Hongos mágicos. El principio de todo.

Qué se puede decir acerca de los hongos mágicos que no se haya dicho hasta ahora…  No pretenderé agregar nada nuevo ni intentaré ser original (no creo haberlo hecho hasta ahora, de todas maneras), de modo que me limitaré a abordar algunos temas en honor a la magia de la psilocibina, sin duda alguna y desde mi punto de vista la más esencial de todas las sustancias enteógenas que generosamente nos ha brindado la madre naturaleza (que bien sabe lo que hace, siempre). 

    Los hongos mágicos son el principio de todo. Fueron las sustancias que propiciaron, cuando nuestros antepasados homínidos apenas podían ponerse en pie, el nacimiento de la «conciencia mística». Aquellos primates, nuestros antecesores, al ingerir los hongos pensando que pudieran ser un simple alimento, entraron en contacto con un mundo sobrenatural que es imperceptible bajo los habituales y cotidianos estados de conciencia. Descubrieron que había «algo más» a nuestro alrededor. Lo intuyeron, lo percibieron, lo experimentaron. Y a continuación, a través del paulatino desarrollo del lenguaje y la civilización, comenzaron a rendirle respeto y culto. Estábamos en los albores del nacimiento del chamanismo y de las posteriores religiones.

    Siguiendo la «Teoría del Mono Drogado («The Stoned Ape Theory») desarrollada por el célebre psiconauta Terence Mckenna, fue la psilocibina (principio psicoactivo presente en las setas mágicas) la propiciadora no sólo de nuestra conciencia mística, sino también del desarrollo de la inteligencia humana a través de cientos de miles de años. Según esta plausible teoría, los hongos mágicos (así como muchas otras sustancias enteógenas presentes en la naturaleza) han estado detrás de los grandes saltos intelectuales y cognitivos que ha experimentado el homo sapiens a lo largo de su historia. 

    Pero volvamos al tema del nacimiento del misticismo o, si se quiere, del sentimiento religioso. Basta con probar unos pocos gramos de los hongos mágicos, en cualquiera de sus múltiples variedades, para empezar a percibir lo que Chesterton definía como «el encantamiento del mundo». No ha transcurrido ni una media hora cuando ya nuestros sentidos comienzan a intuir que hay algo mágico, misterioso, enigmático en todo aquello cuanto nos rodea. Se ha entornado de pronto una fascinante puerta ante nosotros a través de la cual podemos vislumbrar una exigua parte de la enigmática e incognoscible «verdad universal». No es necesario tener visiones o alucinaciones (las cuales, en efecto, se pueden obtener si nos excedemos con la dosis) para caer en la cuenta de que un mundo plagado de fuerza, poder y «espíritu», un universo interconectado entre sí y en el cual nosotros obviamente nos hallamos fundidos, se despliega poco a poco y mágicamente ante nosotros. No ha de extrañar, por tanto, que las primeras concepciones religiosas primitivas (y según mi opinión, siempre las más acertadas hasta el día de hoy, pues se basaban en la experiencia propia y personal y no en dogmas pervertidos y transmitidos por generaciones), no debe extrañar, decía, que dichas concepciones intuitivas desembocaran mucho más tarde en un sistema de creencias que los antropólogos han englobado bajo el término de «animismo» (el cual a su vez daría forma muchos siglos más tarde a una corriente filosófica bastante emparentada: el panteísmo). Y es que todo comienza a cobrar vida por doquier… me refiero a una vida espiritual, etérea, metafísica si se quiere. Cada árbol, cada ave, cada insecto, cada diminuta hoja agitada por el viento da la impresión de querer transmitirnos al unísono un mensaje misterioso y compartido en el que palabras como «unidad», «espíritu» y «conexión» parecen llamar a la puerta. Y es que resulta bastante difícil permanecer incrédulo cuando las energías invisibles y sobrenaturales se hacen perceptibles ante unos sentidos humanos asombrosamente estimulados e intensificados. Y lo que viene a continuación (tal como sucede también, aunque en mucha mayor intensidad, en las largas sesiones de ayahuasca… no en vano me gusta denominar a los hongos como «mini-ayahuascas») es una sensación de profunda humildad y de agradecimiento que nos embarga hasta conducirnos a una especie de éxtasis místico.

