Ayahuasca. El gran impacto existencial

Aproximadamente un año después de mi primera (y decepcionante) experiencia con el peyote, me encontraba apostado en la barra de un bar. A mi lado una chica desconocida (llamémosla Sara) se hallaba platicando con uno de los camareros tras la barra. Cuando de su boca salió la palabra «ayahuasca», mis sentidos, como era natural, se pusieron en estado de alerta. En más de una ocasión había leído y oído hablar acerca de las ceremonias de ayahuasca. Lo único que sabía al respecto era que se trataba de una extraña sustancia alucinógena proveniente de la Amazonia. Poco más conocía. Hoy en día me asombra mi gran desconocimiento no sólo acerca de aquella planta medicinal, sino también sobre su compuesto químico psicoactivo y alucinógeno (DMT). A partir de aquel azaroso y afortunado encuentro, todo un nuevo mundo (literalmente) se abriría delante de mí. De modo que puedo decir que fue aquel encuentro y mi posterior contacto con el yagé (término empleado en Colombia, mientras que «ayahuasca» se utiliza en Ecuador, Perú y Brasil) lo que cambiaría de modo radical mi vida y mi perspectiva ante la existencia misma. En mi defensa sólo puedo argumentar que dicho desconocimiento es compartido por la inmensa mayoría de los habitantes de este planeta. Y en realidad, el motivo principal que me ha llevado a publicar este humilde blog es ayudar, en cierta medida, a paliar dicho desconocimiento colectivo. Un desconocimiento, dicho sea de paso, fomentado y auspiciado por el poder global, al cual no le interesa que ciertas sustancias puedan abrir la mente y expandir la conciencia, pues aquello, obviamente, puede atentar en contra del status quo al que dócilmente hemos consentido apoyar (ver el capítulo dedicado a la «prohibición de las drogas«).   

Pues bien, mi interés y mi curiosidad me llevaron a inmiscuirme en dicha conversación. La chica, muy simpática y amable (tiempo después se convertiría en una muy buena amiga y en una especie de guía en aquel vasto mundo recién descubierto pleno de psicodelia y sanación medicinal), me habló a grandes rasgos del poder terapéutico de la ayahuasca y de sus benéficos efectos sobre la mente, el físico y el espíritu. Yo, quien por aquel entonces aún me consideraba un ateo radical (hoy en día me defino como agnóstico), no pude contenerme y, haciendo gala de aquella arrogancia y esa especie de superioridad moral e intelectual que caracteriza a la inmensa mayoría de los ateos, puse en duda todo aquello cuanto aseguraba la chica. «Si la probases cambiarías de opinión», fue todo lo que me respondió con simplicidad ante mi prepotente escepticismo. Acto seguido me informó de que ella misma organizaba ceremonias de ayahuasca. Le dejé mis datos para que me enviara la información acerca del próximo encuentro (mi curiosidad, por fortuna, siempre ha sido más fuerte que mis tambaleantes convicciones) y nos despedimos. Tiempo después aquella chica me confesaría que se sintió tentada de borrar mis datos en aquel preciso momento. Lo último que se habría imaginado era que, tras aquella charla y a tenor de mi notoria incredulidad, yo realmente tuviera sincero interés en participar. Además, existía la posibilidad de que yo, al igual que lo ocurrido con la experiencia anterior del peyote, representase una especie de energía negativa que perjudicase el buen desarrollo colectivo de la ceremonia. La fortuna quiso que Sara, a pesar de todo ello, me enviase la información. Quizá intuyó que aquello, en el fondo, obraría un enorme beneficio sobre mí. Y no se equivocó.

   Pues bien, unas semanas más tarde participé en mi primera ceremonia de ayahuasca, algo que hizo desmoronar todas mis seguridades y convicciones y daría un enorme vuelco en mi vida. Nos juntamos unas quince personas en una vieja masía abandonada en las faldas del Tibidabo en Barcelona. La residencia, ahora albergada por un colectivo okupa, contenía un amplio y agreste jardín en el que nos instalamos alrededor de una fogata. No era, evidentemente, el lugar más indicado para realizar la ceremonia, aunque aquello era algo que en aquel momento yo era incapaz de percibir. Con el tiempo fui aprendiendo que mientras más a la intemperie y mientras más alejado de la civilización se desarrolle cualquier ceremonia, mejores los resultados que se puedan obtener. Nunca se podrá hacer suficiente hincapié en que el contexto y el entorno, así como los propios participantes y el equipo humano suministrador y supervisor, son elementos extraordinariamente importantes que han de ser tomados muy en cuenta para el idóneo desarrollo de este tipo de encuentros.

