DMT. La molécula del espíritu

 Apenas dos días más tarde de mi primera experiencia con la ayahuasca, tuve mi primer contacto con la DMT. El impacto que la ceremonia de ayahuasca ejerció en mí fue tan desmedido que decidí en el acto que aquel era un camino, el de las drogas psicodélicas, que tenía que seguir recorriendo de inmediato y a como diera lugar. Fue por ello que no pude obviar el ofrecimiento hecho durante aquella primera ceremonia por Juan José Rodríguez, excelente guitarrista, cantante y compositor de canciones medicinales que acompaña por medio mundo al taita Oso Cofán. Minutos antes de dar inicio a la ingesta de yagé, Juan José nos hizo saber a todos los participantes que quien quisiera, días más tarde, experimentar junto a él con la DMT o con el sapo Bufo Alvarius, él se encontraba a la entera disposición. Tal como ya he relatado, mi desconocimiento en torno a todas estas sustancias era prácticamente total (he logrado, con cierto esfuerzo y muchísimo interés, paliar en gran parte dicho desconocimiento en los últimos tiempos), de modo que aquellos extraños nombres no me transmitieron gran cosa y por tanto ignoré, en un primer momento, aquel ofrecimiento (yo ni siquiera estaba al tanto de que la DMT es el principal componente psicoactivo presente en la ayahuasca). Sin embargo, como ya he dicho, el impacto tras aquella ceremonia fue tan inmenso que me sentí obligado a contactar con Juan José para probar aquellas misteriosas sustancias que ofrecía «por el bien de nuestros espíritus».   

Gracias a Sara, mi nueva buena amiga gracias a la cual entré en contacto con este fascinante universo (o más bien «multiverso»), pude contactar con Juan José de nuevo. Nos citamos los tres ya entrada la noche en la montaña barcelonesa de Montjuic. Yo en un primer momento no sabía por qué había de estar Sara también presente (ella no iba a probar la DMT, a pesar de ya haberlo hecho en otras ocasiones), ni por qué debíamos buscar una locación aislada y silenciosa en el interior de la vegetación montañosa. Una hora más tarde lo entendería todo a la perfección.   

De modo, pues, que estuvimos deambulando un buen rato por la montaña en busca de algún paraje aislado y solitario. Nos costó un buen tiempo hallarlo. Aun así, Juan José estimó que no era lo suficientemente tranquilo como para inhalar el Bufo Alvarius, según él (y puede que esté en lo cierto), la droga psicodélica más potente en todo el universo (título honorífico que se disputa precisamente con la DMT). Yo pensaba, ingenuo de mí, que aquello sería algo parecido al cannabis aunque con mucha mayor potencia, puesto que al fin y al cabo se trata de una simple inhalación de humo. No tenía la más remota idea de lo increíblemente potente que podía ser aquello, razón por la cual Juan José requería de una ayudante para el supuesto caso de que mi reacción fuese violenta o incontrolada, así como de un lugar sosegado que, por un lado, eliminara cualquier distracción o ruido que pudiera causar mayor ansiedad en mí, y por otro, que disminuyera la posibilidad de que testigos casuales se transformasen en incómodos espectadores de un evento bastante singular y llamativo.   