Después de haber brindado esta somera y sucinta descripción de los efectos, se comprenderá ahora que la psilocibina se haya utilizado ampliamente a lo largo de la década de los sesenta, principalmente en Estados Unidos, como herramienta terapéutica en el tratamiento de patologías mentales, adicciones, depresiones, síndrome de estrés postraumático, así como en infinidad de pacientes aquejados de enfermedades terminales. Los beneficios son incontables (basta con echar un rápido vistazo por Internet tecleando las palabras «psilocibina»+»terapia» para hallar una interminable ristra de entradas, así que intentaremos no extendernos demasiado en el tema). No se trata únicamente de los intensos sentimientos de amor, paz, armonía, humildad, agradecimiento, unidad e interconexión que es capaz de brindar el hongo mágico, algo sumamente útil no sólo en momentos de desdicha, tristeza o depresión, sino sobre todo a la hora de encarar el difícil tránsito hacia la muerte. También se trata de los profundos estados de conciencia, incluso bajo pequeñas dosis, a los que se puede acceder, lo cual es un elemento de enorme valor a la hora de comprendernos a nosotros mismos, superar traumas del pasado, así como corregir vicios y errores. Me refiero, sobre todo, al modo en que los hongos (y demás drogas psicodélicas) permiten generar nuevos modelos y caminos reflexivos, «nuevas perspectivas», que nos saquen del habitual bucle vicioso de pensamientos obsesivos, autodestructivos o depresivos. Se trata, a grandes rasgos, de una rápida «desprogramación» de los patrones de pensamientos habituales. Y no debemos, por supuesto, excluir la certeza brindada por los hongos sagrados de que el perdón, ante los demás y sobre todo ante nosotros mismos, es algo que debería guiar nuestro difícil camino siempre plagado de dificultades. 

    Según palabras textuales de Dennis Mckenna, botánico, farmacólogo y también célebre psiconatuta al igual que su fallecido hermano Terence, «una de las cosas que hacen los psicodélicos (y esto ha sido demostrado a través de la neurofisiología y la neurociencia) es que suprimen aquellas partes del sistema límbico cerebral que están involucradas con el establecimiento de límites entre el «ser» y el mundo. Las sustancias psicodélicas disuelven esos límites, y nosotros invertimos una enorme cantidad de tiempo en definir quiénes somos y qué es aquello que nos separa de todo lo que está ahí afuera (cuando, en realidad, eso no es más que una ilusión)». Y creo que ya todos sabemos que una de las mejores sensaciones que nos aleja de la tristeza y la depresión es el sentimiento (real, verdadero) de que formamos parte de algo mucho más grande que nos trasciende a todos.     

Tras la fatídica entrada en vigor, en el año 1970, de la Ley de Sustancias Controladas en Estados Unidos (un error garrafal del que nos ocupamos en el capítulo dedicado a «La Prohibición de las Drogas» ), pasarían largas décadas hasta que diversas instituciones psiquiátricas pudieran volver a experimentar con la psilocibina en pacientes, sobre todo aquellos aquejados de severas depresiones y enfermedades terminales. Hoy en día, principalmente en Estados Unidos, comienzan a proliferar por doquier las clínicas e instituciones privadas que hacen uso de los beneficiosos, y aún en parte inexplorados, efectos de los hongos mágicos. Por otra parte, también se está extendiendo (principalmente en la costa oeste del país norteamericano, y más en concreto entre los trabajadores de Silicon Valley) el fenómeno de las «microdosis» tanto de psilocibina como de LSD, algo acerca de lo cual habla profusamente el escritor y divulgador Michael Pollan en sus exitosos libros. A través de estas microdosis diarias, las cuales no son capaces de generar apreciables «cambios de conciencia», cualquier individuo puede mejorar sus habilidades laborales, sobre todo si éstas tienen que ver con la creatividad o con la actividad intelectual (no olvidemos la teoría de Terence Mckenna, según la cual el homo sapiens experimentó grandes saltos en sus capacidades cognitivas gracias a la igesta habitual de los hongos y otras sustancias psicodélicas semejantes). Y es que, sin duda, una de las sensaciones más habituales y comúnmente relatadas es la de que uno se vuelve temporalmente «más inteligente».   

