobre el que se basan nuestras sociedades patriarcales, hipercapitalistas, desigualitarias y belicistas. Incluso Tim Leary se convirtió en «enemigo público número uno» y debió pasar una temporada tras las rejas. Richard Nixon llegó al extremo de calificar a Leary como «la mayor amenaza para Estados Unidos». Se había iniciado una campaña de prohibición y demonización del LSD que duraría largas décadas. Los gobiernos de todo el planeta, capitaneados por el gran gendarme global, Estados Unidos, se encontraban claramente atemorizados y se sumaron a la campaña prohibicionista y difamatoria. Y no era para menos. Tal como expresó Claudio Naranjo en una conferencia mundial sobre la ayahuasca: la única posibilidad de llevar a cabo en la actualidad una verdadera revolución mundial pasa por el uso generalizado de las sustancias psicodélicas.    

Por fortuna, esta demonización parece estar llegando a su fin. Hoy en día, y del mismo modo que ocurre con la psilocibina, numerosas clínicas e institutos privados, sobre todo en Estados Unidos, han aprovechado cierta laxitud en las políticas prohibicionistas y represivas y han retomado los estudios sobre los beneficios del LSD en pacientes aquejados de diversas dolencias mentales (depresiones, miedo, angustia, ansiedad, neurosis, traumas). Y es que, tal como dejó escrito el propio Albert Hofmann, «la crisis espiritual que se manifiesta en todas las esferas de la sociedad occidental industrial sólo se puede remediar con un cambio en nuestra visión del mundo. Tendremos que cambiar la creencia materialista y dualista de que la gente y su entorno están separados, por una nueva conciencia de una realidad omnipresente que acoge al ego experimentador, una realidad en que las personas sientan su unidad con la naturaleza animada y toda la creación. Todo lo que pueda contribuir a semejante alteración fundamental en nuestra percepción de la realidad merece nuestra más seria atención. Ante todo, entre estos enfoques se encuentran los distintos métodos de meditación, destinados a profundizar en la conciencia de la realidad mediante una experiencia mística total. Otro camino importante, pero todavía controvertido, que conduce a la misma meta es el uso de las propiedades de los psicofármacos para alterar la conciencia».     

Los efectos del LSD son algo similares a los de los hongos (ya descritos en el capítulo anterior), sólo que mucho más potentes e inmediatos. Y no ha de extrañar demasiado esta semejanza, pues el LSD, tal como ya apuntamos, se obtiene sintetizando un alcaloide llamado ergotamina, el cual a su vez se obtiene del cornezuelo, un hongo alucinógeno. De modo que gracias al «tripi» nos encontramos de nuevo con la paulatina y creciente sensación de extrañeza ante un mundo circundante que pareciera volverse poco a poco más enigmático, mágico, misterioso; la también hipnótica sensación de interconexión espiritual a través de todos los elementos de la realidad, visibles o no; la progresiva disolución del yo egotista; la aparición de nuevos pensamientos, nuevos enfoques, nuevas reflexiones nunca antes abordadas; las alucinaciones y las visiones, mucho más potentes en comparación con la psilocibina y siempre diversas en función de cada individuo, no tardan en hacer acto de presencia (dependiendo, por supuesto, de la dosis ingerida).    