Juan José Rodríguiez

En primer lugar Juan José habló con su particular y muy pausado modo de charlar con la intención de serenarme. Desplegó ante mí su proverbial sapiencia, bastante asombrosa para la corta edad que tiene (no creo que supere los treinta años). Es también notable, por cierto, la sensación de sabiduría que la gran mayoría de «suministradores» son capaces de transmitir, como si todos de alguna manera hubiesen vivido muchos más años (o más vidas) de los que aparentan. Lo que no podía intuir Juan José era que yo, en virtud de mi total desconocimiento, me encontraba perfectamente sereno. Nunca desde entonces he vuelto a estar tan tranquilo antes de probar una sustancia enteógena. No obstante, nunca he llegado a experimentar gran temor o ansiedad. Considero que un punto medio siempre es aconsejable: cierto «respeto» mezclado con serenidad. Y esto es importante, querido lector: si tienes miedo, si tienes mucho temor, si tienes demasiadas dudas, es mejor que no te acerques a estas sustancias. Espera tu momento. Tal como he escuchado en infinidad de ocasiones, tú no llegas a la medicina: la medicina llegará a ti cuando estés preparado. Ahora bien, una vez dicho esto, no deberías experimentar miedo (aunque es mucho más fácil decirlo). No habrías de sentir ninguna clase de temor, o al menos ninguna clase de «temor extremo». El temor, el miedo, incluso el pánico, pueden ser ciertamente experimentados «durante» el trance. Mas todo es transitorio, efímero, y a la postre todo ello redunda en el más puro beneficio personal. En cualquier caso, jamás he visto a nadie que se arrepienta (y ya son muchas las personas con las que he compartido estas experiencias enriquecedoras). Y es que tal como solía decir mi admirado y gran psiconauta Terence Mckenna, precisamente en referencia a la DMT, considerada por él la droga más poderosa de todo el cosmos: «el único riesgo que existe es morir de puro asombro».   

Pues bien, retornemos a la montaña. Juan José estima que no se dan las condiciones necesarias para probar el Bufo, de modo que habremos de experimentar con la DMT. Yo doy mi consentimiento, al fin y al cabo no he probado aún ninguna de las dos sustancias, y de paso hay que tomar en cuenta el detalle, nada desdeñable, de que el precio de la DMT es considerablemente inferior al del Bufo. Y, como suele ocurrir, aquella fue sin lugar a dudas una decisión acertada, puesto que la DMT pasó a convertirse en aquel momento en mi droga psicodélica favorita (al menos en el aspecto eminentemente recreativo), mientras que el incomparable poder del Bufo es algo que reverencio mas no me impele a repetir con asiduidad.   

Como decíamos, Juan José habla ante mí (ambos nos encontramos cara a cara sentados sobre la hierba), intentando serenarme mientras explica a grandes rasgos las propiedades psicoactivas y alucinatorias de la sustancia que estoy a punto de probar. Me detalla las instrucciones: he de aspirar con profundidad el humo de la pipa que me va a ofrecer. Debo retener unos diez segundos el humo en mis pulmones antes de expulsarlo. Luego, pasados unos pocos segundos, debo repetir la operación. Y así hasta una tercera vez. No debo tener miedo. Esto es demasiado importante. Debo confiar en él. Ya a partir de la segunda inspiración, mi cuerpo, mi mente y, sobre todo, mi sentido común, me van a aconsejar dejarlo hasta ahí. Pero yo debo seguir. «No te preocupes, Juan José, haré lo que digas», contesto con cierta jactancia y altivez, sin saber lo que me espera. Así que ahí vamos. 