Un último apunte antes de relatar sucintamente, a manera de ejemplo, una de mis últimas experiencias con la psilocibina. Se trata del curioso fenómeno, ampliamente corroborado, de que los hongos mágicos por lo general crecen precisamente en aquellos territorios naturales que están siendo invadidos y arrasados por el rodillo de la civilización humana. Es sabido, por supuesto, que la mayoría de estos hongos alucinógenos suele germinar en medio de los excrementos del ganado vacuno, es decir, justamente donde el ser humano ha iniciado las actividades de ganadería y agricultura que indefectiblemente culminan con la destrucción de la naturaleza virgen circundante. Lo que nos ha llevado a muchos a formular una pregunta lógica: «¿será esto simplemente casual, o la naturaleza está intentando enviar un mensaje al (destructor) ser humano por intermediación de un simple hongo?». Como respuesta, aprovechemos la anterior mención de Dennis Mckenna para brindar la teoría que él mismo ha brindado: «Yo creo que una parte del mensaje (al menos según mis propias experiencias personales con psicodélicos, así como las de muchos otros) es que Gaia, el planeta, está intentando compartir con nosotros un mensaje a través de estas plantas, a través de estas sustancias que parecen ser muy similares a nuestra química neuronal: el mensaje de que debemos despertar, de entender el contexto en el cual habitamos este medio ambiente, y entender de nuevo que somos parte de la naturaleza, y que tenemos que nutrir a la naturaleza. Tenemos que ser humildes y, como especie, no somos especialmente humildes. Y también tenemos que entender que nosotros no somos dueños de la naturaleza, y la naturaleza no está ahí para ser explotada, esquilmada, destruida. Tenemos que redescubrir una actitud diferente hacia la naturaleza, un modo diferente de mirar a la naturaleza y de vivir en ella».     

Por todo esto, lo más recomendable a la hora de ingerir hongos (así como LSD) es buscar un ambiente apacible, preferiblemente en medio de la naturaleza. Otra posibilidad (o poner ambas en práctica, una detrás de otra, que es lo que yo suelo hacer) es refugiarse en casa, solo o en buena compañía, escuchando música adecuada (hablo más sobre ello en el capítulo dedicado al LSD) o en completo silencio, para de este modo poder alcanzar profundos estados de introspección y autoanálisis. Los grandes conocedores de las drogas psicodélicas (me viene a la mente al instante Timothy Leary) siempre han hecho muchísimo hincapié en la importancia del Set (estado mental adecuado, relajado, sereno, «intención» clara) y el Setting (entorno apacible). Incontables veces he charlado con personas que han relatado malas experiencias («bad trips») tanto con los hongos como con el LSD. Ansiedad, miedo, paranoia, psicosis… estados mentales tortuosos que les han llevado a no querer repetir la experiencia. A continuación les he preguntado dónde y con quién ingirieron los hongos o los ácidos, y las respuestas, sin excepción, tienen mucho en común: lo hicieron en medio de un ambiente plagado de estímulos (fiestas, reuniones sociales, entornos urbanos) en los que además numerosas personas se hallaban presentes. Nada menos recomendable para cualquier experiencia con los hongos, sobre todo si no se han hecho muchas incursiones previas. Es posible, en efecto, obtener buenas experiencias durante actividades grupales, incluso en conciertos de rock o eventos de música electrónica (yo suelo hacerlo de vez en cuando), pero para ello es imprescindible no sólo conocer los propios límites, sino también haber generado previamente cierta resistencia (el organismo genera con rapidez resistencia ante las drogas psicodélicas, si se toman con asiduidad… Por cierto, aprovecho para recalcar algo que ya he mencionado en varios de los artículos: no existe ninguna posibilidad -y ningún estudio ha podido demostrarlo hasta ahora- que alguna de estas sustancias pueda generar adicción. Eso es una completa falacia difundida con absoluta premeditación y alevosía -e ignorancia- por parte de las estructuras del poder). Por tanto, mi recomendación principal, sobre todo si existe cierta proximidad entre la naturaleza y la vivienda propia o la de algún amigo, es lo que yo suelo hacer con mayor frecuencia: caminar por la naturaleza, alternando sentadas, durante un par de horas (los efectos, bajo una dosis estándar, suelen durar aproximadamente unas seis horas), y luego recluirse el resto de la jornada en casa reposando preferiblemente en un sofá (el suelo también es bastante recomendable). Charlar serenamente con amigos que también compartan el mismo «viaje» también es bastante fructífero y gratificante. Si sólo se puede hacer una de estas dos actividades, bienvenida sea. Te aseguro que no te vas a arrepentir, querido lector.    