La primera vez que probé los ácidos fue hace ya unos quince años. Del mismo modo que le ha ocurrido a innumerables personas con las que he charlado acerca de sus primeras incursiones, no disfruté demasiado de aquella experiencia inicial. Sencillamente, al igual que esas personas, yo no estaba preparado. Tal como muchos chamanes suelen afirmar, las «medicinas» llegan para quedarse a nuestras vidas en el momento adecuado. Pareciera que fueran ellas las que te encontraran y no a la inversa. Como decía, aquella primera experiencia no fue satisfactoria. Y no lo fue por simple desconocimiento. Al igual que infinidad de individuos que no saben muy bien lo que están buscando y menos lo que están encontrando, en medio de mi inmadurez probé el LSD con el simple objetivo de obtener una nueva experiencia recreativa. Y la obtuve, al menos durante unas horas. Luego, debido a la larga duración de los efectos y al no hallarme en un entorno apacible, comencé a experimentar lo que comúnmente se conoce como un «mal viaje». No conocía yo en ese momento la importancia de lo que Tim Leary llamaba el «Set and Setting», es decir, el estado mental y el entorno adecuados para ingerir cualquier clase de sustancia enteógena. Y tampoco estaba al tanto de las extraordinarias cualidades terapéuticas del ácido lisérgico, de modo que no supe aprovecharlas. Resulta obvio señalar que es posible obtener fantásticas experiencias recreativas a través del LSD (yo las obtengo hoy en día, ya sea en fiestas, reuniones, conciertos de rock o en salas de música electrónica). Pero para llegar a ese punto es altamente recomendable haber tenido varias experiencias previas en entornos apacibles que propicien no sólo el proceso de introspección y autoanálisis, sino también, y esto es muy importante, el conocimiento de nuestros límites y resistencia ante este tipo de sustancias. De modo que transcurrieron muchos años hasta que nuevamente, y sólo tras haberse despertado en mí esta fascinación e interés por las sustancias piscodélicas a raíz de mi primerizo encuentro con la ayahuasca, incursioné una vez más con el LSD. Y esta vez el encuentro fue memorable. Y tanto es así que el LSD se ha convertido en una de mis drogas favoritas y quizá la que consumo hoy en día con mayor asiduidad tras la marihuana (tal vez en promedio una papelina completa cada dos meses, así como pequeñas microdosis, varias veces al mes, que no afectan el estado de conciencia al tiempo que estimulan la creatividad y el buen humor).   

Y también lo es ahora de mi esposa. Claudia, mi conejillo de indias particular, ha probado, instigada por mí pero a la vez dando muestras de gran curiosidad y valentía (sobre todo para comprender el «interés psicodélico» de su marido), la ayahuasca, la DMT, el Bufo Alvarius, los hongos y por último el LSD. Y ha afirmado con pleno convencimiento que, entre todas estas drogas, nada había tocado tanto las fibras de su ser ni la había conmovido de tal manera como esta última sustancia.   

Hace unas semanas desde el momento en que escribo esto, Claudia tuvo su primer e inolvidable encuentro con el LSD. Ya llevaba yo varias semanas intentando encontrar el momento adecuado para que probara una sustancia que, le aseguraba repetidas veces, le causaría un impacto similar al que me había provocado a mí la segunda vez que lo probé. «Tenemos que compartir esto un día», le decía yo en medio de mis intensas sesiones particulares. Por incompatibilidades en nuestros horarios laborales, y sobre todo debido a las condiciones meteorológicas adversas (nos encontrábamos en invierno), no habíamos podido encontrar el momento adecuado. Considero altamente recomendable, tanto para las sesiones de psilocibina como de LSD (principalmente si se tiene acceso o proximidad con la naturaleza), disfrutar desde temprano de un buen día soleado. Aquello garantiza no sólo el disfrute al máximo de la intensidad de los colores y de la espectacularidad de la naturaleza, algo que sin duda alguna se transmite a tu espíritu y lo llena de alegría y armonía, sino además, y esto es muy importante si hay algún neófito como participante al que hay que «cuidar» de alguna manera, aquello aleja las probabilidades de experimentar un «mal viaje». Con el LSD hay ciertos momentos (pocos, por fortuna) en los que la línea limítrofe que separa una buena experiencia de una desagradable es bastante frágil, y he comprobado en repetidas ocasiones que la presencia del astro sol en todo su esplendor garantiza el ensanchamiento de dicha frontera. También es cierto que, según la opinión de muchos psiconautas (opinión que comparto al completo), no existen las «malas experiencias» en relación a las drogas psicodélicas, puesto que son precisamente las experiencias desagradables las que quizá brinden los mayores descubrimientos y las mejores enseñanzas. Pero como decía, cuando se trata de involucrar a personas poco habituadas, es mejor intentar brindar la mejor experiencia posible.     

