Bufo Alvarius. Muerte y Resurrección

Tras mis sobrecogedoras y apabullantes experiencias con la ayahuasca y la DMT, estaba claro que aquél era un camino, el de las drogas psicodélicas, que debía recorrer de forma ininterrumpida. Resultaría sumamente difícil (y además no creo que tenga demasiado interés para mis lectores) expresar la enorme emoción y curiosidad que experimenté durante los días posteriores. Ni siquiera durante aquellos ya lejanos tiempos en que descubrí por vez primera las bondades del sexo, sentí yo tales dosis de exaltación mental e interés desbordado. Y, tal como ya he mencionado en alguna ocasión, uno de los aspectos que más me sorprendió fue el enorme desconocimiento que yo, al igual que la inmensa mayoría de las personas a mi alrededor, tenía en torno al mundo de las drogas psicodélicas, sobre todo tomando en cuenta mi nada desdeñable historial precedente de experimentación con muchos otros tipos de drogas que poco o nada tienen que ver con la psicodelia. ¿Cómo era posible que todo este apasionante mundo (quizá el más apasionante de todos) se hubiese mantenido oculto a mis ojos (y a mis sentidos) durante tanto tiempo? Aquello no era únicamente imperdonable: también era sumamente sorprendente e incluso sospechoso (ver el capítulo dedicado a la «Prohibición de las drogas»). Estaba claro que debía, ya superada con holgura la cuarentena, recuperar a como diera lugar tanto tiempo perdido y enmendar tales ingentes dosis de imperdonable ignorancia. Desde aquella primeriza ingesta de DMT, realizada apenas dos días más tarde de mi primer encuentro con la ayahuasca, prácticamente mi vida se ha centrado no sólo en la búsqueda de nuevas experiencias psicodélicas (algo que, de más está decir, nada tiene que ver con la adicción), sino también en la febril documentación de infinidad de textos relacionados de alguna manera con los alucinógenos, textos que abordan una enorme variedad de temas y materias, tales como la antropología, historia, filosofía, psicología, misticismo, religión, teología, sociología y, por supuesto, todo lo que tenga que ver directamente con el estudio del chamanismo y las sustancias enteógenas.
    