   Tras unas breves y muy escuetas palabras explicativas por parte del Oso Cofán (chamán venido directamente de la zona amazónica del Putumayo colombiano), palabras que estaban destinadas a aplacar los temores y suspicacias de aquellos que participábamos por primera vez, se dio inicio a la ceremonia. También la experiencia me ha enseñado que mientras más experimentado sea el suministrador de la medicina ancestral, menor será el número de vocablos que salgan de su boca. En otras palabras, el poder sanador del taita (patriarca) o chamán en cuestión es inversamente proporcional a la importancia y abundancia del discurso retórico empleado. Y es que el poder y la energía objetivamente percibidos y atestiguados no requieren de palabras superfluas. 

   Primero se nos fue suministrado el consabido rapé, preparado de hierbas con preponderancia de tabaco que es inhalado con violencia a través de la vía nasal. El rapé es una mezcla comúnmente utilizada en todo tipo de rituales chamánicos. La razón aducida por los chamanes para su uso es la de que el rapé, gracias a su fugaz e inmediata potencia liberadora, consigue no sólo abrir los diversos chacras de nuestro cuerpo. También permite hacernos olvidar al instante aquellos problemas cotidianos que agobian nuestra mente, colocando a todos los participantes en un estado mental y energético similar, compartido y equilibrado que beneficiará en conjunto el posterior proceso de ingesta de la planta sagrada.

   Algunos minutos más tarde, poco antes de las 11 de la noche, se dio inicio a la toma de la ayahuasca. Se trata de un mejunje oscuro y amargo, unas veces suministrado en forma líquida por medio de una pequeña taza de café, y otras a través de cucharadas de una sustancia mucho más sólida y grumosa. Ha llegado la hora de detenernos en este compuesto mágico y sagrado. La ayahuasca (cuyo significado, en lengua quechua, es «la liana de los muertos», en virtud de la conexión establecida con los «espíritus») es un preparado utilizado a lo largo de siglos, quizá milenios, por diversas tribus indígenas de la Amazonia. Consiste en la combinación de una liana llamada Benisteriopsis caapi (la cual contiene harmina y THH, ambos inhibidores del IMAO o monoamino oxidasa) con otra planta, la chacruna (la cual contiene el poderoso componente psicoactivo denominado DMT, dimetiltriptamina). La DMT no causa ningún efecto si se consume por vía oral; es por ello que su ingesta directa suele hacerse por inhalación de humo o por vía intravenosa. La razón es que el IMAO presente en nuestro organismo reprime el efecto del DMT si es consumido por vía oral. Ahora bien, gracias a la mezcla contenida en la liana, es posible inhibir la función del IMAO, con lo cual la DMT presente en la otra planta puede producir los efectos psicoactivos y alucinógenos. Genial, ¿verdad? Y ahora viene la gran pregunta del millón. ¿Cómo pudieron los indígenas llegar a la conclusión de que mediante la cocción conjunta de estas dos plantas, las cuales crecen en la inmensa y variada jungla a grandes distancias una de la otra, podía generarse una extraordinaria y poderosísima medicina sagrada? Misterio de misterios. La respuesta que siempre es brindada por los chamanes y demás miembros de las tribus es que fue la propia ayahuasca (o yagé) la que envió el mensaje a los indígenas, por medio de visiones o sueños, para brindar la información sobre aquel preparado. Se trata de una hipótesis que quizá suene descabellada para muchos oídos descreídos. Sin embargo, tomando en cuenta que durante las ceremonias de ingesta de ayahuasca los chamanes suelen recibir mensajes acerca de cuáles plantas medicinales emplear para curar ciertas dolencias particulares, pues entonces aquella explicación no pareciera sonar tan desquiciada. Otra hipótesis que se maneja es que los indígenas rastrearon en varias ocasiones al jaguar (animal sagrado por antonomasia) y observaron cómo ingería la liana de la ayahuasca, algo que estimula y sensibiliza sus sentidos y permite mejorar sus dotes de caza (en el siguiente video se puede observar al jaguar bajo los efectos de la planta: https://www.youtube.com/watch?v=OqGDv0KCJl8) . De modo que, según esta teoría, fue el jaguar sagrado quien guiase a los indígenas hasta la planta medicinal. 