Los hongos mágicos, tal como ya hemos señalado, suelen crecer en ambientes naturales donde paste ganado vacuno y suela llover en abundancia. Latinoamérica (con México y Colombia a la cabeza) son dos países en los que abunda la psilocibina en sus múltiples variedades. Por desgracia, los hongos muy rara vez se comercializan, no tanto por las (idiotas) prohibiciones gubernamentales, sino porque los efectos de las setas pierden su eficacia a través del empaque y el transporte. Han de ser ingeridos in situ. Por fortuna, el ingenio humano ha encontrado un sustituto perfecto: las trufas mágicas. La trufa, como bien sabréis, forma parte de la misma planta, sólo que es la parte del vegetal que permanece bajo la tierra. Contiene todas las propiedades del hongo del que forma parte (incluyendo, por suerte, las psicoactivas). Y pueden comercializarse, transportarse e ingerirse perfecta y legalmente sin que mengüe su efectividad. Existe una amplia oferta en Internet de empresas que comercializan las trufas mágicas a través del correo ordinario. Es lo que yo suelo hacer, así que no dudo en recomendar este procedimiento que no comporta ningún riesgo. Suelen venderse por bolsitas de 10 a 15 gramos de trufas (las cuales hay que guardar en la nevera), clasificadas según su potencia. En caso de principiantes, yo recomiendo empezar por un tipo de trufa de nivel suave o medio y probar al menos 10 gramos. No hay que tener ningún miedo. El sabor es algo amargo, pero en ningún caso desagradable. Para mejores efectos, se recomienda ingerir las trufas con el estómago vacío, y no mezclar con otras drogas ni con el alcohol, básicamente porque el alcohol reduce el efecto de los hongos… de hecho, si se quiere regresar de cualquier «viaje» no hay nada como un poco de alcohol para «tocar tierra» de nuevo; también es recomendable ingerir agua con azúcar si se quiere interrumpir o mitigar de inmediato los efectos.    

Y ahora, después de tanto preámbulo, voy a narrar a grandes rasgos una de mis últimas experiencias con la psilocibina, a manera de ejemplo ilustrativo acerca de lo que se debe y lo que no se debe hacer con esta sustancia (después de todo se supone que esto son unos «diarios», así que debo hacer honor al título del blog). Ya he dicho que suelo repartir mi tiempo bajo los efectos de los hongos entre un paseo por el campo y el reposo en casa (en completo silencio o con música adecuada y un tanto relajante). Sin embargo, en esta ocasión, por tratarse de un viaje al extranjero, hice algunas variaciones no demasiado recomendables.   