Muchas veces he sido preguntado en los últimos tiempos si este desbordante interés por las drogas psicodélicas no tendrá algo que ver con una necesidad, tal vez inconsciente, de «escapar de la realidad». Es una pregunta que me causa cierta gracia. Por supuesto que quiero escapar de la realidad. ¡Muy conscientemente, de hecho! La verdadera pregunta debería ser: ¿pero quién no querría hacerlo? ¿Quién no desearía escapar, al menos transitoriamente, de este desastroso e injusto mundo creado por el hombre, de esta realidad artificial por completo desconectada de la naturaleza, de los demás seres vivos y de nosotros mismos? ¿Quién que no sea un poderoso millonario o un completo descerebrado se encuentra realmente cómodo en esta realidad? ¿Quién no está sencillamente agotado? «Estar perfectamente adaptado a una sociedad enferma no es sano», le oí decir una vez a Claudio Naranjo en una conferencia poco antes de morir. Se podría argumentar, claro está, que en medio de la «ley de la selva» todo es mucho peor. No lo sé, no lo tengo demasiado claro. ¿Acaso los indígenas completamente alejados y aislados del rodillo civilizatorio viven peor que nosotros? Tengo mis serias dudas. En cualquier caso, se suponía que los humanos poseíamos el nivel de raciocinio suficiente como para dejar atrás la selva y construir un mundo mejor, más pacífico, armonioso e igualitario. Un león no es capaz de construir un mundo mejor. Pero el resultado que hemos obtenido no ha podido ser más decepcionante. Sí, estamos de acuerdo, hemos logrado disminuir los niveles de violencia. Un gran triunfo que en realidad no habla demasiado bien de nosotros mismos. Sin embargo, a cambio hemos obtenido una permanente sensación de malestar e inconformidad, por no hablar de los altísimos niveles de depresión, ira y soledad que atenazan a nuestras sociedades modernas. Incluso nos hemos dedicado con tesón a destruir la naturaleza y la fauna que hemos dejado atrás. No hay duda de que marchamos directamente al abismo, y no hay visos de que podamos revertir este camino suicida. De modo que, una vez más, la pregunta sigue siendo: ¿quién no querría escapar de esto? Y en realidad todos lo hacemos cotidianamente de alguna manera u otra: a través del alcohol, de la telebasura, de la basura omnipresente en las redes sociales, de la basura omnipresente en los móviles, de los ansiolíticos, de los antidepresivos, de los opiáceos, del turismo de masas, de la ira compartida en los estadios de fútbol, de las sectas y religiones fraudulentas… formas y más formas de desconectar de uno mismo… y también, quizá de un modo un tanto más noble, a través del arte, de la buena literatura, el buen cine, el buen teatro, la buena música… «Tenemos arte para no morir de la verdad», sentenció acertadamente Nietzsche. Escapes y más formas de escapes. No es casual que lo primero que ha hecho toda comunidad primitiva de homo sapiens (incluso de primates) ha sido, sin excepción, hallar el modo de narcotizarse. Y es que, a poco que nos fijemos, nuestras existencias en realidad están basadas en torno a la búsqueda constante de pequeños momentos de distracción (escapes) que nos permitan olvidar las interminables horas de trabajo arduo y obligaciones soporíferas que nos esclavizan día a día. O, en otras palabras, trabajamos duro para poder pagarnos esos efímeros momentos de distracción que nos hagan olvidar lo duro que trabajamos… y así infinitamente, como el pez que se muerde la cola. ¿Se puede concebir acaso una existencia más inane y absurda? Completamente encadenados a unas vidas que en realidad no quisiéramos vivir. Todos estamos frenéticamente buscando un modo de escapar de esta insoportable realidad que juntos hemos construido con ahínco, sin saber muy bien adónde nos dirigimos y autoengañándonos con el mito del «progreso humano» que astutamente se nos ha inculcado en nuestras mentes. Las drogas psicodélicas no son más que un camino. Quizá sean, junto a la contemplación y la meditación, uno de los mejores y más nobles modos, uno de los más emocionantes, más recomendables, enriquecedores y sanadores de cuantos tenemos a nuestra disposición. Muchas veces he pensado que las sustancias enteógenas son precisamente el modo más eficaz que he encontrado para preservar el balance, el equilibrio y la cordura. Las drogas psicodélicas te llevan transitoriamente al borde de la locura (e incluso más allá), es cierto, pero una vez de vuelta te mantienen totalmente alejado de ella. Te serenan, equilibran y balancean. Te «conectan». Y si hay algo que sobra en este mundo creado por el hombre es la plena locura y la demencia. Tampoco es casual, obviamente, que los registros de dolencias mentales no hagan más que incrementarse paulatinamente. Cada año se superan las ventas de antidepresivos, ansiolíticos y opiáceos en los países del mal llamado Primer Mundo. No vamos por buen camino, esto creo que es innegable. Y estamos hablando de dolencias mentales tales como la depresión, las adicciones y el estrés postraumático que precisamente podrían ser tratadas de manera eficaz a través de numerosas sustancias tales como la ayahuasca, la DMT, el LSD, la psilocibina y la MDMA.    

La siguiente pregunta lógica que cualquier interlocutor habría de hacerme ahora sería la siguiente: ¿Y por qué narices no te escapas a la selva o a la montaña? ¿Por qué no haces lo que predicas? Buena pregunta. La respuesta, bastante humilde, sería la siguiente: Está en mis planes. Pero cambiar radicalmente de vida nunca ha sido nada sencillo para la inmensa mayoría de los mortales. Despojarse de las cadenas, obligaciones y lazos que la sociedad año tras año va tejiendo en torno a uno es algo bastante complicado. La vida (la vida humana) sencillamente te atrapa. El sistema, imposible negarlo, no sólo es bastante implacable: también es sumamente astuto. Te va encadenando poco a poco y de mil sutiles maneras. De la mañana hasta bien entrada la noche no haces más que ejecutar un sinfín de acciones absurdas y fútiles que ni tiempo te dan para preguntarte: ¿por qué coño hago las cosas que hago? Y sobre todo: ¿por qué hago tantas cosas que detesto hacer profundamente? Moderna esclavitud perfectamente confeccionada en complejos e inteligentísimos laboratorios de diseño. No sólo se requiere enorme valor para emprender la fuga, también se necesita mucho ingenio (por no hablar del dinero). Incontables veces pienso que si se me hubiese presentado la oportunidad de establecerme en una comunidad indígena a los 17 años, tendría que haberla aprovechado (si bien dudo mucho que hubiera tenido el coraje de hacerlo… demasiadas ganas de triunfar en esta porquería de mundo me habían inculcado de pequeño). Ahora, a los 45 años, lo veo bastante difícil, mas no imposible. Aún no he perdido la esperanza. Paso a paso. Al menos he logrado finalmente escapar de Barcelona y ahora resido, junto a mi pareja, mis perros, gatos y tortugas (no tengo hijos ni pienso tenerlos), en un pueblo en medio de un parque natural (el Garraf) a escasos 45 minutos del caos, el malhumor, el ajetreo, la mala energía y la contaminación. La completa huida habrá de esperar un tiempo más.   