   Retornemos, pues, a nuestra ceremonia. Nos encontramos cada uno de nosotros acostados en pleno silencio en torno a la chispeante fogata. Qué diferencia con respecto a mi anterior y fallida experiencia con el peyote. La toma de ayahuasca es, sin duda alguna, una experiencia privada y enteramente particular. Los niveles de introspección y de autoanálisis, así como la expansión de la propia conciencia, son tan profundos que se requieren total silencio (al menos durante las horas iniciales), oscuridad, armonía y privacidad para sacar el máximo provecho de la medicina. 
 
Cuando han transcurrido aproximadamente unos 40 minutos, las visiones en la oscura bóveda de la mente comienzan a ganar consistencia. Imágenes arquetípicas no cesan de adoptar distintas formas tras los párpados cerrados: sagrados templos atemporales, pirámides, máquinas futurísticas, serpientes, animales mitológicos, complicadas estructuras en perenne metamorfosis, formas geométricas y caleidoscópicas de vivísimos colores… todo en constante cambio y centrifugación… el mensaje en un principio quizá sea evidente: todo cambia, todo vibra, todo fluye, nada permanece estable en el universo. El paulatino grado de realismo es tan intenso que al principio produce asombro; luego cierta desazón, vértigo e incluso temor reverencial. También creo recibir, a través de aquel bombardeo incesante de imágenes, el diáfano mensaje de que existe un lenguaje ancestral, sagrado, también arquetípico, por medio del cual se podrían descifrar los arcanos del Universo, un lenguaje conformado por signos imposibles de discernir a ciencia cierta, el lenguaje universal que tantas órdenes secretas, místicas, herméticas o alquímicas han tratado de descifrar a través de los siglos. Pero poco a poco las imágenes, al menos en mi caso, van tornándose más y más macabras. El miedo va ganando terreno. Paulatinamente me voy hundiendo en la oscuridad, en mi propia oscuridad. «Esto no es para cualquiera», me he dicho una y otra vez en cada ceremonia en la que he participado. A la hora y media el viaje psicodélico es absolutamente real e intenso, semejante a una inhalación de pura DMT. Hay momentos en que pierdes la conciencia de quién eres, en dónde estás… pierdes también la noción del tiempo… pasado, presente y futuro parecen confluir en un mismo instante imperecedero… ¿pero qué haces allí?… tú mismo has desaparecido, tu ego y tu individualidad se han volatizado… Todo es uno. Piensas que finalmente has perdido por completo la razón. Al fin lo conseguiste: ingresaste en el terreno de la locura absoluta y de allí nunca más vas a volver. ¿Quién te mandó a hacer esto? Lo más apabullante es el grado de realidad que acompaña a las visiones, una intensidad que lleva a todos a preguntarnos, una vez finalizada la ceremonia, si aquello que hemos presenciado ha sido simple consecuencia de los efectos psicoactivos de la droga, o por el contrario hemos entablado contacto, gracias a la mediación de la medicina sagrada, con ciertas realidades externas y objetivas, ciertas dimensiones inalcanzables a nuestros sentidos en un estado «normal» de conciencia. Cuesta imaginar que estas imágenes se hayan generado en el interior de nuestras cabezas y no provengan del «exterior». No somos tan creativos ni originales… ¿o sí? Incluso la vuelta a la realidad, muchas horas más tarde, no es tan fácil de llevar a cabo, puesto que la «realidad» cotidiana ahora ha perdido parte de su verosimilitud en detrimento de aquellos extraños, hipnóticos y muy realistas mundos que poco a poco estamos dejando atrás.   