Tal como suelo hacer con los hongos mágicos, y en virtud de la larga duración de la experiencia psicodélica, me gusta dividir las sesiones en dos partes. La primera de ellas consiste en dar la bienvenida a los primerizos efectos de la droga en medio del campo y disfrutar allí de la vivacidad de los colores y de la magia de la naturaleza, cuyo misterio insondable pareciera querer abrirse ante nuestros atónitos y a la vez extasiados sentidos. Tras pasar un par de horas disfrutando de aquella experiencia intensamente mística, regreso a casa (es la ventaja de vivir en el campo) y entonces allí me recluyo, acostándome en el sofá o en el suelo, preferiblemente fijando la mirada sobre cualquier objeto o superficie que contenga formas geométricas. Es entonces cuando doy inicio al profundo proceso de instrospección. Para ello hago uso de una música previamente seleccionada que recomiendo a todos vosotros. Si no se desea disfrutar del completo silencio, es muy importante al menos evitar cualquier música estruendosa. Me gusta comenzar con la delicada música minimalista de Erik Satie. De allí paso a las partitas para violín o las suites de violonchelo de Bach (un instrumento virtuoso en solitario, acompañando los efectos del LSD o de la psilocibina, es capaz de llevarte en volandas y hacerte viajar hasta parajes insospechados… incluso hacerte llorar). Aquello podría durar horas. Los cantos místicos y étnicos de Sheila Chandra son también arrebatadores. Finalmente, hallo enorme placer en sumergirme de lleno en los discos de Radiohead post «Ok Computer» (los álbumes «Kid A», «Amnesiac» y «In Rainbows» son extraordinarios acompañamientos para estos estados de conciencia) o en alguno de los discos clásicos de Pink Floyd.   

Pues bien, durante aquella última e inolvidable sesión, Claudia y yo disfrutamos como niños de la magia y del encantamiento de la naturaleza. Yo, que había ingerido una papelina completa de LSD, me hallaba experimentando fuertes alucinaciones que me recordaron sobremanera a las percibidas un año atrás durante mi ingesta de peyote en el desierto mexicano. Tal era el ininterrumpido movimiento ondulatorio de las formas y de los explosivos colores a mi alrededor, que tenía la sensación, al igual que aquella vez, de hallarme inmerso en un cuadro viviente de Van Gogh (artista visionario donde los haya). La naturaleza parecía de alguna manera eclosionar a mi alrededor, dando la impresión de convertirse por momentos en un Jardín del Edén ante mis pasmados ojos. Las visiones de Claudia, que sólo había ingerido media papelina, eran naturalmente menos intensas, al menos por los momentos, y se limitaban a una leve ondulación y vibración en los colores y texturas de los objetos más cercanos. En cualquier caso, a tenor de la expresión beatífica que en todo momento se reflejaba en su rostro, estaba claro que se lo estaba pasando extraordinariamente bien. Y así permanecimos unas dos horas, prácticamente en silencio y caminando un breve trecho de cuando en cuando, siempre acompañados de nuestras perras, hasta que encontrábamos un nuevo sitio idóneo en el que sentarnos para continuar disfrutando de la apabullante belleza circundante y de aquella evidente conexión espiritual con la naturaleza.   

Prácticamente debí tomarla del brazo y obligarla a retornar a casa, puesto que perfectamente habríamos podido pasar largas horas allí disfrutando de aquel estado de arrobamiento y beatitud. Y aquello no habría estado nada mal, sin ninguna duda, pero yo deseaba que ella también disfrutara en casa del beneficioso y terapéutico proceso introspectivo antes de que los efectos lisérgicos menguaran. De modo que una vez en casa nos sentamos en el patio y continuamos disfrutando de los majestuosos colores del cielo mientras la hipnótica música de Radiohead nos hacía volar aún más lejos (debido a la lamentable brevedad de un día invernal decidí saltarme a Bach y Erik Satie). Y fue entonces cuando Claudia experimentó lo que sólo puede ser descrito como una «epifanía». De pronto y sin mediar palabra comenzó a llorar a moco tendido. Yo, que en ese momento me hallaba de pie delante de ella y balanceándome al sosegado ritmo de la extraordinaria «Pyramid Song», no me preocupé demasiado, de modo que dejé que su intenso llanto fluyera libremente. Ya sé por experiencia que aquellos llantos repentinos bajo el efecto del LSD no son nada inusuales e incluso son bastante recomendables, pues obran una extraordinaria limpieza interior. Luego, algunas horas más tarde, cuando ya los efectos nos habían abandonado, me comentaría lo que había visto: una especie de extensa capa conformada por un tejido de «formas bacterianas psicodélicas» se había expandido ante sus ojos. Dicho tejido había comenzado a abarcarlo todo con lentitud: el suelo, las paredes, mi cuerpo, el cielo… Finalmente todo se había cubierto bajo esa «tela psicodélica». No había diferencia alguna entre las diversas texturas. Todo había quedado de alguna manera diluido y fundido en una misma sustancia. Y entonces ella entendió. Reproduzco a continuación el diálogo que mantuvimos cuando al cabo de unos minutos, al finalizar la canción, me senté a su lado:     