Séame por favor disculpada esta larguísima digresión y retornemos a nuestro capítulo dedicado al Bufo Alvarius. En el capítulo anterior, aquel dedicado a la DMT, narré mi encuentro con Juan José Rodríguez, un excelente guitarrista, intérprete y compositor de canciones sanadoras y medicinales que acompaña por medio mundo al taita Oso Cofán en sus ceremonias de ayahuasca. Pues bien, tras mi primera e inolvidable ingesta de DMT, y viendo lo mucho que aquello me había impactado (y también intuyendo lo necesitado que estaba yo por continuar aquel sendero), Juan José me recomendó no sólo probar a continuación el Bufo, sino además hacerlo con la persona más indicada: Octavio Rettig. 

Octavio Rettig (a la izquierda)

 Ni corto ni perezoso, me puse manos a la obra. Dio la casualidad (aunque últimamente, no puedo evitarlo, estoy comenzando a ver las casualidades con otros ojos, más bien como señales, o como signos aleatorios a ser interpretados; una encantadora frase que capturé recientemente dice: «las casualidades son los guiños de Dios»… una bonita frase, sin duda, a pesar de que hasta el día de hoy me mantengo irreductiblemente anclado en el más puro agnosticismo), dio la casualidad, decía, de que hojeando por Internet me topé con un retiro que el propio Octavio Rettig daría en apenas dos semanas (¿se podía acaso tener más suerte?) en una casa rural ubicada en las cercanías de Montserrat (macizo montañés, dicho sea de paso, poseedor de una indudable y poderosa energía mística -no en balde es el emplazamiento de un famoso y antiguo monasterio de clausura-, en donde se realizan con frecuencia ceremonias de ayahuasca, en algunas de las cuales he tenido el gran privilegio de asistir).   

Sin pensármelo ni por un instante me inscribí, a pesar del oneroso precio, en dicho retiro. Se trataba de un retiro de un fin de semana abierto a unas cuarenta personas (una cifra sin duda excesiva, tal como más tarde todos descubriríamos, incluyendo los propios organizadores, razón por la cual en las ocasiones posteriores se ha dividido a los participantes en varios fines de semana; no hay duda de que el interés general por estas sustancias no hace más que crecer… afortunadamente). A lo largo de tres días, los participantes experimentaríamos con el Bufo Alvarius, largas sesiones de yoga y meditación, inmersiones en bañera con agua helada y veneno del sapo Kambó (una sustancia altamente tóxica obtenida de dicho sapo centroamericano que produce, a través de varias punzadas en la piel, una purga orgánica, bastante recomendable, que se lleva a cabo a través de continuados y copiosos vómitos).  

 Hablemos un poco de Octavio Rettig en primer lugar. Se trata de un personaje sumamente singular, simpático, extrovertido, jovial, y al mismo tiempo extremadamente profesional y por completo centrado en el proceso de sanación que obra a través del Bufo en sus múltiples viajes alrededor del mundo. Durante aquel fin de semana tuve la oportunidad de leer al completo su libro autobiográfico, titulado «Bufo, el Amanecer del Sapo», en el que no solamente describe las bondades medicinales del Bufo Alvarius, sino que relata, sin ninguna clase de tapujos, la agitada y turbulenta vida que llevó en México hasta dar, por azares de la vida, con el sapo medicinal. Una vida completamente marcada por las adicciones a diversas drogas, en especial los cristales y las anfetaminas, que casi acaban con su vida. No fue hasta que dio, por intermediación de un buen amigo, con el Bufo Alvarius, cuando al fin pudo acabar, casi de forma milagrosa y prácticamente de la noche a la mañana, con su errática existencia de yonqui sonámbulo y comenzar una nueva encauzada a la ayuda al prójimo. Desde entonces Octavio se ha dedicado a ofrecer la medicina a miles de personas en innumerables países del globo, muchas de las cuales se hallan inmersas en terribles procesos de adicción a drogas, profundas depresiones o traumas del pasado difíciles de superar. Notables han sido los resultados positivos que ha obtenido en las comunidades indígenas Seri del desierto de Sonora, muchos de cuyos miembros han caído en la adicción a los «cristales (metanfetaminas), algo bastante común en todo el territorio mexicano. Y es que si algo tiene esta poderosísima sustancia psicodélica es la capacidad prácticamente inmediata de cambiar (o al menos de «resetear»), si no la vida al completo de la persona en cuestión, sí al menos muchas de sus perspectivas y seguridades existenciales, así como de bloquear conductas y pensamientos recurrentes y autodestructivos. Numerosos y curiosos son los testimonios de variados personajes, algunos de ellos bastante célebres (no se pierdan, por ejemplo, las palabras de Nacho Vidal hablando de su experiencia con el Bufo por Youtube) en los que relatan la profunda e indescriptible impresión obtenida tras la primera ingesta del sapo.    