Hagamos una breve pausa para hablar un poco acerca de la DMT. Esta sustancia química, la N-dimeltriptamina, existe en prácticamente todos los organismos vivos de nuestro planeta, tanto animales como vegetales. Se cree que la DMT es segregada en nuestro cerebro por la mítica (y mística) glándula pineal, un misterioso órgano cuya función exacta, más allá de la hipótesis de ser la segregadora de la DMT, es poco clara. Muchos teóricos han relacionado a esta glándula con el tercer ojo espiritual o con el sexto chakra. Sin ir más lejos, Descartes ubicó el lugar exacto donde supuestamente reside el alma humana en el interior de este pequeño órgano cuya forma de piña (tal como su nombre indica) ha sido representada innumerables veces en diversas culturas y religiones, sobre todo en la católica. Pues bien, se cree que la glándula pineal segrega normalmente la DMT en pequeñas cantidades, y éstas serían quizá las responsables de dar formas a nuestros sueños cuando dormimos. Sin embargo, tal como argumenta el doctor Rick Strassman en su ya célebre libro «DMT, la molécula del espíritu» (existe una versión audiovisual bastante recomendable bajo el mismo nombre), en momentos dramáticos y cruciales de nuestras vidas, tales como el nacimiento, la muerte y experiencias cercanas a la muerte, la glándula pineal liberaría enormes cantidades de DMT en nuestro cerebro. Ésta sería la razón por la que muchas de las experiencias descritas por quienes han ingerido DMT en fuertes dosis (Rick Strassman experimentó a través de vía intravenosa con decenas de voluntarios durante la década de los 60) se asemejan enormemente a los relatos de quienes han estado a un paso de morir y han podido retornar. Y es que en numerosas ocasiones, bajo los fuertes efectos de la DMT, es posible experimentar esa especie de viaje astral o «extracorporal» tantas veces descrito por quienes han traspasado fugazmente los umbrales de la muerte y han vivido para contarlo. No en balde, muchas de las personas que hemos probado la DMT (así como el Bufo Alvarius, del cual hablaremos más adelante) nos hemos preguntado entre atónitos y aterrados, en medio de aquel intensísimo y muy desorientador viaje psicodélico, si acaso habremos muerto y no nos encontraremos transitando hacia el más allá (o quizá hacia la simple disolución). A la vuelta, en numerosas ocasiones traemos con nosotros la vívida sensación de haber efectivamente muerto, y queda la firme sospecha de que quizá así sea realmente la experiencia de morir. Lo cual, entre otras cosas, es una de las razones por las que ciertas drogas psicodélicas (tales como la psilocibina, el LSD y la propia DMT) son tan recomendables para el tratamiento terapéutico de pacientes terminales, pues se ha comprobado que la ingesta de estas sustancias aminora el temor y la ansiedad ante la proximidad de la muerte. Y es que estas drogas, por un lado, te «enseñan a morir», y por otro, te demuestran que al fin y al cabo aquello no es tan terrible. Y, no está mal señalarlo, también te inoculan la sospecha de que quizá haya algo al otro lado, una matriz de la cual siempre hemos formado parte y de la que ilusoriamente nos hemos desgajado durante nuestro efímero tránsito por la Tierra, lo cual, como sabe cualquier persona religiosa, resulta una convicción altamente apaciguadora. Pero volviendo a lo que nos ocupa, la DMT, ya sea inhalada o por vía intravenosa, usualmente se obtiene de diversos árboles, siendo la mimosa (y ya el nombre sugiere bastante) el más común de ellos. Como nota adicional y bastante curiosa, quisiera agregar que existe la teoría, bastante plausible a mi modo de ver, de que el supuesto encuentro de Moisés en el monte Sinaí con Yahvé transfigurado en zarza ardiente en realidad se debió a la inhalación, por parte de Moisés, de la DMT expulsada por cierto tipo de acacia, bastante común en ese desierto, que suele entrar en combustión a altas temperaturas. De allí, como se comprenderá, habrían surgido las visiones del patriarca del judaísmo que cambiaron para siempre el curso de la Historia. En cuanto a Jesús y sus encuentros con Satanás en el desierto, queda la duda acerca de cuáles serían las sustancias enteógenas o cuál tipo de cactus exacto habría consumido para obtener tales visiones. Hagan sus apuestas. Y hasta aquí el largo paréntesis dedicado a la poderosa dimeltriptamina.     