Las figuras cambiantes continúan jugando con cada uno de nosotros. Nos hipnotizan. Dan la impresión de ser creaciones de duendes traviesos, elfos (visibles o no) que parecieran darnos la bienvenida a través de un lenguaje sin palabras, de un lenguaje silente que podemos entender de alguna manera. Porque ese espacio está habitado. Se perciben claramente ciertas presencias. Pareciera (al igual que ocurre con la DMT inhalada o por vía intravenosa) que nos estuvieran felicitando por haber llegado hasta aquí. ¡Bienvenido! Y juegan con nosotros. Nos distraen. Hasta que caigo en la cuenta de que se trata justamente de eso: pura distracción. Están fanfarroneando. Están demostrando lo mucho que pueden llegar a hacer, lo mucho que pueden llegar a distraernos. «Mira todo lo que soy capaz de hacer… mira esto, y ahora mira aquello». Podrían entretenernos durante horas… y así lo hacen. Pero por fortuna he leído lo suficiente a Aldous Huxley y sus «Puertas de la Percepción» como para saber que debo intentar ir más allá de aquellos fuegos de artificios, de aquellas imágenes excesivamente coloridas y metamórficas que incluso en ocasiones bordean el mal gusto. Debo internarme, debo intentar ir más allá del «juego de apariencias», de esa distracción ilusoria que es la existencia misma. Hay que intentar descorrer el «velo de Maya»… si se tiene el suficiente valor. Debo ir más al fondo. «Ya no me divertís, ya no me engañáis», digo, al igual que hiciera Huxley durante su trance con la harmalina, a los invisibles duendes que han estado mofándose todo el tiempo de mí. Aquellas presencias parecieran sentirse algo defraudadas. O pilladas en falta. Aunque también parecieran felicitarme algo resignadas. Siento que me responden «tú te lo has buscado». Y entonces todo cambia. A peor…   

En mi caso particular los demonios comienzan a  acecharme. Literalmente. Serpientes y demás reptiles infernales me acorralan por doquier. Abro los ojos y allí arriba, entre las retorcidas ramas de los árboles, puedo ver también sus perversos rostros escudriñándome. Puedo percibir la proximidad del mal. La maldad real y objetiva. Aquí no hay metáforas, símbolos, signos. Es una visión realmente aterradora. O más bien debo decir una alucinación, porque tengo los ojos abiertos. Una «alucinación real», tal como Terence Mckenna solía describirlas. ¿Son estos demonios reflejo de mis oscuridades interiores, de las tinieblas que mi espíritu envilecido albergan, se trata de los «demonios internos» a los que debo vencer, o existen objetivamente fuera de mi conciencia? En cualquier caso el chamán también parece percibir la amenazante presencia. Despliega un complicado ritual y, a través de sus incomprensibles y particulares cánticos chamánicos (llamados «ícaros»; cada chamán debe crear los suyos propios) pareciera generar en torno a nosotros una especie de campo magnético protector que mantiene a raya la insidiosa y perturbadora presencia. En efecto, las imágenes diabólicas poco a poco pierden consistencia ante mis pasmados ojos abiertos. Y de pronto, puedo jurarlo, veo cómo del pecho del chamán, mientras ejecuta aquellos cánticos sagrados cuyas tonalidades graves son sencillamente escalofriantes, salen rayos iridiscentes de todos los colores. La vibración expelida del pecho del chamán pareciera acoplarse a la vibración silente que siempre acompaña a las visiones. Es en estos momentos cuando se entiende a la perfección la aseveración científica de que «todo el universo es vibración». Y también es asombrosa la influencia que tienen los cánticos y ciertas armonías musicales sobre estas visiones. Parecieran ser «sensibles» a ciertas tonalidades graves, a determinadas armonías y melodías. Las imágenes, de algún modo, parecieran acelerar e intensificar su constante vibración en consonancia con la musicalidad externa. En otras ocasiones dan la impresión contraria: se dosifican, se calman… encuentran paz y sosiego. Y nosotros entonces compartimos agradecidos esa transitoria serenidad. De modo que permanezco alelado y estremecido observando aquellos rayos multicolores. «No puedo creer lo que estoy viendo», me digo a mí mismo con plena perplejidad. Y soy consciente en ese momento de estar pasando por la experiencia más intensa y abrumadora de toda mi vida… «Vaya con la ayahuasca», me digo con cierto dejo de humor, cierro los párpados una vez más y retorno de nuevo a mí mismo.   

Allí están de nuevo los demonios. Es una experiencia realmente aterradora. Pero hay que encararlos. No hay escapatoria. De modo que no huyo. Miro fijamente al ojo del demonio. Me aproximo. O dejo que su ojo se aproxime a mí. Resisto al miedo paralizante. Quizá sea ésta una de las grandes enseñanzas de la ceremonia: resistir el miedo. Controlarlo. Domarlo. El miedo que nos atenaza a diario. El miedo a la vida. El miedo a la muerte. La muerte de nuestros seres más próximos. Nuestra propia muerte. Generar valor. Curtir la piel. «Tocar el jaguar». ¿Es este demonio yo mismo? ¿Estoy ante mi propio reflejo?    