No hay duda de que si hay algo que tienen en común todas estas experiencias (entre las que incluyo, por supuesto, la mía) es precisamente eso: son completamente indescriptibles. Lamento decepcionar a mis lectores en este capítulo, pero es sumamente difícil, por no decir imposible, detallar dicha experiencia. Ya dije en el capítulo anterior dedicado a la DMT que hay un consenso, más o menos generalizado y establecido entre la comunidad psicodélica internacional, que afirma que tanto la DMT como el Bufo son las dos sustancias alucinógenas más potentes del planeta debido a su intensidad y, sobre todo, a su inmediatez (hay quienes optan por una u otra; yo particularmente me decanto por la DMT, en virtud de sus espectaculares, intensísimas, cambiantes y a veces aterradoras imágenes psicodélicas). Y es que, sin ser exactamente iguales, tanto el Bufo como la DMT están bastante relacionados químicamente. El compuesto psicoactivo principal que contienen las glándulas del sapo Bufo es específicamente 5-Meo-DMT, una sustancia que, al igual que la DMT en estado puro, pertenece al género de las triptaminas. Sin embargo, los efectos inmediatos, siendo ambos fortísimos, son bastante disímiles. El 5-Meo-DMT se obtiene «raspando» unas glándulas ubicadas en los costados de la cabeza del sapo (hay que hacer especial hincapié en que el sapo no recibe ningún daño durante este proceso). Este singular sapo habita comúnmente en el desierto de Sonora. Permanece prácticamente todo el año bajo tierra. Sólo cuando llegan las lluvias, una vez al año, emerge a la superficie con el objetivo de aparearse. Es entonces cuando es capturado y, presumiblemente, luego liberado tras el raspado de las glándulas (por desgracia, y como es común en todos los ámbitos humanos donde puede haber dinero de por medio, ya ciertas mafias mexicanas han percibido el interés creciente y se han dado a la tarea de capturar los sapos para mantenerlos en cautividad, con lo cual se ha generado una preocupante mengua en el número de dichos anfibios viviendo en su hábitat natural en plena libertad; al parecer, nada que tenga que ver con la presencia del ser humano, ni siquiera cuando el objetivo final es loable, puede permanecer puro e incorruptible).    

Sapo Bufo Alvarius

  Mucho se ha elucubrado acerca de los orígenes de la ingesta de esta droga utilizada hoy en día por los humanos, aunque en realidad no hay nada claro en torno a este oscuro asunto. Existen básicamente dos teorías: la primera dice que las tribus mesoamericanas (tales como la azteca o la maya, así como diversas tribus del desierto de Sonora) habrían utilizado esta secreción durante siglos hasta el arribo de los colonizadores españoles, quienes prohibieron terminantemente (tal como harían con cualquier otra droga alucinógena del territorio americano) su uso a los indígenas so pena de cruentos castigos. Algo que apoyaría dicha tesis es la común utilización de la figura del sapo como animal sagrado, ya fuera en pintura o escultura, en la iconografía de varias civilizaciones mesoamericanas. Tal prohibición, y el paulatino desconocimiento que aquello originaría, perduraría durante siglos hasta la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, en realidad no hay pruebas contundentes que avalen esta teoría. La segunda teoría sostiene que nada se sabía del 5-Meo-DMT hasta que científicos europeos y norteamericanos descubrieron, explorando el desierto de Sonora a partir de la segunda mitad del siglo XX, el enorme potencial alucinatorio y enteógeno presente en las secreciones del sapo Bufo Alvarius.    