Así que ahí vamos. Fumo profundamente de la pipa que Juan José introduce con delicadeza en mi boca. A mi lado Sara permanece en reverencial (y un poco preocupante) silencio. El olor es bastante particular, mas no desagradable. Inhalo todo el humo que puedo y lo retengo en mis pulmones. Aguanto el mayor tiempo posible y luego lo expulso por la nariz. Los efectos son inmediatos. Sorprendentemente inmediatos. Todo ante mí parece oscilar y vibrar levemente. Todo cobra nueva vida. A mi alrededor todo parece palpitar y los colores comienzan a ganar intensidad. ¿Cómo es posible que esto ocurra tan rápido? Pero antes de que pueda hacer más reflexiones o preguntas, antes de que pueda seguir asombrándome, y sobre todo, antes de que pueda arrepentirme, Juan José introduce de nuevo la pipa en mi boca y me ordena (amablemente) inhalar de nuevo. Juan José sabe muy bien lo que hace. Sabe a la perfección quién puede o quién debe y quién no. Sabe quién puede seguir y quién debe parar. Lo nota a la perfección (en numerosas ocasiones posteriores he podido corroborarlo). Y yo intuyo, de alguna manera, que él sabe lo que hace (yo definitivamente no tengo idea de lo que estoy haciendo…  estoy comenzando a perder conciencia de todo… estoy comenzando a no entender nada… pero de igual forma me arriesgo y me lanzo al vacío… confío… otra vez). Así que inhalo. Una vez más. En esta ocasión ya comienzo a alucinar de forma sorprendente. La realidad parece «derretirse» delante de mí. La hierba asume al instante un asombroso color fosforescente, las hojas del árbol ante mí parecen desplegarse radiantes y oscilar en perfectas y simétricas formas geométricas, por un momento atino a preguntarme si éstas no serán las formas reales, las formas platónicas originales tras el velo de Maya, si no estaré en presencia de la «verdadera realidad» de la cual todo cuanto nos rodea cotidianamente no son más que pálidos e imperfectos reflejos, pero entonces retorno la mirada a Juan José, y, oh sorpresa, no puedo creer lo que estoy observando, Juan José se ha transformado en un sacerdote de alguna civilización antigua y milenaria. Tras él, en radiantes tonalidades multicolores, parece desplegarse una monumental pirámide ancestral, quién sabe si azteca, egipcia, sumeria o babilónica… Y una vez más, antes de que el pánico me paralice (el pánico generado por el más absoluto asombro y por la más absoluta incomprensión), Juan José dice: «Vamos, valor, una vez más… la última».   

Otra vez, lo mismo que pensé dos días atrás durante la ceremonia de ayahuasca: «es el momento de los valientes». Pero esto no lo pienso con palabras. En realidad no estoy pensando nada. No sé lo que estoy pensando. No entiendo nada. No sé qué estoy haciendo allí. No entiendo dónde estoy. No entiendo por qué una persona delante de mí, que parece un sacerdote de alguna civilización perdida en el tiempo, me pide que fume de una pipa. Estoy completamente perdido. Mi sentido común dice que no debo hacerlo. ¿Por qué hacerlo? Pero por alguna extraña razón yo confío en esa voz. Una voz que me está llegando desde muy lejos pero que aún así percibo en el interior de mi cabeza. «Fuerza», dice esa voz lejana y cercana a la vez. «Confía». Así que lo hago, por tercera vez, sin saber por qué. Inhalo y, obedeciendo lo que se me indica, aguanto el mayor tiempo posible el humo en mis pulmones. Cinco, siete, diez segundos… Finalmente expulso y… ahora sí… estoy ido, completamente ido, tan ido como si hubiese sido disparado por un cañón sideral a los confines de múltiples universos que se disputan entre sí mi atención.    