Finalmente lo he logrado. Me he fundido con aquel ojo. Y he logrado traspasarlo. Y al otro lado están los mensajes. Allí están las epifanías. Con cada verdad recibida (acerca de mí mismo, acerca de mi vida, acerca del mundo, del universo, de la realidad) surgen alrededor llameantes explosiones de luz cegadora. ¡La luz! Vaya cliché. Pero los clichés siempre vienen de algo y por algo. Ahora estoy entendiendo. Estoy entendiendo cosas que, en ese preciso momento, me asombran por su meridiana sencillez. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? ¿Y cómo puede ser esta planta tan sabia? ¿Cómo puede enviarme mensajes tan sabios, tan sencillamente sabios? ¿O cómo puedo ser yo capaz de enviarme a mí mismo estos diáfanos mensajes gracias a la intermediación de esta magistral planta? Es todo tan sencillamente increíble… Estoy completamente apabullado ante tanto poder. ¿Quién habría podido esperarse esto? No yo, al menos. Eso seguro.     

Debo mejorar. Debo cambiar. Debo ser más humilde. Más agradecido. Más compasivo. Debo domesticar mi ego. Aún estoy a tiempo. Estoy visualizando claramente mis errores. Mis múltiples errores. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? ¿Cómo he podido ser tan estúpido, tan ciego? ¿Hasta cuándo voy a seguir siéndolo? Debo conocerme mejor. ¿Alguna vez había prestado alguna mínima atención a la célebre inscripción en el templo de Apolo en Delfos que aconseja «conocerse a sí mismo»? Ahora, en aquel preciso instante, me parece que no puede haber en todo el universo una sugerencia más profunda y a la vez más difícil de llevar a cabo. Y luego, de alguna manera, percibo que hay una fuerza cósmica ahí afuera, alrededor, que me habla a través de la planta sagrada. Una fuerza cósmica que no logro discernir si es benevolente o no. En todo caso pareciera ser neutral. Y esa fuerza cósmica me impele a creer. ¿Pero creer en qué? ¿Creer exactamente en qué? Y aquello me llena de más pánico aún. No estoy preparado. No soy lo suficientemente fuerte como para empezar a creer. Y en el momento en que más me rebelo, en el momento en que opongo la mayor resistencia, nuevas epifanías me asaltan para destruir los diques que mi debilitado raciocinio está intentando construir en derredor. Aquella fuerza o fuerzas cósmicas, sean lo que sean, parecieran estar jugando conmigo, del mismo modo que una juguetona orca juega con un debilitado león marino antes de engullirlo. Entonces busco una escapatoria: abro los ojos y, en medio del absoluto silencio de la oscura montaña, percibo también las mudas luchas internas de quienes me acompañan. Hay sollozos. Hay quejidos. Hay algún llanto desconsolado imposible de reprimir. También en ocasiones hay risas aisladas. Escucho con perfecta claridad susurros a escasos centímetros de mi oído, y luego me percato de que se trata de cuchicheos a más de diez metros de distancia. Todo alrededor posee un cariz onírico, de pesadilla a ratos. Observo que cada quien está inmerso en una terrible batalla personal. Y también hay una tácita comunicación, casi telepática (¿por qué digo «casi»?), entre cada uno de nosotros. Todos estamos aquí para apoyarnos unos a otros. La vida es jodidamente difícil. ¿Quién no lo sabe? Y estamos aquí para ayudarnos. ¿Aún no lo hemos entendido? Para no hundirnos. Para brindarnos unos a otros un chaleco salvavidas. Y entonces, poco a poco, comienzan los vómitos. El miedo, la culpa, la angustia, los temores, la rabia, los remordimientos… comienzan poco a poco a somatizarse. Se solidifican en nuestro interior. Se vuelven materia oscura. Materia excrementicia. Comenzamos, paulatinamente, a vomitar y a defecar toda la mierda que llevamos por dentro (no te asustes, querido lector; siempre hay tiempo para vomitar en un hueco próximo cavado en la tierra, o en el cubo o la bolsa de basura convenientemente ubicados a nuestro lado… siempre hay tiempo de llegar a la letrina… nunca te vas a cagar encima… y son sólo momentos puntuales). Expulsamos de nosotros gran parte del mal que llevamos por dentro. Mal psíquico, mal espiritual, mal físico. Nos limpiamos. Nos purgamos. Nos purificamos. La medicina ancestral está ahí para clarificar.   