Me encontraba con Claudia, mi esposa, en Amsterdam. La capital holandesa es una de las pocas ciudades donde se pueden adquirir sin ningún tipo de problemas las trufas mágicas (como he dicho, yo en España suelo comprarlas a través de varias webs especializadas). En el centro de Amsterdam abundan las tiendas que presentan un simpático dibujo de un honguito mágico en su fachada. Pues bien, Claudia y yo entramos en una de ellas y compramos sendos paquetitos de 10 gramos cada uno. Yo en casa suelo ingerir 15 gramos, pero ya que no había de estos paquetes me conformé con los 10 gramos, los cuales también suelen brindar un efecto bastante notable. Yo pedí el paquete de mayor potencia, y mi esposa pidió uno de nivel medio (como simple información, las trufas acompañadas con el nombre de «mexicanas» por lo general son las más suaves, recomendables para quien se esté iniciando y esté algo temeroso de los efectos). Tras ingerir nuestros respectivos paquetes, nos dirigimos a un centro de arte donde se exponían piezas de Banksy. Ya allí, unos cuarenta minutos más tarde y en medio de la exposición, los efectos comenzaron a hacer acto de presencia. Tras disfrutar y reír como niños con las piezas del genial artista bajo los primerizos efectos de los hongos, pusimos rumbo al Vondelpark, un hermosísimo parque natural ubicado en medio de la ciudad. Allí ya los efectos irrumpieron con toda su magnitud. La extrañeza ante «el encantamiento del mundo», ante la magia insondable de la naturaleza, fue ganando fuerza paulatinamente. Tal como ya he descrito, bajo los efectos de los hongos todo comienza a volverse poco a poco misterioso, mágico, enigmático. Los sentidos, en especial la vista y el oído, se agudizan de forma sorprendente (muchas personas suelen describir la agudeza visual y la exaltación de colores como si de alguna manera los nervios ópticos de pronto tuvieran la capacidad de apreciar la realidad en HD -High Definition-). Lo primero que experimenta uno es la sensación de sorpresa ante una percepción única de la realidad, difícilmente descriptible, y que sin embargo tiene toda la apariencia de ser «lógica». Y es que «lógica» y «natural» (y al mismo tiempo mágica) es esta sensación de conectividad, de unidad, de fusión… Todo alrededor parece cobrar una nueva vida… una vida «espiritual» e interconectada. Y todo también da la impresión de ser mucho más hermoso e hipnótico que hace tan sólo una hora… el cielo límpido, los imponentes árboles, el azul del lago, el verde de la hierba. De pronto el viento sopla con inusitada fuerza y también parece lógico que lo haga en este preciso momento, puesto que hay una fuerza poderosa, misteriosa e invisible (aunque claramente perceptible), que desea que nos demos cuenta de la perfecta unidad y sincronía que existe entre las ramas oscilantes de los hermosísimos sauces llorones y la cristalina superficie del agua sobre la que las hojas de los árboles se bambolean a escasos centímetros… Todo es hermoso, hipnótico, y lógico. Y por más cliché que suene, es evidente que todo está conectado. Nosotros los humanos hemos quebrado esa conexión. La quebramos hace siglos. Cada día nos esforzamos por seguir quebrándola. No sólo hemos quebrantado la unión, sino también la percepción. Por eso nos sorprende tanto captar algo que debería ser sencillamente obvio y cotidiano. Que siempre ha sido obvio. Sigue siendo obvio hoy en día para las contadas comunidades indigenas que han logrado sobrevivir a la apisonadora civilizadora. Cuánta sabiduría pueden encerrar unos pocos gramos de psilocibina. Es simplemente desconcertante. Pero para eso están los hongos, para recordarnos lo evidente y para provocarnos una insoportable vergüenza ante la esforzada acumulación humana de tanta estupidez, ignorancia y absurda destrucción.  