En cualquier caso, lo único cierto es que el impactante e inmediato efecto que se obtiene al inhalar el humo proveniente de esta secreción es, tal como decíamos, simplemente indescriptible. Pero hagamos al menos el intento. Nos encontramos, pues, haciendo una larga fila (o más bien sentados y aguardando pacientemente alrededor de la fogata) bajo una fina lluvia en el exterior de la casa rural ubicada en las inmediaciones de la majestuosa montaña de Montserrat, a la espera de nuestro turno para probar las bondades del sapo. La espera no es sólo larga (demasiados participantes en esa oportunidad, error que los organizadores han intentado enmendar en ocasiones posteriores), sino también algo inquietante. Todos observamos, con una mezcla de curiosidad, respeto, aprensión y algo de espanto, los efectos que el sapo obra sobre las personas que nos anteceden. Se requieren dos auxiliares que viajan junto a Octavio, los cuales, ubicados a la espalda del participante de turno, le sostienen en caso de que pierda el equilibrio tras fumar de la pipa (algo que ocurre en el 90% de los casos), evitando así que se desplome con violencia sobre la colchoneta ubicada tras él en el suelo. Las reacciones son múltiples y variopintas. Pasar de la realidad cotidiana a una realidad alterna en tan pocos segundos es algo que el cerebro se resiste a aceptar. De ahí las sorprendentes reacciones, algunas de ellas violentas, si bien la gran mayoría sabe encajar el cañonazo mental y espiritual de forma serena, aun cuando muchos de ellos se dejen caer mansamente en el suelo. Hay quienes, tras ser depositados con sutileza sobre la colchoneta, emiten alaridos o gritos desgarradores. Otros lloran. Algunos balbucean palabras ininteligibles. Unos pocos ríen. Hay quien se quita la ropa y se revuelca en el barro. Otros entran en violentas convulsiones y se necesitan hasta tres personas para inmovilizarlo con el objeto de que no se haga daño. Una mujer se caga encima. Un hombre, del cual sabremos después que es adicto a la cocaína, profiere a gritos una y otra vez: «¡Necesito ayuda!». En el momento más alarmante de toda la jornada, un chico venido desde República Checa (hay personas de más de veinte nacionalidades distintas) se niega a respirar en medio del trance. Su rostro se vuelve blanco, luego rojo… hasta que Octavio, rociándole con violencia agua en la cara y dándole órdenes, consigue que abra la boca y respire de nuevo. Los demás también respiramos aliviados. Luego nos tranquiliza a todos asegurándonos que nunca nada malo le ha ocurrido a ningún participante. No tenemos más remedio que creerle. Pero no ha sido nada sencillo. Octavio se retira unos metros para serenarse. Lo aprovecha para probar rapé, y de paso lo ofrece a quien quiera (yo accedo, por supuesto). Hay quien vomita de inmediato tras probar el rapé. Otros solo escupimos. Se reanuda el espectáculo. Octavio intenta distender el ambiente y bromea: «¡Y pensar que esto lo hace la gente de forma voluntaria!». Todos reímos. Pero es cierto. Esto es una completa locura, me digo, y sé que mi pensamiento es compartido por muchos de los que allí nos congregamos. Me imagino a alguien que no supiera nada acerca de esto y nos escudriñara a la distancia. ¿Qué podría pensar de nosotros?¿ Qué podría pensar de unas personas que voluntariamente prueban una sustancia y a los segundos comienzan a convulsionar como poseídos por el demonio? ¿Qué clase de masoquistas idiotas somos? 