Observo el cielo límpido y despejado por encima de mi cabeza. Ya no hay rastro de los demonios. En su lugar, aparece ante mí el magnífico cielo estrellado. Un cielo al que, por desgracia, hemos perdido de vista. Un cielo que te hace sentir ínfimo y humilde. Y, sorprendentemente, las miles de estrellas aparecen ante mis ojos conectadas entre sí por infinitas líneas rectas de diversa intensidad. Allí están las constelaciones claramente demarcadas. Esto fue lo que vieron los antiguos, me digo, esto fue lo que vieron los antiguos hace miles de años, bajo los efectos de quién sabe cuáles sustancias alucinógenas. Y en ese momento tengo el primer atisbo del papel fundamental que han jugado las sustancias psicodélicas y enteógenas (hongos, peyote, DMT, cannabis…) en el desarrollo de la conciencia mística humana (ver capítulo sobre «nacimiento de las religiones»). Algunos minutos más tarde, el cielo nocturno comienza a fragmentarse sutilmente, a dividirse en innumerables fractales hexagonales. Cierro una vez más los ojos y retorno a mi interior.     

Hay quienes no resisten tanta oscuridad, interna y externa. De modo que, cuando el chamán, un par de horas más tarde de la primera cucharada, anuncia el momento de ingerir la segunda, suele darse inicio a la música de sanación. «Es el momento de los valientes», suelo decirme en esos momentos. La mayoría ya ha tenido más que suficiente con la primera taza o cucharada. Pero yo he venido a experimentar, a enfrentarme al miedo, a enfrentarme a mí mismo, a perdonar, a autoanalizarme, a intentar cambiar, a mejorar, y sobre todo a aprender. Y comprender. «Conocimiento». Ésa es mi intención, la intención que los chamanes suelen recomendar tener previamente clara y definida antes de cada ceremonia. De modo que ahí voy, bastante tambaleante, a por la segunda cucharada. Y si mi cuerpo y mi espíritu aún preservan cierta energía, si no he quedado completamente aturdido y vapuleado, es posible que incluso ingiera una tercera dosis un par de horas más tarde. Ya veremos. Así que de vuelta a empezar… Por fortuna, los músicos, armados de guitarras, maracas y tambores, han comenzado sus cánticos sanadores. Ahora, gracias a su proverbial ayuda, será más sencillo salir del cenagal e intentar rastrear la luz. La luz que ya no es metafórica, sino completamente objetiva y perceptible.   

Y así hasta que, unas cuantas horas más tarde, el bendito sol saliente nos arropa a todos con su calor y su luz (sí, de nuevo la luz, esta vez enteramente física). Y a pesar del «largo viaje a través de la noche», a pesar de las batallas y las luchas internas finalmente ganadas, todos nos sentimos mucho mejor al amanecer. Todos nos sentimos algo más pequeños, más agradecidos, más compasivos, más humildes… y por tanto un poquito más sabios. No he conocido aún a ningún participante (y ya son varias decenas) que haya denigrado o se haya arrepentido de esta maravillosa experiencia. Ni siquiera aquellos que han tenido un «mal viaje».     