Lo primero que pienso, o más bien lo último que pienso con cierto sentido, es que «yo ya he estado allí antes». Es una sensación extrañamente familiar. La misma sensación, la misma vibración insonora. ¿Pero cuándo he estado yo allí antes? ¿Durante la ayahuasca? ¿En otra vida? ¿Y qué es «allí» exactamente? No lo sé. «Allí» siempre es distinto, jamás se repite lo mismo, pero «allí» ya he estado y con «allí» he vuelto a contactar en los últimos tiempos con la ayahuasca, con la DMT, con los hongos, con el Bufo, con el peyote, con el LSD… Esa extraña sensación de familiaridad… Abro los ojos por última vez y todas las formas vibran y brillan incandescentes en perfectas y regulares formas geométricas. Vuelvo a cerrarlos y me voy. ¡Boom! Mi cuerpo se ha volatizado, mi yo se ha esfumado, viajo por innumerables y caleidoscópicos mundos en constante mutación, no tengo idea de qué hago allí, hacia dónde me dirijo, no sé quién soy, dónde estaba hace un momento… ¿qué hago allí? ¿Cómo regreso? Y este total desconocimiento, esta total desorientación, hace que entre en pánico… Juan José debe de estar advirtiendo mi sensación de miedo total, pues comienza a tocar con su charango (instrumento de cuerdas andino semejante a la guitarra) y logra calmarme un poco, consigue controlar de alguna manera aquel enloquecido vuelo hipersónico e interdimensional. Aquello (todo esto lo pensaré mucho más tarde) es semejante a los momentos más álgidos de la ayahuasca (no en balde se trata en ambas situaciones de ingesta de DMT), aunque con el yagé no se alcanza nunca esta demencial aceleración. Y la diferencia más notoria es que la DMT fumada o por vía intravenosa es tan intensa que no te da tiempo para reflexionar. No tienes tiempo para nada, es todo tan vertiginoso que ni siquiera tienes para pensar en quién eres o qué estás haciendo allí. Sólo viajas a la velocidad de la luz. Hasta el día de hoy no he entendido qué se puede obtener exactamente de la DMT. En esto se diferencia bastante de la ayahuasca, la cual brinda mensajes a espuertas, pues también otorga el tiempo y la serenidad suficientes para captar al vuelo los mensajes que se desprenden de las visiones. No, no sé qué se puede obtener exactamente de la DMT más allá del «puro asombro» del que hablaba Mckenna. Y sin embargo no puedo concebir una experiencia más emocionante y sobrecogedora que ésta, no hay ni por asomo nada que se le pueda comparar en intensidad, razón por la cual he repetido esto varias veces en los últimos tiempos. Y seguiré haciéndolo cada vez que encuentre la oportunidad. Es la mejor experiencia que he tenido en toda mi vida. De modo que estoy allí viajando a velocidad ultrasónica y en estado de semipánico. Quiero volver (recordemos que es mi primera vez, en ocasiones posteriores he logrado calmarme o al menos decirme que «ya regresaré en algún momento», aunque en esos instantes tampoco he sabido a dónde tengo que retornar con exactitud). Quiero volver, pero mientras tanto voy de un universo a otro, de una dimensión a otra, las formas geométricas y los colores fluctúan, vuelven a aparecer algunas imágenes arquetípicas, templos, estructuras mecánicas, ciudades al mismo tiempo del pasado y del futuro, símbolos y lenguajes herméticos y ancestrales, signos atávicos… Intuyo, al igual que en las ceremonias de ayahuasca, la presencia de elfos, o duendes, o entidades (¿alienígenas?) que de alguna manera me dan la bienvenida. «Te estábamos esperando. Has tardado en venir», transmiten sin ninguna clase de lenguaje audible. Y todo es tan abrumadoramente real. La sensación de realidad es demasiado intensa. En el mundo cotidiano jamas he logrado experimentar tal sensación de realidad. Pero poco a poco aquello va perdiendo consistencia. Estoy comenzando a regresar. Estoy comenzando a acordarme… abro los ojos… los colores ya no son tan intensos. La geometría celestial se está difuminando. Sí, estoy comenzando a acordarme… me llamo Milkor… estaba… estoy en la montaña de Montjuic, estas personas que me miran con curiosidad, expectación y sí, también con cierto humor, son Juan José y Sara, las personas que me han acompañado a probar la DMT por primera vez en mi vida. Consigo levantarme y caminar algunos pasos sin demasiada seguridad. Sospecho que aquello ayudará a que regrese por completo. Pero no es fácil. Siento que estoy a medio camino entre una realidad y la otra… y no sé cuál de las dos realidades es más «real». ¿Todo a mi alrededor tiene un carácter onírico, irreal… es real este mundo?, me pregunto de modo algo infantil. ¿Soy yo real? ¿Son ellos reales? ¿No era acaso mucho más real el lugar en el que acabo de estar y del que aún no me he marchado por completo? Sigo trastabillando un poco más y entonces me pregunto en voz alta, una y otra vez: «¿Debo aceptar que realmente hay otras dimensiones a nuestro alrededor? ¿Debo aceptar eso?». Sara y Juan José ríen al escuchar esas preguntas. Y asienten jocosamente. «Estás comenzando a entender» parecen decir sus miradas y sus sonrisas. Pero yo hago de nuevo las mismas preguntas. Una y otra vez. La impresión ha sido demasiado fuerte. Son demasiadas preguntas. Y hago otra: ¿Cuánto tiempo ha pasado? Menos de diez minutos, contesta Juan José. ¿Cómo es eso posible? He sentido que he estado viajando al menos durante una hora. Pero necesito regresar por completo. Aún estoy asustado. Pienso en mi vida. Tengo un trabajo. Tengo una esposa. Tengo unos animales en casa. Aquel es mi coche allí estacionado. En él he de regresar a casa. Pero todo sigue pareciéndome tan irreal… mucho menos real que el sitio en el que acabo de estar… ¿pero dónde he estado exactamente? ¿Y debo fingir ahora que éste es mi mundo real?      