 Finalmente llega mi turno. Octavio pregunta qué he probado con anterioridad (supongo que para calibrar la dosis que me ofrecerá). Respondo con cierta humildad: ayahuasca y DMT. Espero que sea suficiente para que me brinde una buena dosis. Luego pregunta mientras prepara la pipa: ¿cuál es tu intención? Respondo: Recabar conocimiento y sabiduría. Octavio alza una ceja. Quizá sea una respuesta demasiado pretenciosa, pero no se me ocurre otra. Detesto que me hagan esa pregunta, porque nunca sé muy bien qué responder (por fortuna rara vez la hacen, aunque siempre se recomienda que uno tenga la respuesta siempre clara en la mente; «todo está en la intención», se suele repetir en las diversas ceremonias). No sé muy bien por qué lo hago. O más bien no sé cuál es la principal razón por la que lo hago. Son demasiadas. Camino junto a Octavio hasta situarme de pie y de espaldas a la colchoneta. Los dos auxiliares (una venezolana y su novio irlandés, ambos extremadamente simpáticos y amables) se sitúan a mis costados, preparados para atajar en cualquier momento mi peso muerto. Tengo la sensación de que estoy de espaldas al paredón de fusilamiento. Ya estoy aquí, no hay marcha atrás. Para esto hemos venido. Pero en el fondo estoy tranquilo. O eso creo. Ante mí, a lo lejos, el sol comienza a ocultarse tras los puntiagudos riscos. Es una imagen hermosísima. El cielo se tiñe de un tono violáceo. Esto tiene que ser una buena señal, me digo para darme ánimos. Es un momento sencillamente perfecto. Y muy emocionante, imposible negarlo. Octavio enciende la pipa. Noto claramente la expectación en torno a mí. La misma expectación compartida, una y otra vez, por decenas de personas impacientes por saber cómo será esta nueva reacción. ¿Habrá alguna nueva sorpresa? Por fortuna para mí, los decepcionaré a todos. No habrá mucho que ver. Abro los brazos. Octavio coloca la pipa frente a mí y me conmina a inhalar y a aguantar el humo en mis pulmones el mayor tiempo posible. Lo hago. Contengo el humo dos, tres, cuatro, cinco segundos… y de pronto ante mí la realidad comienza a fragmentarse, a dividirse en perfectos fractales hexagonales… pero son sólo apenas unos instantes, porque después de diez segundos, cuando ya he expulsado el humo, ya estoy completamente ido. Ni siquiera son necesarias las tres inhalaciones recomendadas con la DMT. Aquí sólo basta una. Sin embargo, por desgracia (al menos para mí), no hay imágenes. Y si las hay, no son recordables. Nadie logrará atesorar nada, al menos en cuanto a formas. Nada especialmente transmisible, comunicable. Sólo hay blancura. Sensación de vértigo. Asombro infinito. Luz pálida. Paz. Paz agitada. Paz convulsa. Una poderosa y constante vibración. Todo se mueve a la velocidad de la luz y al mismo tiempo todo está quieto. Y una vez más, al igual que con la DMT: «¿estoy muerto? ¿Esto es la muerte?». A lo lejos, a un millón de kilómetros de distancia pero al mismo tiempo en el interior de mi cráneo, escucho los cánticos chamánicos de Octavio y las semillas de su maraca girando a mi alrededor.    

 Y eso es todo. Ya lo he dicho: lamento decepcionar. Al ser humano le cuesta sobremanera expresar algo que no contenga imágenes. Por eso las religiones siempre han recurrido a las parábolas: cuentos para niños. Y las emociones y sensaciones son también difícilmente descriptibles. ¿Cómo transmitir la sensación de haber muerto y de haber renacido de nuevo, todo en un margen de unos siete u ocho minutos? ¿Cómo expresar la sensación de fulminante «reseteo» espiritual? ¿Cómo describir el vertiginoso, enloquecedor y efímero contacto con el Gran Misterio del Universo, así como la disolución del ego y de nuestra individualidad en dicho Misterio Sagrado?      

Poco a poco voy volviendo en mí. Descubro que aún me mantengo en pie. Soy una de las poquísimas personas que ha sabido mantenerse erguido y estoicamente en silencio, y eso me llena de un pueril orgullo. Y, como una manera de colocarme un broche de oro en la solapa, Octavio susurra a mi oído cuando ya me percibe completamente de vuelta: «Guerrero». Le doy la mano en profundo agradecimiento (o quizá lo abrazo al igual que han hecho los demás, difícil recordarlo), y también a los dos auxiliares a quienes afortunadamente les he dado muy poco trabajo. Camino algo tambaleante, me distancio algunos metros y, ahora sí, me dejo caer sobre el césped y cierro los ojos. Y entonces me sumerjo y me disuelvo de nuevo, aunque mucho menos intensamente, en esa luz pálida que todo lo envuelve, en esa luz abrazadora que es a la vez el todo y es la nada. Y me siento en paz. Una intensísima paz que en muy pocas ocasiones en mi vida he podido experimentar. Siento que es la misma paz que me embargó cuando, años atrás, probé el opio en la India. Por desgracia, tan sólo dura unos minutos. Ya se ha ido de nuevo. Aquello me decepciona un tanto. Quisiera quedarme durante horas allí, disuelto en la «pálida luz del vacío», al igual que ocurrió en Cachemira. Me pongo en pie con cierta dificultad y me adentro en la casa, donde decenas de personas se hallan tomando té, arropadas en gruesas mantas y sentadas en sofás y butacas, todas intentando recobrarse en silencio de una de las experiencias más extrañas e intensas de sus vidas. Yo haré lo mismo durante las dos siguientes horas.     