Aquí debo hacer un pequeño inciso: yo en particular considero, al igual que muchos otros psiconautas, que no existen los «malos viajes», puesto que precisamente son los viajes más arduos y difíciles los que te brindan las mejores lecciones y experiencias; en todo caso, y hablo desde mi estricta perspectiva personal, todos mis viajes sin excepción han sido, al menos durante gran parte de la experiencia, extremadamente oscuros (sobre todo si los comparo con las experiencias relatadas por otros participantes). Quizá albergo demasiada oscuridad dentro de mí mismo… o quizá mi conciencia provenga de alguna región demasiado oscura y anhele emerger de ella… sea lo que sea que esto pueda significar. Debo además señalar que en tres de las ceremonias en las que he participado he escuchado el aterrador y extraordinario momento preciso en que un animal muere cazado por algún depredador nocturno. He podido percibir ese escalofriante instante en la lejanía: el pánico y la defensa iniciales, los estertores, la expiración y el posterior silencio sepulcral que rodea a la muerte, como si de pronto todos los animales que han sido testigos del acto (e incluso la naturaleza misma que nos rodea) rindieran una postrera señal de reverencia ceremonial ante la sacralidad de la muerte. Han sido tres momentos aterradores sumamente difíciles de soportar. Y sólo yo, entre los demás participantes a los que he intentado transmitir esta experiencia por completo incomunicable, he percibido aquellos momentos. Tan sólo el chamán, un ser por entero conectado y, en cierto sentido, dominador de las fuerzas naturales que nos rodean, ha corroborado horas más tarde y ante mis preguntas la veracidad de cuanto he percibido. En una de aquellas ocasiones incluso acompañó la letanía de la agonía, casi imperceptible a los oídos, del pobre animal herido de muerte con el sereno movimiento de sus manos, como si a la distancia estuviera intentando brindar al moribundo alguna especie de consuelo ante aquel trance, el más difícil que nos aguarda a todos. ¿Pero cuál es el sentido de aquellas terroríficas experiencias enlazadas que no pueden tener nada de casual? Y es que uno de los aspectos más reveladores y estremecedores de la mayoría de mis experiencias psicodélicas es el hecho de que la naturaleza circundante pareciera implicarse para ofrecer ciertas señales, físicamente objetivas y perceptibles a nuestros sentidos, que tienen como meta no sólo compenetrarse y acompasarse con nuestra experiencia mental y espiritual, sino sobre todo vencer la incredulidad que podamos previamente albergar. Hay una especie de extraña simbiosis y complicidad entre la medicina y la Realidad-Naturaleza circundante. Siempre ocurren cosas muy extrañas allí afuera cuando uno ingiere estas sustancias. Sin duda alguna. Y en esas ocasiones resulta muy difícil permanecer descreído.    

La vida y la muerte. En realidad de eso se trata la ayahuasca, «la liana de los muertos». En realidad de eso se tratan todas las drogas psicodélicas. El tema recurrente y principal sobre el que versan las demás variaciones y caprichos musicales. La sacralidad de la vida y la muerte. El respeto que hemos de rendir. El temple, la dureza y al mismo tiempo la compasión que hemos de atesorar y ofrecer, ante los demás y ante nosotros mismos. No en vano ciertas drogas psicodélicas (LSD, DMT, psilocibina) están siendo actualmente suministradas en algunas clínicas (sobre todo en diversos estados de Estados Unidos, venciendo con valentía y tesón las nefastas resistencias y resquemores del gobierno) a pacientes terminales, con el objeto de atenuar la angustia, la ansiedad y el temor ante la muerte inexorable. En mi caso particular, me parece evidente que estas sustancias me están preparando para sobrellevar de la mejor manera posible el ineludible momento, tantas veces temido, en que mis padres hayan de dejar este mundo. Y esto ya es de agradecer.      

Volvamos de nuevo a los últimos momentos de nuestra ceremonia. El sol calienta nuestros cuerpos, alegra nuestros espíritus. Y son realmente asombrosas las enormes dosis de amor y empatía que experimentamos todos los asistentes. El sentimiento colectivo de unidad y hermandad es sorprendente. Curiosamente, a pesar de haber sentido que he bordeado (o atravesado) la locura, ahora me siento más balanceado, sereno y equilibrado que nunca. A partir de aquel día, muchas veces he pensado que necesito ingerir este tipo de sustancias de vez en cuando precisamente «para no perder la cabeza». Para retener y atesorar al máximo la cordura y la lucidez que brinda una conciencia expandida. Y también es asombroso el hecho de que, tras haber pasado la mayor parte de la noche despiertos (yo particularmente jamás he podido dormir nunca ni un solo minuto), y además después de hacerlo inmersos en medio de extenuantes luchas particulares plenas de visiones y alucinaciones desconcertantes (por no mencionar las constantes purgas), no nos encontremos ni remotamente lo agotados que deberíamos estar. Por el contrario, después de haber visualizado, experimentado, sentido e incluso escuchado tanta realidad abrumadora a lo largo de interminables horas , ahora pareciera que una energía adicional, quién sabe proveniente de dónde, inundara nuestro espíritu, un espíritu que se diría de pronto «renacido». Ha llegado el momento del ritual culminante de limpieza chamánica, ejecutado con cánticos, movimientos y danzas ancestrales en torno a los participantes. Y luego aún habrá energía de sobra para continuar despiertos y de excelente humor el resto de la recién iniciada jornada. Nos sentimos todos «limpios». Más «claros». La medicina ancestral nos ha purificado.    