Ella: Sé que lo que voy a decir suena demasiado a cliché… Pero es que no hay palabras para explicar esto…      

Yo: Lo sé. No existen esas palabras.     

Ella: Pero lo he sentido. Acabo de sentirlo. Está clarísimo. Estamos todos conectados. Somos uno. Acabo de entenderlo…     

Yo: Sí, suena bastante hippie. En fin… bienvenida al club.      

(breve pausa)     

Yo: ¿Pero no lo habías percibido antes por medio de la ayahuasca? ¿O con los hongos?     

Ella: No de esta manera. No con esta intensidad. No con esta claridad. Y también he entendido lo estúpidos que somos los humanos, siempre preocupados por tonterías, nunca entendiendo esta conexión. ¿Pero por qué la Naturaleza no nos envía este mensaje con mayor claridad? ¿Por qué no habla más alto y claro?   

(permanezco algunos instantes rumiando una respuesta…)   

Yo: Yo creo que sí lo hace. Todo el tiempo. Los animales saben que existe esta conexión. Y las plantas. Todos los seres en la Tierra, y la Tierra misma, perciben esta conexión. Quizá no son conscientes, pero aún así lo saben. Lo saben todo el tiempo. Somos nosotros los que decidimos dejar de saberlo. Nos apartamos. Cortamos esa conexión. Nos tapamos los ojos y los oídos voluntariamente. Estas drogas tan sólo nos muestran y nos recuerdan algo que debería ser evidente. Que es evidente.   

Ella: Quizá…    

(tras algunos minutos escuchando Radiohead)   

Ella: Todo el mundo debería probar esto. Todo el mundo entendería lo que yo estoy entendiendo en estos momentos.   

Yo: No estoy tan seguro de eso. ¿Tú crees que Donald Trump sería capaz de entender algo de esto? Estas sustancias son maravillosas, pero no milagrosas. Se requiere algo para comenzar, cierta inteligencia, cierta sensibilidad. Y por otra parte, las religiones no lo permitirían. Por no hablar de los gobiernos…   

Ella: ¿Pero por qué? Si esto es precisamente la demostración de la existencia de fuerzas sobrenaturales, superiores, o como quieras llamarlas… Y de que todos formamos una unidad. De que somos pequeñitos. ¿No se trata de eso justamente el mensaje básico de las religiones? ¿Cómo no lo han utilizado a su favor?   

Yo: Simplemente porque te darías cuenta de que lo que nos han estado vendiendo las religiones es básicamente falso. Los dogmas no concuerdan con la experiencia vivida personalmente a través de estas sustancias. Estas visiones han sido acusadas durante siglos de herejía. Brujería. En todo caso, la verdad, la «verdadera verdad», se encuentra en el chamanismo, en el animismo, no en las religiones consolidadas. No son compatibles. De allí las prohibiciones… Pero sí, por supuesto que estoy de acuerdo en que todo el mundo debería probar esto. Debería ser incluso obligatorio. Pero la gente tiene miedo…   

Ella: ¿Pero miedo de qué exactamente?   

Yo: No estoy muy seguro, la verdad. Quizá miedo a que todo tu entramado mental se venga abajo de pronto. Eso puede dar mucho miedo. Te hablo por experiencia…   

…y así continuamos un buen rato más, manteniendo esta manida conversación millones de veces repetida antes que nosotros por incontables seres humanos que descubrieron una simple verdad… una verdad que, a pesar de ser evidente y elemental, nunca ha dejado de ser estremecedora. Y, sobre todo, se trata de una sencilla verdad incomunicable a través de las palabras adecuadas. Tan sólo es posible experimentarla. Y eso ya es bastante.