¿Qué tiene de bueno y especial el Bufo?, os preguntaréis muchos de vosotros. Difícil responder a esa pregunta. Quizá habría que preguntárselo a algunos de los ex-alcohólicos, ex-cocainómanos, ex-yonquis o ex-depresivos con los que tuve ocasión de compartir espacio durante aquel fin de semana (hay que señalar que este grupo de «ex» no suele ser, ni por asomo, mayoritario entre quienes participan en los rituales con el sapo; quienes más abundan, evidentemente, son aquellos individuos que buscan una simple regeneración mental y espiritual, o quizá algunas respuestas de carácter místico muy difíciles de hallar. Por último, también están presentes, cómo no, aquellos personajes un tanto singulares que tan sólo están a la búsqueda de una nueva experiencia psicodélica). Aunque no hay duda de que aquellos entre nosotros que estaban emergiendo de las adicciones o depresiones también habrían tenido grandes dificultades para explicarlo. Todos ellos proseguían un arduo y prolongado proceso de «limpieza» en el que el sapo, y también, cómo no, el propio Octavio Rettig, habían ejercido una enorme influencia. Es un tema que abordo en el capítulo dedicado a las «Dolencias Mentales». Numerosos científicos e investigadores consideran, tras infinidad de casos observados, que ciertas sustancias enteógenas son beneficiosas para determinados tratamientos, ya que funcionan como bloqueadores de los receptores en el cerebro que generan la necesidad de drogas, evitando así que el paciente experimente durante un tiempo prolongado el síndrome de abstinencia.

 Pero quizá la mejor respuesta sea menos científica y más prosaica. Este tipo de sustancias estimulan la actividad en ciertas zonas del cerebro que usualmente permanecen inactivas. De ahí que surjan nuevas maneras de pensar, o más bien nuevos caminos de pensamientos, que no sólo permiten generar novedosos enfoques y perspectivas, sino también bloquear ciertos pensamientos negativos, obsesivos y recurrentes que por lo general están detrás de las adicciones y depresiones. Tal como alguien describió una vez de forma bastante acertada: imaginemos que nuestro cerebro está conformado por un material muy semejante a la nieve. Pues bien, nuestras sinapsis neuronales suelen trazar una cantidad limitada de caminos a través de esa nieve. Es a través de estos caminos perfectamente delineados por los que nuestros pensamientos suelen discurrir día a día, una y otra vez, tal como ocurre en cualquier estación de esquí. Ésos son nuestros pensamientos obsesivos, muchos de ellos autodestructivos. Lo que hacen las drogas psicodélicas en nuestro cerebro es provocar una «gran tormenta de nieve», gracias a la cual se pueden generar pensamientos novedosos y originales que discurran a través de una nieve completamente «virgen». Es decir, podemos escapar de forma inmediata de aquel ciclo obsesivo y autodestructivo. Y también habría que resaltar el hecho, nada baladí, de que después de transitar por una experiencia que muchos identifican con la muerte, es obvio y natural replantearse una gran cantidad de temas y quizá intentar comenzar de cero. Es por ello que muchas veces se emplean términos como «reseteo mental» o «renacimiento espiritual». En cualquier caso, es obvio que no hace falta transitar por una profunda depresión o por una adicción para descubrir las bondades del Bufo Alvarius. De más está decir que esta experiencia es, además de única e indescriptible, altamente recomendable, pues nunca está de más, incluso para las personas más equilibradas y balanceadas mentalmente (y me he topado con muchas de ellas en los últimos tiempos), hacer de vez en cuando una intensa «limpieza» o «lifting» mental y espiritual del cual saldremos plenamente renovados. Y también con el buen ánimo perfectamente puesto a punto. Reinicio total en la cuenta del kilometraje. Es lo que tienen sin lugar a dudas las drogas psicodélicas: son pura gasolina mental, física y espiritual del más alto octanaje.