   «Así debe ser», suenan espontáneamente en mis labios las palabras que pronunciara Huxley bajo los efectos de la harmalina. Así debe ser. Es un espectáculo fascinante. Siempre lo es bajo el efecto de los hongos, una y otra vez. Y Claudia y yo nos preguntamos estupefactos qué hace que sea tan difícil captar esta unidad a la vez tan mágica y tan lógica bajo los estados «normales» de conciencia. Es todo tan evidente… tan inobjetable… ¿cómo no darse cuenta de algo tan manifiesto e incuestionable? Y a ambos nos queda la certeza, antes de aproximarnos a uno de aquellos majestuosos sauces para intentar rodearlo con los brazos (así es, abrazamos a varios de aquellos árboles como unos buenos hippies), nos queda la certeza, decía, de que tras esta intensa experiencia, aun cuando nos abandonen los efectos, seremos a partir de entonces algo más «conscientes» («awareness» es el término exacto y bastante adecuado empleado por los anglosajones). Y es que tras probar los hongos (o el LSD, o la ayahuasca, o la DMT, o el Bufo, o el peyote…) ya nada puede seguir siendo igual…     

El sol comienza a ocultarse, así que decido que debemos ponernos en movimiento. Claudia jamás había estado tan sumida bajo los efectos de los hongos (su única experiencia anterior fue con las trufas «mexicanas»), de modo que voluntariamente accede a plegarse a mis planes. «Confío en tį», me dice, una frase que luego repetirá decenas de veces en las próximas horas… Podríamos permanecer varias horas más aquí entre los árboles pasándolo estupendamente, pero yo en ocasiones suelo, quizá de forma bastante idiota, plantearme ciertos retos bajo estos estados mentales. Hace tiempo que he llegado a la conclusión de que las drogas psicodélicas no sólo brindan grandes dosis de conocimiento, serenidad y capacidad de empatía (entre otras muchas cosas beneficiosas). También templan el espíritu. Atenúan los miedos y los temores. Brindan valor y coraje. En otras palabras, construyen carácter. Así que ésta es la situación, me digo: Estamos en Amsterdam, estamos los dos bastante drogados, de modo que ¿cuál es la genial y brillante idea que se me ocurre llevar a cabo? Pues poner rumbo al Distrito Rojo. Un gran aplauso.     

Bajo la tenue luminosidad del ocaso, mi esposa y yo vamos recorriendo las calles de la ciudad en dirección al Barrio Rojo. Ambos experimentamos ligeras alucinaciones: leves cambios en los colores y las texturas de los objetos sobre los que posamos la mirada, como si todo estuviera en perenne metamorfosis. La sensación de encantamiento no se ha diluido, simplemente se ha modificado. Es sencillamente sorprendente la sensación de misterioso silencio que embarga a la ciudad, a pesar de que se encuentra bastante animada (o al menos eso parece) y nutrida por viandantes cuyos cuchicheos percibimos a escasos centímetros de nuestros oídos. Todo continúa siendo extraño, enigmático… Pero ha desaparecido la agradable sensación de «armonía». Por el contrario, ahora un inquietante sentimiento de aprensión, de ansiedad, de que «algo malo» puede ocurrir en cualquier instante, se instala en nosotros. ¿Estás seguro?, pregunta Claudia. «Yo confío en ti». Y yo tan sólo respondo: «Valor. Esto es una prueba». 

  Noto que el efecto de las trufas me está abandonando (no así ocurre con Claudia). De modo que, faltando unas pocas manzanas para acceder al Barrio Rojo, entro en un coffee shop, compro un porro de marihuana y me lo fumo sentado en una de las mesas. Es sabido que la marihuana (así como cualquier otra droga psicoactiva natural) se retroalimenta con las demás sustancias psicodélicas, de manera que en pocos minutos percibo cómo el efecto del hongo mágico «resucita» y me invade de nuevo con toda su potencia. Ahora me encuentro una vez más bajo los efectos de las trufas y también de la marihuana. Estoy de nuevo completamente drogado. Mi corazón se acelera al instante y siento que me baja la tensión. Ya estoy preparado (es decir: no estoy preparado en absoluto, lo cual lo hace todo mucho más emocionante). Ya podemos ponernos en marcha nuevamente.   