Una media hora más tarde ya puedo considerar que estoy de vuelta, aunque no del todo. «¿Cómo lo he hecho?», pregunto algo inquieto. «¿He hecho demasiado el ridículo?». «No, lo has hecho muy bien», contestan amablemente. «No tienes idea de las cosas que hemos visto, las reacciones que hemos presenciado». Espero que sea verdad. Más tarde Juan José confesará que la mezcla que me preparó era particularmente potente. Al parecer intuyó que era el tipo de mezcla que yo necesitaba. Además he dado tres fuertes caladas. No todo el mundo se atreve a darlas. La mayoría se queda en la segunda. Incluso en la primera. De allí no se atreven a pasar. Con una o dos caladas las visiones son muy intensas. Pero no llegas a desaparecer del todo. Permaneces siendo «tú». Y cuando desapareces los niveles de realismo son «acojonantes», quizá no haya otra mejor definición. Mientras más te hundes, mientras más te vas, mayor sensación de realidad. No todo el mundo está preparado para encararla. La resistencia mental es innata, mecánica, un simple reflejo natural. Un tapón para bloquear el inmediato tránsito a la locura. Por eso la gran mayoría no se atreve a dar la tercera calada, porque no encuentran el valor necesario para hundirse por completo y perderse en esa realidad alterna que se está abriendo ante ellos y que amenaza con succionarlos. Y es que esa increíble cualidad de realidad abrumadora asusta. Asusta mucho. Y asusta porque precisamente es demasiado real. Y también asusta no entender esa realidad. Y sobre todo asusta no saber si debes creer o no en esa realidad. Porque una vez que has estado allí ya no puedes seguir pensando como antes. Es imposible. Y por eso la mayoría de las personas se niegan a probar estas sustancias: temen dejar de pensar como antes. Temen perder piso. Son consideraciones que me hago mientras conduzco y llevo a Juan y Sara a sus casas. Aún no he vuelto del todo. Aún no termino de creerme que éste sea verdaderamente el «mundo real». Y me siento muy agradecido. Infinitamente agradecido con ellos dos. Así se los hago saber. ¿Por qué han hecho esto? No puede ser el dinero, ha sido muy poco, no puede valerles el tiempo y el esfuerzo. La mejor experiencia que he tenido en mi vida ha sido demasiado barata. No, lo han hecho porque son buenas personas. Y las buenas personas ofrecen cosas buenas a la gente que lo necesita. Cosas que hacen bien. Las personas buenas ayudan a las personas. Porque sí. Y las drogas psicodélicas son buenas. El mundo sería muchísimo mejor si las personas (y los gobiernos) comprendieran esto. Si se atreviesen a experimentar con estas sustancias. Descubrirían atónitos un sorprendente caudal de enormes beneficios. Asombro puro. Terapia pura. Mejoramiento puro. Sara y Juan José son simples voluntarios. Están aportando su granito de arena. Estoy comenzando a entender. Estoy comenzando a entender muchísimas cosas. Creo que han sido los días más intensos, gratificantes y beneficiosos de toda mi vida. Estoy al inicio de un camino. Acabo de descubrirlo. Un camino muy largo. Uf, todo lo que me falta por aprender… por experimentar. Cuánta ignorancia… increíble. Qué suerte he tenido. Me bajo del coche y lo digo en voz alta mientras me despido y les doy a ambos un fuerte abrazo: «¡Qué suerte tengo!».