Hemos llegado, querido lector, al final de esta primera experiencia «ayahuasquera». Se comprenderá, después de todo lo narrado, el modo en que esta primera experiencia supuso un vuelco en mi existencia. Y es que ya nada pudo ser como antes. He participado ya en media docena de ceremonias, cifra que se irá incrementando sin lugar a dudas cada año. Todas han sido experiencias maravillosas. De ninguna he podido arrepentirme. Tan sólo he podido corroborar que es mucho más recomendable intentar participar en ceremonias guiadas por un chamán o taita proveniente de la Amazonia. La diferencia con respecto a un simple «suministrador» de yagé es notable. Tal como he escuchado decir a más de un chamán y diversos auxiliares personales, el poder de la propia medicina varía según el poder de quien la suministra.   

Sólo resta añadir un breve epílogo. Es necesario hacer la siguiente advertencia: no hay plena garantía de que en la primera ocasión en que se participe en una ceremonia de yagé el asistente acceda a las visiones y las alucinaciones, así como a los mensajes que aquellos llevan aparejados. He sabido de personas que debieron participar en tres, cuatro y hasta cinco ceremonias para obtener sus primeras visiones. En mi experiencia personal, tan sólo hube de aguardar unos cuarenta minutos en mi primera ceremonia para comenzar a tener visiones de extrema crudeza y realismo. Pero quizá éste sea un caso particular, lo cual también explicaría el hecho de que el impacto visual inicial que experimenté haya sido tan abrumador. Mi pareja, sin ir más lejos, hubo de asistir a una segunda ceremonia para finalmente tener visiones y mensajes (los mensajes, obviamente, son interpretaciones de las visiones, razón por la cual tantas veces se ha de insistir en que sin una buena dosis de inteligencia, intelectualidad y sobre todo de sensibilidad poco provecho se puede sacar de las visiones). ¿Cuál puede ser la razón de estas diferencias? Difícil saberlo. El previo descreimiento no pareciera ser razón suficiente: yo mismo me consideraba un férreo e inexpugnable ateo materialista minutos antes de ingerir aquella primera cucharada que cambió por completo mi visión del mundo. Quizá las resistencias iniciales se deban, pienso yo, a cierta dureza, a cierta impermeabilidad, a cierta inmutabilidad de nuestros patrones mentales. En otras palabras, se debe atesorar, quizá, cierto carácter de flexibilidad, apertura o mutabilidad mental que, si no se posee de forma innata, es posible desarrollar. Y la propia medicina trabaja precisamente en eso: tras cada ceremonia, tras cada ingesta de alguna sustancia alucinógena, yo mismo me siento cada vez más flexible, dúctil, maleable. Creo que son valores positivos. El taoísmo, por ejemplo, ha intentado enseñar a través de los siglos a cultivar la flexibilidad y la mutabilidad «líquida» de nuestro carácter y espíritu. Es precisamente la dureza y la impermeabilidad de las mentes monolíticas (justamente el tipo de mentes que, gracias a su firmeza y convicciones, suelen acceder al poder) lo que nos han conducido a la crítica situación en la que nos hallamos inmersos. En cualquier caso, me puse manos a la obra para que mi pareja pudiera disfrutar (y aprovecharse) de estas experiencias que yo necesitaba urgentemente compartir con mis seres más queridos. Me dispuse a abrir sus «portales de percepción» que yo consideraba inicialmente clausurados. Tras aquella primera experiencia decepcionante con el yagé (ella deseaba fervientemente tener «visiones», mas no las obtuvo debido quizá a barreras y resistencias involuntarias: dureza inconsciente), guié sus pasos para que ingiriera, en primer lugar, psilocibina, y un poco más tarde DMT y Bufo Alvarius. Durante su primera experiencia con los hongos mágicos tuvo leves alucinaciones. Con la DMT y el Bufo (las drogas psicodélicas más potentes en todo el universo y de las cuales hablaremos en los próximos capítulos) finalmente obtuvo vívidas visiones. Sus portales definitivamente se abrieron. Y esta certeza quedó confirmada durante la segunda ceremonia de ayahuasca algunos meses más tarde, en la que al fin pudo recibir las espectaculares visiones y los incontables mensajes de extraordinario valor. A partir de ese momento ha decidido participar al menos una vez al año en una toma de ayahuasca.   

En conclusión, queridos amigos, no os sintáis demasiado frustrados si la primera experiencia no colma vuestras expectativas. Cierta perseverancia es necesaria. El premio y la ganancia son sencillamente incalculables.