Y de pronto, como si repentinamente hubiésemos atravesado una realidad interdimensional para ingresar en otra completamente distinta, tras doblar una esquina nos hallamos en medio de la demencial marabunta que a estas horas de la noche colapsa el célebre Distrito Rojo. Claudia me toma de la mano, o yo más bien tomo la suya, y apenas hemos caminado medio centenar de metros me doy cuenta de que he cometido un gravísimo error. No he debido traer a Claudia acá. Ha sido una decisión completamente estúpida. Y bastante egoísta. Claudia apenas tarda unos pocos minutos en entrar en completo pánico. Ingresa en un claro estado de paranoia. Y este estado de paranoia, algo no demasiado inusual bajo los efectos de ciertas drogas psicodélicas (sobre todo en este tipo de entornos), la lleva a experimentar a su vez un estado de profunda amnesia. ¿Dónde estamos? ¿Qué hacemos aquí?… yo confío en ti». Pues hiciste mal confiando en mí, pienso arrepentido para mis adentros, al tiempo que la tomo del brazo e intento sacarla de aquel espantoso laberinto plagado de personas horribles, en su inmensa mayoría turistas, que se agolpan como espectros y giran cual peonzas fantasmales sin dirección fija. Claudia consigue transmitirme su estado de paranoia. El pánico me atenaza a mí también. Debo sacarla de esta pesadilla infernal antes de que su estado (y el mío también) cobre tintes demenciales. Bad trip. Finalmente lo he conseguido: un «bad trip» en toda regla, y he incluido a mi esposa en él. Genial. Merezco un premio. Por fortuna, tras varios intentos fallidos, consigo dejar atrás la barahúnda enloquecedora. Estamos ahora en una gran avenida. Pero estoy completamente perdido. La paranoia también se ha apoderado de mí y soy incapaz de ubicarme. No tengo la menor idea de dónde estoy. Tampoco me siento capaz de utilizar el mapa que cargo encima, mucho menos de usar el GPS en el teléfono de mi esposa. Ella continúa preguntándome una y otra vez qué hacemos allí, en dónde estamos… Yo hago el intento (infructuoso, inútil) de tranquilizarla. «Estamos en Amsterdam, estamos de vacaciones, y ahora nos dirigimos al hotel». Intento aparentar calma. Pero yo también estoy al borde del pánico, y el hecho de que Claudia lo esté notando hace que me ponga aún más nervioso. Debo hallar la manera de regresar al hotel, ¡pronto! Debo ser capaz de mantener la calma y de encontrar el modo de regresar al hotel. Pero no sé cómo demonios hacerlo. Siento que todo se me está yendo de las manos, que no voy a ser capaz. Y con cada minuto que transcurre, Claudia parece aterrarse un poco más. De modo que voy de arriba abajo por la avenida buscando con desespero un taxi, mientras mi mujer pregunta cada vez con mayor angustia y sin pausa «¿dónde estamos?». Se lo explico una vez más y a los diez segundos vuelve a olvidarlo y lo pregunta de nuevo. ¿Qué estamos haciendo aquí? Temo que pronto comience a proferir gritos en medio de la calle. Vaya pesadilla. Al menos ambos estamos descubriendo lo espantosa y aterradora que es la demencia. O el alzheimer. Pobre gente, dios mío. Qué aterradora es la locura. Qué aterradora es la sensación de que la locura no se halla demasiado lejos, de que estamos todos a un paso de precipitarnos en ella. Finalmente, tras largos minutos vagando desesperadamente por aquella avenida, invadiendo sin pausa la vía y corriendo el peligro de ser atropellado, logro detener un taxi. Media hora más tarde (el hotel se encuentra a las afueras de la ciudad), al entrar en la habitación del hotel, me invade una intensísima sensación de alivio pocas veces experimentada en mi vida. Lo hemos logrado. Y también llego en ese momento a la conclusión de que, en caso de que desee «construir carácter» y templar mis nervios, no debo joder a nadie por el camino, mucho menos a un ser querido.